lunes, 8 de julio de 2019

Espejos y Escudos


Einsed era tan buen administrador de los bosques que el Rey, agradecido por la diligente atención que el muchacho daba a sus dominios, decidió concederle, para su uso personal, un automóvil y un amplio sector del bosque que incluía una casa.
El reino era muy pequeño, casi como una provincia de cualquier otro país, pero era desbordantemente rico y la fuente principal de sus enormes ingresos eran los turistas de desde todo el mundo llegaban. El principal atractivo de aquellas tierras eran precisamente los bosques que tan bien administraba Einsed. En otros tiempos era tal el descuido de los anteriores administradores que los visitantes habían dejado completamente de llegar. Los incendios forestales habían sido frecuentes, habían proliferado toda clase de alimañas y plagas, en aquellos días los animales de la región enfermaban y morían sin que nadie prestase atención, algunos árboles añejos se habían secado a causa de hongos que los habían contaminado. Muchas de estas desgracias se habrían evitado simplemente con una buena dedicación de quienes habían estado a cargo. Pero todo esto era cosa del pasado, en pocos años Einsed había logrado restaurar aquellos bosques y, además, tenía un excelente trato con el personal que estaba a su cargo. Todos estaban contentos con él y el que más lo estaba era el mismísimo Rey, que era consciente de que el desbordante bienestar económico del que estaban disfrutando era debido en gran parte a su diligente trabajo. En los últimos años aquel reino era, por lejos, el lugar más visitado de Europa.
Einsed se sentía muy agradecido con lo que el Rey le había concedido. Y no era para menos, el automóvil que había recibido era mucho más que lo que nadie habría podido pensar: un absolutamente increíble, extraordinario y completamente reluciente Ferrari, un Ferrari color rojo, característico color de aquella marca italiana, y la casa era una hermosa construcción de madera rodeada por árboles majestuosos.
El muchacho era en verdad un joven magnífico, amable, servicial, de buen humor y muy responsable en su trabajo. Hay que decir que tenía, no obstante, una particularidad muy llamativa, una excentricidad, si se quiere, de esa clase de cosas de las cuales que nadie está exento: a Einsed le encantaban los espejos de los camiones y, además, era simpatizante de un club de fútbol de un lejano país, el club tenía el curioso nombre de “Club Atlético Bosta Júniors”. Los espejos de los camiones le parecían una verdadera obra de la genialidad humana, le maravillaba el hecho de que la persona que debía conducir un vehículo tan enorme tuviera a su disposición un amplísimo panorama de lo que sucedía detrás… Por supuesto que sabía lo que era un espejo, todos los automóviles tenían uno, pero se trataba de un insignificante espejito retrovisor… eso no se podía comparar con  esas otras hermosas estructuras metálicas, generosas, extraordinarias…
Siempre pensó que esos espejos eran algo que para él estaba vedado, él jamás conduciría un camión, por lo tanto jamás tendría la posibilidad de disfrutar de algo así. Pero un día, haciendo las compras en la ciudad, vio en una vidriera algo que no había visto ni en sus mejores sueños… Era un enorme espejo con soportes y tornillos, metálico, oscuro y brillante a la vez, … Nunca había pensado que el preciado objeto podía ser comprado sin el camión, así que estaba tan contento que decidió comprar una buena cantidad.
Tiempo después, Rudolph, un buen amigo que hacía mucho no veía, lo fue a visitar. Charlaron, rieron y bebieron cerveza junto al fuego del hogar durante un largo rato. Habían hablado de todo un poco, se pusieron al tanto de las novedades en sus familias, se anoticiaron de lo que había sucedido con otros amigos en los últimos tiempos, y relataron lo que los vientos y las nevadas habían modificado en los bosques en esas últimas temporadas, pero había algo que Rudolph necesitaba decirle desde los primeros momentos en que se habían encontrado.
Einsed había ido a buscar a Rudolph aquella mañana a la estación de trenes. Luego de saludarse estridentemente, y de darse un abrazo que incluía fuertes golpes sobre sus espaldas, los amigos se dirigieron a la playa de estacionamiento donde Einsed había dejado el automóvil. Ciertamente, había lugar afuera donde dejar el vehículo sin pagar un peso, pero hacía bien Einsed en cuidar aquel fantástico medio de transporte que el rey le había concedido. Solo debían cruzar la calle. Entraron al espacioso salón iluminado por modernas luces led y también por la luz matinal que ingresaba por los amplios ventanales. Caminaron entre varios autos hasta llegar a donde estaba aquel magnífico ejemplar de la industria automotriz. Rudolph nunca había visto un Ferrari tan de cerca y le pareció no menos que una nave espacial, le daba la impresión de que era algo que podía volar entre las nubes y ascender hasta las mismas estrellas. Pero en el mismo instante tuvo como un sobresalto, una sensación de fuerte incoherencia, pensaba que sus ojos le estaban jugando una mala pasada o que el cansancio del viaje le estaba cobrando su precio… Pero no, sus ojos no lo engañaban: atornillado en el guardabarros izquierdo, hiriendo la suave piel roja de aquella delicadísima nave, había, tan indiscutible como inesperado, un contundente espejo para camión… Y, como si algo faltase, el distinguido escudo con el caballo negro rampante, noble insignia de Ferrari, estaba tapado en parte con una calcomanía del escudo del “Bosta Juniors”.
