viernes, 31 de julio de 2020

El don de la belleza

Edición 03/08/2020

La belleza es un don, y la capacidad de cultivarla con bondad e inteligencia acaso también lo sea, pero la decisión de darse a esa tarea hace a quien lo ha recibido partícipe de una obra inmensa. Algunas veces la obra permanece oculta, y no es por eso menos bella, pero otras, la obra, y su portador, son elevados como una luz imposible de esconder.

Es una luz que cautiva y que, a la vez, frecuentemente expone los corazones de aquellos a quienes atrae. Muchos de ellos son transformados por esa luz, porque alcanzan a comprender, o, al menos, a entrever, la bondad que les fue por ella revelada y entonces muestran, a su vez, sus propias bondades y bellezas, contribuyendo, así, a un maravilloso y universal concierto… Pero, lamentablemente, no todos… Aquellos que son atraídos por la luz pero que no alcanzan, siquiera, a vislumbrar la bondad que ella revela (o que, a pesar de eso, el egoísmo en ellos prevalece), quedan atrapados en sus mezquindades, y, a veces, expuestos en sus propias bajezas o extravíos… Porque no a todos atrae de la misma manera y no en todos produce el mismo efecto, para algunos esa luz es un remedio que devuelve la salud y para otros, un reactivo que pone en evidencia los males o debilidades que en ellos aún subsisten.

Pero además, por su parte, el corazón del portador queda también expuesto… y, claro está, no se encuentra libre de sus propias oscuridades y miserias… las cuales pueden reflejarse en la obra, unas veces sublimadas y convertidas en belleza y otras, hiriendo la obra, permaneciendo crudas y sin resolver, mostrando la humana fragilidad del portador...

Es que su belleza y su luz no son algo de lo cual pueda envanecerse con justicia pues no son sino gracias que están en él. Es cierto que son dones que no ha desperdiciado y que tiene el mérito de haberlos hecho fructificar… Pero es no menos cierto que lo que lo ha empujado a esa tan gozosa como ardua tarea ha sido una propia e imperiosa necesidad y que, sin dudas, él mismo ha sido el primero en recibir los efectos de ese baño de luz…

Y los efectos, al igual que en los demás, no son otros que el de un remedio… o el de un reactivo.

Se trata, entonces, de un don indudablemente maravilloso, pero no exento de incomodidades y aun de peligros… Por eso, seguramente, aquello que decía Tolkien, encumbrado por el éxito de su obra, en una carta del 23 de Mayo de 1972: “Ser una figura de culto (…) no es, me temo, nada placentero. No me parece, sin embargo, que ello tienda a inflarlo a uno; en mi caso, al menos, me hace sentir extremadamente pequeño e inadecuado. Pero aun la nariz de un ídolo muy modesto no puede dejar de experimentar cosquillas ante el dulce olor del incienso”.

Tal vez el único amparo verdadero sea el saberse un recipiente de barro en el que una gema preciosa refleja la luz de Quien la ha concedido. Y acaso sea eso lo que conduzca al portador hacia Aquel que es fuente inagotable y eterna de la belleza, de aquella luz que él mismo refleja mientras camina en esta tierra de sombras, como con una espada en alto, ante la cual la Oscuridad no puede dejar de retroceder espantada, tal vez temiendo su definitiva derrota. 

He estado escuchando a Katie James estos últimos días… me parece apropiado mencionarla aquí. Hay momentos suyos de una belleza tal que un alma noble no puede sino rendirse con admiración y gratitud, elevando, a la vez, por ella una plegaria. La belleza que irradia tiene un poder que es de otro orden. Se trata de una fuerza que no golpea con la violencia de un puño ni hiere como un grito destemplado. Es el poder de una espada mágica, como el de una espada élfica forjada por los herreros de Imladris… Un signo, como una lámpara que desde lo alto en la noche concede al navegante un suave, cálido y esperanzador testimonio de luz...

—Disculpe la interrupción, este muchacho… ¿Usted lo que quiere decir es una rendición incondicional… ante esta chica?

—Bueno… No… Claro que no… Incondicional no… Pero eso ante ningún artista, como dijimos antes, son seres humanos, no son perfectos, ellos cuando pueden reflejan la belleza, pero solamente eso… porque también tienen sus sombras… Eso está claro…

Eso está claro pero se estaba deshaciendo en elogios, como si ella fuera un ángel bajado del cielo…

—Y… Mire, si lo piensa, verá que no está mal lo que he dicho.