Por supuesto, Rudolph no dijo una palabra al respecto, así que olvidó el asunto y durante el viaje por esas maravillosas rutas no hizo más que hablar con su amigo y contemplar el paisaje desde el plácido andar de aquel auto. Luego de un desvío ingresaron a un bosque de árboles enormes que dejaban pasar los matinales rayos de sol que salpicaban el piso con manchas bellas y cálidas. Einsed le explicó que luego de pasar por el puente que cruzaba el arroyo ya se encontrarían en el sitio que el Rey le había concedido. Estaban rodeados de árboles y era una sensación amable porque los árboles eran altos y no daban impresión de encierro sino de protección. Luego de cruzar el puente se divisaba a lo lejos la casa de Einsed. El lugar era digno de un cuento.
Bajaron del auto y caminaron unos metros por esa tierra firme casi sin césped pero tapizada de hojas secas y pequeñas ramitas finas o restos de corteza suave y delgada que despedían esos enormes árboles. Pocos pasos después estaban caminando sobre una plataforma de madera que hacía las veces de vereda a través de la cual accedían a la casa. Rudolph volvió a estar invadido por esa sensación de contrariedad al ver a su derecha otro espejo de camión igual al del auto atornillado a un árbol.  
Rudolph pensaba que un árbol podía soportar con resignación su propia muerte si eso significaba convertirse en una pared de una casa, en una mesa que ofreciese a las personas la posibilidad de sentarse a su alrededor, pensaba que un árbol podía incluso soportar ser convertido en cenizas pero luego de haber dado fuego y calor para que una madre pudiese proteger del frío a sus niños o cocinar sus alimentos. Pero que un árbol magnífico viviera para que le atornillasen un espejo de camión era algo indigno, algo vergonzoso, más aún delante de tantos árboles como él. Rudolph no pudo evitar pensar que el árbol podía sentirse agradecido de que el adhesivo del “Bosta Juniors” no estuviera pegado en su corteza.
Trató de que su sorpresa pasara desapercibida, pero algo debió de haberse notado porque Einsed le dijo, a manera de explicación, que había gente que visitaba el lugar y que eso era útil para que pudieran arreglarse antes de sacarse fotografías. En verdad era una explicación muy poco convincente pero Rudolph prefirió no objetarla, al menos en aquel momento.
Aunque después de un largo rato de estadía, de charlas y de cervezas pensó Rudolph que algo sobre ese asunto debía decirle a su amigo.
–¡Pero será posible que uno no pueda estar contento con algo para que venga un aguafiestas como tú para arruinarlo todo! –Protestaba Einsed luego de haber escuchado a Rudolph– ¡Quieres decirme qué tienen de malo los espejos de camión y los escudos del Bosta Juniors!
–No te enojes –trataba de calmarlo Rudolph–, claro que no tienen nada de malo ni los espejos ni los escudos… No se trata de eso. Realmente no es eso. ¿Quieres atornillar espejos de camión y pegar escuditos del Bosta Júniors en ese auto? Pues hazlo, eres libre. ¿Qué problema hay? Solo ten cuidado de que esa maravilla de la industria no salga dañada. Pero quiero que entiendas que no sería yo un buen amigo si no te dijera que hay cosas que son bellas en sí mismas… ¡Tienes un Ferrari, Einsed! Sé humilde y agradecido, y me consta que lo eres, claro que lo eres… Mira, puedes usar toda una gama de productos que harán que ese auto dé lo mejor de sí en rendimiento y belleza, pero se trata de una belleza sobria, amable, delicada… Compréndeme, Einsed, ese coche está diseñado no solo por ingenieros sino por artistas, yo entiendo que te gusten esos espejos de camión, pero definitivamente no puedes atornillárselos al Ferrari sin… no quiero decir “arruinarlo”, porque tal vez no te guste esa palabra, pero, al menos, convengamos que esos espejos no le aportan nada… la belleza de ese Ferrari es tal que no necesita que le agregues nada, lo único que necesita es cuidado, simple y delicado buen trato…
Los amigos siguieron charlando hasta bien entrada de la noche, mientras comían y bebían y cada tanto riendo también bastante estridentemente.
A pocos metros de la cabaña un árbol que dormía bastante incómodo soñaba con personas que llegaban mirando sus celulares, se detenían delante de él para arreglarse las cejas frente al espejo que tenía atornillado, se sacaban una selfie y se iban para siempre, mirando sus celulares sin enterarse jamás de que habían estado en ese tan maravilloso lugar... Se despertó de repente, era muy de noche ya, aún se oían conversaciones y risas desde la cabaña. Volvió a dormirse plácidamente soñando con un nuevo día y con la esperanza de verse libre de su molesto accesorio...