—No sé, no sé… A mí me parece un poco desmedido…

—Lo que sucede es que… ella es… bueno, es…, o sea… tiene esa gracia, esa simpleza… es decir… no sé cómo decirlo…

—Está bien, está bien… Ya me doy cuenta. A mí me parece que usted medio se ha enamorado tontamente. Déjelo ahí nomás.

—No, no, no… No es así, no es así… Bueno, qué se yo… es difícil escucharla y no sentirse un poco bajo un encantamiento ¿No le parece?

—Ah, no sé… Soy un hombre casado, no me meta en problemas. Hágase cargo usted de lo suyo y no generalice. Déjese de embromar.

—No, pero es otra cosa, es otra cosa… 

Un encantamiento… Le diré una sola cosa. Tal vez le convenga a usted recordar las palabras de Gimli a Legolas, cuando se alejaban de Lorien, "Dime, Legolas, ¿cómo me he incorporado a esta misión? ¡Yo ni siquiera sabía dónde estaba el peligro mayor! ... El peligro que yo temía era el tormento en la oscuridad y eso no me retuvo.  Pero si hubiese conocido el peligro de la luz y de la alegría, no habría venido.  Mi peor herida la he recibido en esta separación". Y terminaba lamentándose "¡Ay de Gimli hijo de Glóin!" Ese efecto produjo en él la dama Galadriel, una especie de enorme nostalgia. ¿Qué me dice ahora?

Sí, sí... Tiene razón, lo recuerdo bien... pero también, la respuesta de Legolas "¡No! ¡Ay de todos nosotros!  Y de todos aquellos que recorran el mundo en los días próximos.  Pues tal es el orden de las cosas: encontrar y perder, como le parece a aquel que navega siguiendo el curso de las aguas." Tal vez esté en eso la sabiduría, en no aferrarse desesperadamente a lo que uno ha encontrado... Pero usted me ha hecho desviar de lo que estaba diciendo, si me permite voy a tratar de terminar la reflexión, que venía bastante bien… A ver si no me hizo perder la idea…

Decía recién que me parecía apropiado aludir a Katie James… pero creo que, además de apropiado, es, de alguna manera, también justo… porque verla y escucharla cantar fue lo que me llevó a pensar en el don de la belleza.

Ni mercaderes ni narcisistas, solo los verdaderos artistas pueden portar con dignidad el don de la belleza, solo ellos pueden apreciarlo.

Y sin embargo, sin embargo… esto no excluye a nadie. Todos estamos llamados a ser artistas de nuestras propias vidas…

Idea esta que corre el riesgo de ser tomada por una cursilería, pero una obra de arte es una cosa seria, no es snob ni altanería, no es estridencia ni estupidez, no es publicidad de nada ni es ingenuidad, es algo verdadero, es belleza, es armonía, es bondad…

Los simples hechos cotidianos dejan de ser triviales cuando uno los ve como pinceladas, pequeños detalles de un gran cuadro. Una risa es un destello de luz y un hecho triste se convierte en un sombreado, que tiene sentido también en el cuadro, como una disonancia en la música…

Aunque es cierto que no pintamos el cuadro en la tranquilidad de un tallercito del fondo. Nuestros bocetos son desconsideradamente pisoteados por gente que anda cerca, nuestros potes de pintura son cambiados de lugar constantemente por personas que tienen las mejores intenciones, o son derramados por nuestra propia torpeza…Por momentos podemos sentirnos desorientados o aun perplejos… como si fuéramos la nota musical, consciente ella misma, en el momento de la disonancia. Es que estamos dentro de una obra inconclusa y aún no tenemos la perspectiva adecuada.

Además, no pintamos solos, nuestro cuadro es uno más entre una infinidad de cuadros en que se han desenvuelto y se desenvolverán las personas de todos los tiempos. Porque cada uno de nosotros es, en realidad, artífice de una pequeñísima parte de una obra inmensa, mucho más grande y maravillosa de lo que nuestra mente puede concebir y que está, toda ella, en manos del Artista. Él está interesado en cada pequeño detalle, nada le es ajeno a su corazón, su Obra es, como toda verdadera obra de arte, una obra de amor.

Percibir y amar la bondad, el Amor, que la belleza nos revela nos transformará en un detalle luminoso de la Obra, con claroscuros que, en su momento, nos pudieron haber costado lágrimas pero que nos habrán marcado para darnos mayor belleza, como el pliegue de una sonrisa. La indiferencia y el desprecio hacia la bondad, en cambio, hará de nosotros algo desagradable y siniestro, que, aun odiando la Obra, contribuirá como un minúsculo detalle oscuro y retorcido.

De manera que hay una espada élfica a nuestro alcance capaz de disipar la amenazante oscuridad que nos rodea.

Es una espada que suele estar clavada en una piedra.

No basta con ver el cielo, ni siquiera en un maravilloso atardecer, no basta con ver el rostro inocente de un niño ni el dulce rostro de una madre, no basta con oír la más hermosa de las canciones…

Solo cuando nuestro corazón abandone su condición rocosa y se rinda ante la maravilla le será posible percibir la bondad que la belleza nos revela… Solo así podremos elevar la espada que desvanecerá las brumas espesas y maléficas de la oscuridad… Con un poder que, ciertamente, no es nuestro, sino de Aquel que es la fuente inagotable y eterna de la bondad y la belleza…

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jueves, 2 de enero de 2020

We aren´t the World


Lo acontecido fue en el concierto de Navidad. La TV mostraba el auditorio como un recinto fantástico, el sonido, la orquesta, los cantantes…  todo era perfecto. Aunque la enorme escultura, que detrás del escenario presidía la sala, daba a la velada un cariz espiritual e inquietante a la vez, la delicada iluminación sobre aquella estructura de bronce acentuaba su aspecto siniestro, lo cual era algo simple de ver para una mirada inocente. Había allí autoridades religiosas.
Ya una talentosa cantante, afamada desde los años ochenta, había interpretado uno de sus viejos éxitos y había emocionado a todos los que anduvieran con el corazón puesto, especialmente si habían sido adolescentes unas décadas antes.
Lionel Richie, que había cantado también —y lo había hecho maravillosamente—, volvía a subir al escenario.
Aquellas voces increíbles eran parte de un mundo que tenía su brillo, el pop había alcanzado un ápice incuestionable, melodías perfectas, interpretaciones inmejorables, todo materializado desde hacía más de treinta años en grabaciones tan ampliamente difundidas que podrían tener garantizada una permanente presencia hasta el fin de los tiempos, lo cual es lo más parecido a la eternidad que el mundo puede anhelar.
La propia sensibilidad de los artistas los hace capaces de contemplar, de percibir realidades que están veladas para el resto de los mortales y también los hace capaces de formar, de plasmar algo nuevo, algo que antes no existía… Entonces, la misma sensibilidad los mueve a contemplar su propia obra para —llegado el caso— ver con satisfacción que la obra es buena, que es bella. Sensible como un niño el artista necesita que otros también contemplen y aprueben su obra, una muestra de gratitud que hace bien a ambas partes. Pero como no es un niño, el riesgo de narcisismo acecha, y el propio gusto por su obra y el aplauso del público pueden volverse para él como un embriagador aroma a incienso, tan encantador como peligroso.