viernes, 15 de marzo de 2019

Por ti


Pienso que en cada visión o sentimiento de Verdad-Bondad-Belleza que un artista despierte en sus lectores/oyentes/etc. tal vez se eleve (igual que el humo del incienso) como una oración ante Dios, porque ese artista ha descorrido el velo de algún misterio de la creación para aquel que ha contemplado su obra (su subcreación), sea una canción, una historia...
Así que un buen artista tendría plegarias a su favor de aquellas almas a las que les ha hecho algún bien... y acaso juegue en eso su destino eterno...
Por supuesto, la contrapartida para aquellos que a través de sus obras hacen daño sería que no se elevaría por ellos una oración al Cielo sino más bien un lamento... Dios les tenga misericordia.
En el caso de los artistas sus obras quedan, y siguen haciendo bien o daño aún lejos de ellos. Pero todo el mundo es artista de su propia vida y deja a su alrededor una huella de bien o de mal…
A mí este tema de Sergio Denis, supongo que como a muchos de mi generación, me trae recuerdos de mi niñez, no tanto de mí sino más bien de seres queridos, jóvenes en aquellos tiempos, y la canción en sí es una muestra de la simpleza y bondad que tenían aquellos muchachos de barrio. Ojalá que cada vez que se escuche su música se eleve una oración por él.



sábado, 2 de marzo de 2019

Los aplausos


Cuenta Castellani en la “fábula del zorzalito” que el zorzalito empezó a cantar por primera vez y todo el bosque quedó en silencio, envuelto en su cantar, pero que nadie dijo nada, ni siquiera la calandria u otros pájaros que entendían de música… el único que habló fue un gorrión superficial: “Qué feo queda. Cuando hincha la garganta parece un sapo”. El zorzalito, avergonzado y convencido de que había hecho un papelón, se fue y no cantó más. Concluye Castellani diciendo: Los que entienden, que alaben a los que valen, no sea que vengan los que no valen y se hagan dueños del mundo.
Por otra parte, el Santo Cura de Ars contaba la siguiente anécdota: “Un santo dijo un día a uno de sus religiosos: 
-Ve al cementerio e injuria a los muertos.
El religioso obedeció, y al volver el santo le preguntó:
-¿Qué han contestado? 
-Nada. 
-Pues bien, vuelve y haz de ellos grandes elogios.
El religioso obedeció de nuevo.
-¿Qué han dicho esta vez? 
-Nada tampoco. 
-¡Ea!, replicó el santo, tanto si te injurian, como si te alaban, pórtate como los muertos.”
Es decir, uno no debe devolver el insulto ante una injuria ni creérselas (envanecerse, engreírse) ante un elogio. Pero ante una alabanza sincera hay un cierto sentido en el cual uno no debe ser indiferente.
Cuando uno elogia con sinceridad, con mesura, sin segundas intenciones, a otra persona por algo bueno que ha hecho o que ha dicho, está haciendo un acto de justicia, de caridad y de gratitud: el otro ha hecho lo que ha podido por hacer algo bien, le ha salido bien y ha hecho un bien a otra persona.
Si el tipo no es un necio “hará como los muertos”, y “no se la creerá”, pero tal vez el elogio sea bueno para él porque, como humano que es, también necesita –como el zorzalito– hacer pie en algo. Porque la Gracia no niega la naturaleza sino que la eleva, aunque, ciertamente, hay momentos en los que no hay dónde hacer pie y solo debe bastar la Gracia de Dios.
Ahora, cuando se recibe un elogio, cuando alguien nos felicita por algo que hemos hecho bien, incluso, cuando uno sabe cabalmente que ha hecho algo bien, y acaso por simple decoro y reparo social no anda felicitándose a los gritos, hay que hacer una operación que está perfectamente graficada en un gesto que por famoso no es menos elocuente, que por simple no es menos profundo y altamente significativo, y que por popular no deja de ser un símbolo de una verdad que atraviesa toda la historia, desde el comienzo hasta el fin de los tiempos.
El deportista que ha hecho una gran jugada, que con sutileza y habilidad ha eludido defensores, ha esquivado golpes y que, sorprendiendo al arquero, ha puesto el balón contra la red, sabe que lo abrazarán sus compañeros, y que gritarán de alegría cientos de personas o cientos de miles de personas alrededor del mundo en el especial caso del que hablo. No es muy difícil para tal jugador percibir el embriagante aroma del incienso, más aún cuando una multitud de insensatos desde las tribunas hacen elocuentes gestos de alabanzas a una divinidad.
Él sabe perfectamente que los aplausos son para él, por su jugada, por su gol, pero también, por todas las horas de entrenamiento, por todas sus renuncias, por todas sus lágrimas vertidas. “¡La gloria es toda suya!” grita desaforadamente un locutor. Sin embargo el gesto parece indicar otra cosa.
Más allá de todo el entrenamiento y de toda la dedicación hay un evidente talento que ha sido dado y en lo cual no hay mérito propio, además, cada fibra de cada músculo, cada molécula de los huesos, cada comunicación entre las neuronas tienen una existencia que el portador lleva como un tesoro en vasijas de barro… es más: son barro, y ahí están, sostenidas en la existencia por un misterio que supera infinitamente al propio deportista que es saludado por una delirante multitud.
Y todos los elogios, todos los aplausos y también todas aquellas desubicadas alabanzas idolátricas son redirigidas –en el gesto de ese famoso jugador– hacia lo alto, que es hacia donde deben ir.
No disminuye la capacidad simbólica de tal gesto el hecho de que el jugador esté pensando en aquella abuela que lo llevaba a jugar al fútbol en su infancia.
La gratitud, el señalar a los demás que han sido parte y por último, y más importante de todos, la Señal de la Cruz, y apuntar hacia arriba, con los índices y con la mirada, es exactamente la actitud que uno debe tener en lo más profundo del alma ante un elogio.



jueves, 31 de enero de 2019

La Verdad, las discusiones, la Misericordia

(editado 04/02/19)

Dieciséis años teníamos, mi amigo había conseguido que le enviaran unos folletos de Jesús Misericordioso, gratis, de muy buena calidad, con el objetivo de difundirlo a través de una revista que hacíamos con los medios de los que podíamos disponer a esa edad… Algunos de esos folletos estaban sobre un banco de la iglesia y desaparecieron en un momento de distracción, recuerdo la perplejidad de mi amigo “yo no puedo entender que alguien para tener a Cristo… robe…”
Por supuesto, con arrogante solvencia se podría explicar el hecho… pero la perplejidad es también admisible.
Una perplejidad parecida puede invadirnos cada vez que vemos cómo gente que declara ser más amiga de la verdad que de cualquier mortal que ande todavía cándidamente viviendo destripa despiadadamente a quien no avale la más opinable de sus opiniones. Lo cual tiene su implacable –aunque aparente– lógica.
A estas alturas de la Historia, cuando todas las vanidades se han mostrado como tales, cuando todas las glorias del mundo han puesto en evidencia su vacuidad, no pocos asuntos han revelado cuán fútiles son. A quién pueden importarle los pomposos premios a las películas, a las canciones, a los libros…, a quién puede importarle a estas alturas esa industria del autobombo. Lo que seriamente tiene sentido para un verdadero artista es haber visto una porción de la Realidad, es haber tenido la Gracia de que algo le haya sido revelado, y haber plasmado luego eso en una obra artística es consecuencia del irrefrenable deseo de mostrar a otros lo que ha visto.
A estas alturas de la Historia, a quién puede importarle ganar una discusión, tener razón o haber dicho algo antes que otros, haber visto algo es Gracia y ante lo cual la gratitud es mucho más apropiada que la arrogancia.
Por supuesto, se podría argumentar que hay que poner la verdad en la cúspide de la pirámide, pero la cúspide sin la base se desmorona, despreciar la base es fanatismo, como explica Castellani, pero el punto es que cuando hablamos de la Verdad estamos hablando de toda la pirámide.
Quien ama la Verdad sabe que el Amor no es una pasión desordenada que nubla la razón, el Amor está ligado al conocimiento. Un hombre adulto ciertamente puede ver, de lejos, a un adolescente muchas veces como un ser ridículo, pero si no se apura en el juicio, lo verá de otra manera. Si se trata de su hijo, y es de suponer que lo ama verdaderamente, se morderá mil veces los labios antes de decirle que es un estúpido, aunque probablemente no necesite tal dominio de sí, porque por amor intentará ver cómo su hijo ve las cosas, qué circunstancias hacen que su hijo entienda así lo que ve, y no lo justificará sino que con paciencia de padre le tratará de aportar lo que el muchacho necesita para ver la Realidad. Por supuesto esto lleva más de quince minutos. Es algo en lo que va la vida. Se podría objetar que, en ciertas ocasiones, otro método es más rápido y que además puede servir para hacerlo reaccionar. Concedido pero con muchísimas reservas, porque es un argumento muy recurrido para justificar las propias faltas de paciencia. El reproche es, a su vez, algo reprochable si no es dicho con amor.
Es más rápido arrojarle a alguien en una discusión “¡Lo que pasa es que usted es un ignorante!” que tratar de mostrarle que en ese punto en particular su opinión es irrelevante porque carece de los elementos de juicio suficientes. No se trata de un cambio en la redacción, porque decírselo más complicadamente y con una sonrisa lo único que cambia es que el propio y vulgar enojo ha sido hundido en un frío y calculado cinismo, que no hace sino aumentar el insulto.
El punto está en hacer un amoroso esfuerzo en notar que hay muchas circunstancias que hacen que la otra persona, como el adolescente, no pueda ver la verdad que uno ve. El otro no tuvo la Gracia de ver lo que uno ha visto, y encima uno va y lo insulta.
Es inevitable que esto suceda todos los días en todos lados, ni hablar de las discusiones políticas y la denigración absoluta hacia los que piensan distinto. Pero la perplejidad sobreviene cuando los que hablan se dicen amantes de la verdad, y reparten, a la vez, y ni siquiera alegremente, juicios inapelables e implacables sobre muchísima pobre gente que difícilmente dispongan de circunstancias que le ayuden a ver la realidad.
La discusión es una obra de caridad, porque lo que se está intentando es que el otro vea la verdad que uno ve. La Verdad contiene la Misericordia. Parte de la realidad son las limitaciones humanas que la otra persona tiene, y aún en el caso de que en los dichos de la otra persona hubiese maldad, de cuya aceptación íntima no puede uno estar completamente seguro, con muchísimo mayor razón debe uno tratar de elevarse a las alturas de la Misericordia. Por supuesto, se está hablando aquí de la verdadera Misericordia, que es aquella que está en la Verdad, y no de la misericordia falsa, que consiste en decir que la verdad no importa.
Es cierto que, como se ha dicho, la caridad puede verse movida a mostrar una cara mala, como cuando aquello que se ama se encuentra en grave peligro y debe ser defendido. Pero digna de desconfianza es la excesiva liberalidad en la distribución –con  destinatarios personales o masivos– de frases hirientes o de insultos ya que tal actitud se parece menos a una santa ira que a un simple mal carácter o a una indisimulada arrogancia.
La contemplación de la Verdad es Gozo, es Alegría, es un ensanchamiento del alma en deseo desbordante de que los otros también vean y tengan ese Gozo y esa Alegría, en especial los seres queridos… por extensión la propia ciudad… por extensión la patria… por extensión el mundo entero…
Tal vez quienes no lo entienden así difícilmente puedan estar verdaderamente alegres y gozosos ni siquiera en un sueño, que podrían tener mientras duermen, en el cual el mundo se encuentre organizado según todas sus afirmaciones…