De todas maneras, para toda clase de males el mundo tiene sus propios remedios, que si no proporcionan cura, dan por lo menos una pizca de alivio. La permanencia en el tiempo, al menos en recuerdos, suaviza el dolor de la muerte. Y hacer algo por los demás modera el egoísmo y evita el aislamiento. Los artistas que con su obra han obtenido un bien para otros, han obtenido también un enorme bien para ellos porque, de alguna manera, han podido trascender de sí mismos.
Pero en el fondo, en el fondo… el mundo sabe que todo eso es insuficiente.
El mundo sabe que “de nada sirve”, como cantaba desesperadamente Moris. Nada hay que el mundo busque en sí mismo que pueda darle la verdadera salud que anhela con impaciencia. Salvo que una Palabra salud-dadora llegue desde fuera de él, y que él esté dispuesto a recibirla.
El mundo necesita algo que le dé plenitud y eternidad, no necesita menos que eso, y como no encuentra más que sucedáneos insuficientes se halla en tinieblas…
Porque aunque sus ojos brillen y ría a carcajadas el mundo tiene un dolor y una angustia inconfesables.
La oscuridad lo envuelve.
Pero existe un hogar, es una casa construida sobre roca, cuyo aspecto despierta sospechas y toda clase de rumores. Hay algo en ella que la hace ver discordante, hay algo dentro que no es de este mundo. En el interior de la casa, sus moradores tienen el remedio que el mundo necesita. Las tinieblas la detestan.
La Palabra salud-dadora es como el sol en todo su esplendor, pero en manos de los moradores tiene la apariencia de una lámpara con un brillo oscilante. Solo los que se acercan a la casa buscando con piedad la luz pueden ser sanados, aunque los moradores no acierten en ubicar correctamente la lámpara.
Alguien sugirió que se abrieran de par en par las ventanas para que la Palabra salud-dadora finalmente saliera como el sol desde esa casa y disipara las tinieblas en que se halla el mundo.
Pues bien, los moradores han abierto las ventanas…
Ninguna luz salió de allí.
Acaso para no menospreciar al mundo y sus bálsamos, o tal vez porque ellos mismos han abandonado la esperanza de obtener la salud verdadera, los moradores han puesto sus propias ilusiones en los calmantes que el mundo ha encontrado.
Los moradores han ocultado la lámpara debajo del celemín.
La oscuridad entró, como un ladrón, por las ventanas.
La casa ha quedado también en tinieblas.
Lionel Richie estaba nuevamente sobre el escenario. Todo era devoción, simpleza, perfección y encanto. Las trompas y las cuerdas allanaban con nobleza el camino que la voz de Lionel se disponía a emprender. Las miradas inocentes de los niños del coro eran primeros planos que invitaban a creer, sus rostros sonrientes  hacían parecer absurdo no tener esperanzas en la humanidad y no amar con toda el alma lo que somos.
Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas” se escuchaba instantes después.
Se trataba de un himno, algo que fue izado allí como una bandera flameante.
Treinta y cuatro años luego de haber sido compuesto “We are the World” fue cantado, coreado y aplaudido con emoción en la Sala Pablo VI.
Sería una buena noticia el hecho de que, al bajar del escenario, alguien con piedad y valentía hubiera recibido con los brazos abiertos al cantante para ofrecerle el único remedio que puede dar la salud verdadera, diciéndole
“Welcome Home, dear Lionel, welcome Home…
We aren´t the World, you know, but… We have the Word.
The Word, we hope, you are looking for”