lunes, 17 de diciembre de 2018

En defensa de Papá Noel

Papá Noel: ¿aliado o enemigo?
(el monje)
Aparece ayer (*) un artículo en el vidrioso diario La Nación, de una mujer muy segura y pagada de sí, contando por qué le va a explicar a su hijita de 4 años que [el personaje carece de entidad y que los recursos pecuniarios, administrativos, etc., etc. de los cuales emanan los obsequios yacientes al pie de la chispeante conífera provienen de] ella, qué tanto.
Y claro, me acordé de cómo el cristianismo, a veces con tanta vehemencia, lucha contra este personaje de fantasía, por creer que conspira contra el Pesebre y el Niño Dios. En ambientes conservadores se suele dar esto con notable beligerancia y en la volteada termina cayendo hasta el mismo arbolito de Navidad e incluso los regalos… todos “enemigos” del Niño.
Y yo no estoy tan seguro de que lo sean…
Y ahora que leo lo de esta arrogante señora, mucho menos.
Y caigo en la cuenta de que en los tiempos que corren Papá Noel también va al muere, está en extinción, le quedan pocas temporadas de vida... y esto por la misma razón que se extinguió antes la Navidad del Niño Dios. El racionalismo pragmático lo va erosionando y destruyendo todo. Va por todo.
A esta altura, creo yo, Papá Noel debería ser un buen aliado nuestro en la lucha contra el mundo. No es el enemigo. En verdad todo ejercicio de fantasía hiperrealista, de magia conmovedora, de ritos inexplicables, abonan el terreno para la Fe. Me parece que ha sido una mala estrategia la de pegarle al Gordo bonachón: en definitiva él nunca quiso competir con Jesús. Es como pegarle al Bautista por no ser el Mesías...
Nada más perverso y más distorsionante de nuestra cosmovisión que un adulto diciéndole a un niño: aquí los regalos los hago yo. Ajá. Le doblaría varias veces mi pulgar derecho ante sus ojos en señal de "haceme creer que volás". Ese es el verdadero "enemigo", no Papá Noel: el súper-hombre emancipado que se cree amo, dueño y señor de sus propias erogaciones. Cuando al niño se le rompa esa ilusa mentira, se enterará de que sus padres le mintieron en docenas de asuntos más: cuando le decían que ellos otorgaban la salud por abrigarle, que ellos eran los autores de la educación por mandarlo al colegio, que ellos le construían la vida, por darle plata. ¿Hay ilusión más monstruosa que esa?
Papá Noel no es Cristo, pero bien puede ser su paje y precursor. Un allanador de la magia y sorpresa y asombro y gratitud ante el Misterio más grande. Al menos resulta un buen aliado en esta noble experiencia de que los regalos –y la vida está llena de ellos– nos llegan de arriba: no los compramos ni fabricamos nosotros. Nos llegan, a cambio de nada. ¿Crees esto?
Pobres los hijos de esta penosa cultura, cuando un día, decepcionados, tengan que recriminarle a sus mayores: ¿En qué más nos mentiste, hombre moderno?
Vaya en mi defensa este maravilloso párrafo de otro gordo, que lo dijo mucho mejor:

Mis experiencias con Papá Noel
(el otro gordo)
Siendo chico me encontré con un fenómeno que requería explicación; colgué una media vacía de la punta de mi cama que a la mañana siguiente apareció convertida en una media con un regalo adentro. Yo no había hecho nada para producir las cosas que estaban dentro. No había trabajado por esas cosas, ni las había hecho ni ayudado a fabricarlas. Ni siquiera había sido buenolejos de eso. Y la explicación suministrada era que un cierto ser que la gente daba en llamar Papá Noel se hallaba dispuesto benevolentemente respecto de mi persona. Desde luego, la mayoría de la gente que habla de estas cosas suelen verse atacadas de un cierto estado de confusión mental a raíz del cual se les da por atribuir enorme importancia al nombre de esta entidad. Lo llamamos Papá Noel porque todo el mundo lo llamaba Papá Noel; pero el caso es que el mero nombre de una divinidad no pasa de ser una etiqueta. Su nombre verdadero bien podría haber sido Williams. Podría haber sido el Arcángel Uriel. Lo que nosotros creíamos era que un cierto agente de notable benevolencia había querido darnos esos juguetes a cambio de nada. Y, como digo, lo sigo creyendo.
Sólo he ampliado la idea. Por entonces sólo me maravillaba pensando quién pudo haber sido el que había puesto los juguetes en la media; ahora me pregunto quién puso la media al lado de la cama, la cama en el cuarto, el cuarto en la casa, la casa en este planeta y el planeta en el vacío. Hubo un tiempo en el que me conformaba con agradecerle a Papá Noel por un par de muñecos y algunos petardos, pero ahora le doy gracias por las estrellas y los rostros en la calle y el vino y el grandioso mar. Hubo un tiempo en que encontraba delicioso y maravilloso encontrarme con un juguete tan grande que apenas si entraba a la media por la mitad. Ahora cada mañana estoy encantado y admirado de encontrarme ante un regalo tan grande que ni dos medias alcanzan para contenerloy luego, pasa que deja buena parte afuera: se trata del inmenso y absurdo regalo de mi propia persona, sobre cuyos orígenes no tengo sugerencia para formular a no ser la de que Papá Noel me lo regaló en un arranque de una muy peculiar y absolutamente fantástica benevolencia. (Extracto del artículo "My Experiences with Santa Claus", G. K. Chesterton, Black and White, 1903, reimpreso en The London Tablet, 1974) (Traducción: J. Tollers).

En defensa de Papá Noel
(un tipo)
Invariablemente e inevitablemente todos los años aparece alguien que informa con carácter inaugural que “Papá Noel nada tiene que ver con la Navidad”, y se convierte, a veces, en un entretenimiento pagano el arrojarle dardos a este personaje. Lo que más lamento es que muchos chicos quedan a veces en medio de este fuego cruzado, que en realidad es fuego desde quienes lo atacan e inconsistencia y sentimiento de culpa por quienes ni pueden defenderlo.
Quienes lo atacan suelen ser despiadados, si van a una casa y encuentran que alguna bola del árbol de Navidad tiene una imagen de Papá Noel, no resisten la tentación de sacar esa bola del arbolito y romperla, pero no contentos con eso la hacen añicos, miles de pedacitos de manera que la imagen quede totalmente irreconocible. Esto es, evidentemente, una exageración, no hace falta romper tanto las bolas.
La ingenuidad (al menos en la superficie) y paganismo de muchas películas norteamericanas sobre este tema hacen que algunos detesten al personaje.
Además, está claro que si hay un santo en el origen del Papá Noel hoy está totalmente diluido y poco reconocible, está claro también que su imagen suplanta lo esencial de la Navidad, y que la Navidad se toma hoy como un acontecimiento comercial, etc., etc..
Pero, me parece, en cierta manera es providencial que sea esta figura la que esté tan manoseada en las vidrieras, en la publicidad en general; digo, tal vez nos molestaría mucho más, tal vez sería mucho peor, si usaran la imagen del Niño Dios para por ejemplo vendernos un pan dulce o una sidra.
Dando por hecho que se ha instaurado la costumbre de hacernos regalos en Navidad no me parece que un matrimonio cristiano caiga en una aberrante idolatría si les dice a sus pequeños hijos que Papá Noel les trae regalos a los niños para que estén contentos, para que estén felices porque ha nacido el Niño Dios. (No admito la objeción de que a la Navidad no hace falta agregarle la alegría humana de un regalo, salvo que el que hace la objeción se abstenga de todo brindis y/o comida especial en esa fecha).
No digo que haya que hacerlo, pero digo que hay que dejar tranquilos a quienes quieren usar esta imagen.
Quienes quieren seguir atacando tienen ahora nuevos aliados, en estos días apareció un informe diciendo que la figura de Papá Noel es nociva por su vida sedentaria, que es gordo y que fuma.
La imagen de Papá Noel, a la que han recurrido gente como Tolkien o C. S. Lewis, es la irrupción de un cuento de hadas en la vida de todos los días. Esto tiene el efecto de lo que han llamado “recovery”, recuperación; la vida que, por momentos, nos parece monótona, sin sabor, de pronto aparece algo que nos hace ver que estamos en una realidad maravillosa, y renovamos el modo de ver nuestro alrededor.

(*) el texto no fue escrito en la fecha en que aquí se publica. Y las cursivas entre corchetes son, obviamente, una entrometida traducción del autor del blog, al solo efecto de mandar amablemente a jugar afuera a algún eventual niño que ande por aquí


martes, 22 de mayo de 2018

¿No puedes sentir mi corazón?