We are the World.
Pero… ¿será tan así?
Cuando estaba próximo a terminar el artículo me asaltó el pensamiento de que tal vez estaba yendo demasiado lejos, porque, después de todo, recordaba a nuestro profesor de Inglés en el secundario diciéndonos que We are the World (compuesta por Lionel Richie y Michael Jackson), que había sido estrenada recientemente, tenía un sentido cristiano “we are the children”, hace referencia no solo a niños, sino a hijos, varones o mujeres de cualquier edad, lo cual es una referencia tácita a un Padre. Así que volví a la canción recurrí a aquel vídeo de 1985 para ver más detenidamente la letra.
Hay que decir que una obra artística parece tener, en algún sentido, vida propia. En el proceso creativo —o sub-creativo, para ser más correctos—, la misma obra da la impresión, a veces, de ir llevando al artista por caminos que van descubriéndose paso a paso. Y, de alguna manera —además de la voluntad del artista—, hallazgos inesperados y también contrariedades, errores, y problemas de todo tipo confluyen en el resultado final de la obra.
Se trata de un hecho misterioso porque, ciertamente, no es la obra, sino algo externo (a ella y a la voluntad del autor) lo que participa activamente en ella llevándola a que sea lo que en definitiva llega a ser una vez terminada. Por eso, entiendo, es que tal vez no sea tan poco frecuente el hecho de que una obra manifieste algo, y algo con indudable coherencia, que el autor mismo no haya previsto. Lo cual no significa una impericia del autor (al menos no necesariamente). El artista mismo podría verse sorprendido —con satisfacción o con espanto— de lo que su propia obra dice.
Adquiere más fuerza, entonces, el hecho de que es inadecuado llamar “creador” a un artista, ya que no solo no ha creado la materia prima con la cual trabaja sino que ni siquiera es él solo —teniendo en cuenta incluso sus estudios, sus múltiples influencias, etc.— el que realiza la obra.
Volví, entonces, a We are the World y me encontré con que no solamente había una referencia tácita a un Padre sino que, en la voz de Tina Turner, la letra dice sin rodeos “todos somos parte de la gran familia de Dios”.
Momentos después la cálida voz de Willie Nelson nos vuelve a nombrar a Dios para referirnos un milagro… ¡un milagro! dicho así, resueltamente, con simpleza, con candidez, con osadía…
Bueno, en definitiva, era un testimonio de fe arrojado al mundo, un mundo a veces demasiado racional para creer en milagros y a veces tan irracional como para no creer en Dios cuando ve un milagro.
Estaba escuchando la versión original, con la letra completa, la interpretación de Lionel Richie en la Sala Pablo VI no incluía ese fragmento.
La idea de la canción es que debemos ser generosos y tender una mano a los demás, entonces el fragmento cantado por Willie Nelson trata de movernos a esa actitud solidaria hacia los más necesitados, “como Dios nos ha mostrado convirtiendo las piedras en pan”.
Me disponía a desechar el artículo escrito. Quedaba claro que estaba en lo cierto, entonces, cuando empezaba a sospechar que me había puesto en la vereda de enfrente sin ninguna necesidad. Tras una fachada amable, la canción era más amable aún, y no había mucho más para decir.
Pero, como si fuera una nota extraña a la armonía, había algo que parecía persistir en el fondo de toda la mezcla, como si un ruido maligno estuviera presente en todos los canales y que no había manera de identificarlo.
Y fue estremecedor cuando se hizo evidente.
Somos el Mundo”, “Se acerca el momento, cuando escuchamos una cierta llamada, cuando el mundo debe unirse como uno”, “Somos los que hacemos un día más brillante”, “Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas. Es cierto, haremos un día mejor, solo tú y yo
Es verdad, todas estas frases pueden ser cuestionables, y también lo es que todas ellas pueden ser entendidas en forma benévola.
Pero he aquí que, como un relámpago captado en una fotografía, algo —que acaso sea un simple error de Michael y Lionel— aparece arrojando una claridad inesperada.
We are the World nos insta a ser generosos, “como Dios nos ha mostrado convirtiendo las piedras en pan”.
Cinco mil hombres fueron alimentados con cinco panes y dos peces, otros pudieron beber un vino excelente en una fiesta de bodas cuando lo que quedaba era solo agua, mucho tiempo antes Dios había alimentado a su pueblo con el maná caído del cielo… podríamos seguir buscando ejemplos… pero lo cierto es que Dios no ha convertido las piedras en pan. Nunca.
Al menos no hay tal cosa en ningún pasaje de la Escritura
Hubo, eso sí, alguien que le pidió a Cristo que convirtiera las piedras en pan, pero Cristo se negó, respondiéndole que “No solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios
El que se lo pidió fue el Demonio, en el pasaje de las tentaciones en el desierto.
Cristo era el que tenía hambre.
Y hoy, como en otros tiempos, hay gente que muere de hambre.
Entonces todo toma otro color.
Se torna difícil no empezar a ver el texto de We are the World como una ironía hacia Dios mismo.
Como si el espíritu que habló en el desierto revelara con esta ironía que no ha olvidado el rechazo.