Hay que decir que quien tenga interés en un debate de ideas donde deba esforzar su inteligencia a efectos de seguir con atención los agudos razonamientos de los contrincantes, verá probablemente el debate sobre el aborto como algo decepcionante ya que, por un lado, están los que deben hacer enormes esfuerzos para explicar lo que es obvio y, por otro, los que dicen cualquier cosa para tratar de imponer lo que quieren. 
“¿Y si es un asesinato qué…?” fue lo que respondió alguien una vez después de una larga discusión. Es decir, todo lo que había dicho antes era un mero intento de justificación… Pero si no se puede justificar tampoco importa.
Algunos que están a favor del aborto ponen cara de “es lamentable, pero hay que admitir que es una necesidad”, son los que se muestran como razonables... Muchos otros hacen la misma campaña pero posando con una sonrisa, con esa especie de agrio regocijo propio del que se quiere salir con la suya…. Entre todos ellos hay actores, actrices, músicos, cantantes, periodistas… ¿Cuál es el motivo? ¿El dinero? ¿El temor de quedarse fuera de las cuarenta del mazo? ¿O es que han abortado -o hecho abortar- ellos mismos alguna vez y quieren, de alguna manera, acallar su conciencia pidiendo la legalidad…? Como si eso cambiara algo… Después de haber hecho algo malo entiendo que lo más sano sería arrepentirse y pedir perdón en vez de tratar de destruir el orden del universo al solo efecto de que la propia actitud no sea mal vista… 
¿Cuál será realmente el motivo de ese ridículo apoyo a algo siniestro?
Tal vez esto tan terrible esté haciendo finalmente algo así como una divisoria de aguas… Era gente que uno veía con cierta simpatía… Uno podía más o menos disfrutar de lo que hacían, dependiendo del gusto de cada uno, claro está, aunque, ciertamente, tuviera muchas diferencias con su forma de pensar…
Pero esto es otra cosa. Y no me parece mal que se los vea ahora con otros ojos. No se trata de intolerancia ni de ningún otro “pecado contra el sistema” del que se nos pueda acusar. Se trata sencillamente de que hay personas que difícilmente puedan volver a ver a esos artistas (o periodistas o lo que fuesen) sin recordar que esa gente ha dado su pulgar en alto a algo mucho pero muchísimo peor que una guerra injusta. Hay quienes que ya no tienen ganas siquiera de soportarlos en algún reportaje donde aparezcan como simpáticos y ocurrentes… 
Tal vez hace tiempo que están a favor del aborto, pero antes no era una opinión socialmente aceptable, y hoy, que se presiona por todos los medios posibles para que se vea como intolerante a quien está a favor de la vida, ellos se muestran como siempre han sido. Es una posibilidad también. 
Pero ya que no quieren admitir lo que es obvio, es decir que se trata lisa y llanamente de dar muerte a un ser humano, podrían al menos admitir la duda y no abrir la boca… Pero no, ahí están ellos aportando su cara sonriente a tan funesta causa…
Es que con el paso del tiempo, con el transcurrir de la historia, todo se va agudizando, y el mal se va volviendo cada vez más descaradamente malo, y el bien, obligadamente, cada vez más bueno… Ya no resulta tan fácil portarse bien medio sin querer. Quien es honesto aun cuando todo alrededor empuja a no serlo es porque realmente está convencido de lo que debe ser y decidido a serlo aunque no solo no gane nada a cambio sino incluso aunque salga perdiendo. 
Esto último es una fuerte razón por la cual solo quienes tengan una fe que los impulse a amar, incluso a quienes les odian, sean prácticamente la única clase de gente que está interesada en la defensa ciertas cosas. Y de pronto, esta buena gente –que tiene defectos como todo el mundo, cómo no– se ven obligados a soportar vejámenes insospechados. ¿Qué ha hecho una pobre mujer madre de familia que ama a sus hijos y que ha ido a algún lugar a  manifestarse por la vida para que venga una muchacha fuera de sí y le escupa en la cara un odio absolutamente inexplicable? 
Inexplicable al menos humanamente. Hay Alguien que de esto sabe…“Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían” (Isaías 50,6). La presencia del justo… “Es un vivo reproche contra nuestra manera de pensar y su sola presencia nos resulta insoportable” (Sabiduría 2,14).
Una de las calumnias que quienes defienden la vida deben oír es la acusación de que odian la sexualidad. Lo cual es, por supuesto, una mentira. 
Pero el punto es que uno de los trágicos logros del progresismo ha sido separar la sexualidad de la procreación, lo cual, en principio, simula dar énfasis al amor, pero sucede que al quitar esa responsabilidad implícita, que consiste en la posibilidad de ser padre o de ser madre, le ha dado un delicioso regalo al egoísmo… y si hay algo enemigo del amor no son precisamente los hijos sino el egoísmo… Así que tal énfasis no ha subsistido más que lo que un suspiro al viento y hoy la sexualidad no está separada solo de la procreación sino también del amor. 
Que sea necesario que dos personas se amen para que un nuevo ser surja es una de las maravillas de la Creación. Que la subsistencia humana –del individuo y de la especie– esté garantizada por la alimentación y la procreación, que son actividades en sí placenteras, es algo que muestra, para quien quiera verlo, no solo una inteligencia en el diseño en el universo sino una delicadeza del Creador, de un amor como el de la más tierna madre por sus hijos. Pero, como sabemos, hay un daño desde el amanecer del tiempo que hace que todo sea aquí corruptible. Y cuanto más maravilloso es algo, tanto más horrible es cuando se corrompe. 
Así que, no es del todo correcta, ciertamente, la primera oración del párrafo anterior. Aún sin amor, con el solo ejercicio de la sexualidad basta para la existencia de un nuevo ser. Y hoy ni siquiera eso es necesario.
Pero es una caricatura deforme del amor el hecho de que dos personas estén juntas solo por una coincidencia de sus egoísmos. Y me parece no menos que una desesperada burla del infierno la existencia de parejas que se desean y se odian, el amor jamás ha tenido nada que ver con ellos… de lo cual difícilmente puedan derivarse otras cosas que no sean desgracias, para ellos y para quienes los rodean.
El deseo sexual es algo que está en nuestra naturaleza y que no puede ser considerado meramente como una sed a satisfacer sin que nos arrastre a un comportamiento animal. De hecho, la sexualidad separada de la procreación y separada del amor lleva a algo mucho peor que un comportamiento animal.
Se ha dicho que toda vez que en la historia se ha promovido un comportamiento de desenfreno sexual se ha terminado inexorablemente en un desenfrenado derramamiento de sangre. Uno por un instante podría pensar que eso era propio de épocas menos civilizadas, en cambio nosotros en el siglo XXI… Pero luego uno se da cuenta de que no otra cosa es el aborto sino un escandaloso derramamiento de sangre…

Mama – Genesis

No son pocos los que tienden a pensar que “Mama”, aquella famosa canción de Genesis de 1983, habla del aborto, y que es el niño en el vientre de su madre que clama por su vida. Incluso es lo que pensó el manager del grupo cuando escuchó la canción por primera vez. 
“Pero Phil Collins opina en una entrevista acerca de la canción: Nuestro mánager, cuando la oyó por primera vez, pensó que se trataba del aborto, creía que retrataba en cierta forma el sentimiento del feto, diciéndole a la madre “Por favor dame una oportunidad”, “¿no puedes sentir mi corazón?”, “no desaproveches mi última oportunidad”. Todas esas letras están en la canción pero en realidad, se trata de un joven adolescente que tiene una fijación de madre en una prostituta que acaba de conocer de pasada. Tiene este sentimiento tan fuerte hacia ella, y no comprende por qué ella no está interesada en él. (…) la canción trata sobre eso, con algunos tonos siniestros.” (*)
Hasta donde entiendo, ambos sentidos caben en la canción. Sin forzar la interpretación, aunque mediando metáforas, uno podría verla de una u otra manera. 
Los oídos atentos podrán percibir una diferencia de calidad de audio entre 3:47 y 4:35 y el resto del video. 

Frágil/Fragile

Obviamente la risa siniestra en Frágil toma la idea de la risa siniestra de Mama. Pero la letra de Frágil no proviene de "Mama". En Frágil es, sin dudas, el niño en el vientre de su madre el que habla. Es, tal vez, menos hiriente hacia ella, tiende más a preguntar cuál es el origen de la maldad que lo amenaza que a reclamarle a ella.
Creo que Frágil es una gran canción… pero le hace verdadero honor a su nombre al lado de la fuerza que tiene Mama.

(*)https://es.wikipedia.org/wiki/Mama_(canci%C3%B3n_de_Genesis)

sábado, 23 de diciembre de 2017

Más allá del tiempo y del lugar

¿A quién pertenece una obra artística? ¿Al autor? ¿A quien la ha inspirado? ¿A quien la tiene en su poder, ya sea porque le ha sido donada o porque ha pagado por ella?
Por supuesto que no estoy hablando cuestiones comerciales, de regalías y esa clase de menudencias… Claro que si una persona gana dinero con algo que no le pertenece no se trataría de menudencias sino de un acto delictivo… Pero de lo que estoy hablando es de la existencia misma de la obra.

Pequeña flor


Escrita y grabada hace más de diez años, no se hizo con el objeto de ser difundida, así que es completamente desconocida, a excepción, obviamente, de unas muy pocas personas. El mundo ha seguido dando vueltas ignorando su existencia, y lo seguirá haciendo, quién lo duda, pero, por lo menos, aquí está la dichosa canción, por si alguien pasa y le interesa, tal vez resulta de algún provecho.
¿Una canción ingenua? Podría pensarse. De hecho lo pensé ahora, doce años después de haberla escrito. Pero no, no lo es. Es una canción simple pero no es ingenua. No hay una idealización, no hay un otorgar a la amada caracteres angélicos o divinos, no es considerada el sol, sino solo un reflejo, también ella es vista como alguien que está a merced de los peligros de la oscuridad o de la fragilidad, como lo estamos todos.
–Sí, pero, a ver, dice “soy un náufrago en el mar de oscuridad”, “ayúdame a llegar”. En realidad ambos son náufragos, los dos deben ayudarse a llegar…
–Concedido. Pero muestra un aspecto, visto, obviamente, desde quien escribe, y que, además, es verdad, la amada es vista como un signo, como algo que puede guiar, ella es vista como un vestigio de algo maravilloso y eterno, pero como puede dejar de serlo, le pide “no te canses nunca de alumbrar”. De todas maneras, no pueden abarcarse todos los aspectos... se trata de una canción, flaco, qué querés…  

Dulces sueños



Al igual que la anterior, no fue grabada para ser difundida, pero aquí está ahora para quien le interese.
Compuesta a partir de la tradicional “Oh, María, Madre mía” que muchas madres y abuelas deben de haber usado como canción de cuna no solo por sus características musicales sino, y sobre todo, porque tal vez fuera una buena forma de acunar a sus hijos y, a la vez, de rezar por ellos.