La canción nos sugiere que tendamos una mano a los demás “como Dios nos ha mostrado, convirtiendo las piedras en pan”, cuando sabe perfectamente que Dios no convirtió las piedras en pan.
Cuesta no ver una burla a la Madre de Dios, porque imita su actitud pero en forma sarcástica. Ella ignoró la negativa de su Hijo en las bodas de Caná, y dijo a los presentes “Haced todo lo que Él os diga”, y así, los presentes pudieron beber vino aunque solo quedaba agua.
En este himno, quien habla también ignora la negativa de Cristo (hace de cuenta que Cristo no se negó a convertir las piedras en pan, sino que accedió al pedido, es decir, miente diciendo que Cristo aceptó la tentación) pero en vez de decir a los demás “Haced todo lo que Él os diga” —lo cual traería los bienes por añadidura— les dice “Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas. Es cierto, haremos un día mejor, solo tú y yo”.
Todo toma un cariz distinto, en las voces de Kenny Rogers y James Ingram se había escuchado “No podemos seguir fingiendo día a día que alguien, en algún lugar pronto haga un cambio” y a renglón seguido (como si revelara, en un acto fallido, en Quién estaba pensando) venía lo de Tina Turner “Todos somos parte de la gran familia de Dios”. Después de semejante afirmación uno podía haber esperado una actitud de piedad filial, pero está perfectamente claro que tal cosa no existe en esta letra, por la sencilla razón que no pide nada a Dios, no espera nada de Él. Pero ahora, viéndolo como una ironía, —parece mentira— hasta la típica expresión de Tina Turner, y especialmente la expresión que muestra al decir la frase, parece perfectamente adecuada.
Hacia el final se escucha en la voz de Ray Charles un “dear God”, “querido Dios” o “estimado Dios” en medio de “We are the World” y su repetición, luego “We are the children”, “There´s a choice we´re making, we´re saving our own lifes...”. No pide nada a Dios, solo le está diciendo “somos el mundo”, “somos los niños”, “es una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas...”. ¿Necesariamente en forma irónica? No. Pero Dios no ha convertido las piedras en pan. Eso es lo que revela la ironía.
        A ver... Un momento...
Pero si toda la letra puede interpretarse con simpleza ¿no será eso simplemente un error en la cita? Y un error no vinculado directamente con el ámbito profesional de los músicos. Errores hay en todos lados, hasta en las mejores obras, además la composición se hizo con una notable rapidez, durante la grabación todavía se estaban definiendo algunas palabras, los músicos aprendieron sus líneas en el mismo estudio… así que el error bien pudo habérseles pasado, incluso a aquellos que podían haber tenido alguna formación cristiana.
Además, esta gente se reunió voluntariamente, y pusieron su talento y su fama al servicio de una obra buena. Cualquiera que vea las filmaciones realizadas durante la grabación puede darse cuenta del real buen clima que había. Se los veía trabajando a conciencia, con preocupación de que cada parte saliera bien, en algunos pasajes se los ve sintiendo cansancio pero se ven felices, por momentos parecen niños, haciendo bromas y riéndose sin fingimientos.
Solo Dios conoce el interior de las personas.
Como se ha dicho, las obras no son realizadas exclusivamente por aquellos que figuran como autores. Tal vez alguien, al enterarse de que se quería hacer una especie de himno del mundo, estuvo interesado en colaborar, y, aunque no se lo llamara, logró meterse por algún resquicio.
Tanto Lionel Richie y Michael Jackson como todos los artistas que participaron en We are the World han hecho una obra beneficiosa, para los demás y para sí mismos, “we are saving our own lifes”, han trascendido de sí mismos, han encontrado un remedio, para el sufrimiento ajeno y también para el propio, pues no se han quedado encerrados en sí mismos y la muerte no podrá del todo contra ellos mientras alguien, en algún lugar del mundo, esté escuchando alguna canción suya.
Pero en el fondo, en el fondo… saben que es insuficiente.
Por lo tanto, esperamos, especialmente aquellos que estamos en deuda con ellos, porque nos han hecho algún bien —porque nuestra vida ha tenido música de fondo y mucha de esa música ha sido grabada por ellos—, que encuentren o hayan encontrado el remedio verdadero, la Palabra salud-dadora, el único remedio que puede dar plenitud y eternidad.

sábado, 12 de octubre de 2019

En la Posada de Más allá del tiempo



    Estamos en la posada de Más allá del tiempo, un lugar encantador donde se encuentran personas que pudieron haber vivido a siglos de distancia, pero que los une en una amistad sobrenatural el amor por las cosas verdaderas, bellas y buenas…
Allí los alimentos son reconfortantes y las exquisitas bebidas no embriagan sino que mueven el corazón a una serena alegría.
En aquel lugar se encuentran Kirk David Jason Ramírez, un joven argentino de mediados del siglo XXI y Juan Santiago Núñez un joven español de principios del siglo XVI…

JUAN– (con sorpresa) ¡¿Cómo dices que te llamas?!
KIRK– Kirk David Jason Ramírez
JUAN–  Pues alguien estaba borracho, o el cura que te bautizó o la madre que te dio a luz…
KIRK– (en tono amistoso) No, nadie estaba borracho, solo eran nombres que aparecían en telenovelas que mi madre miraba.
JUAN– ¡Oh, ya he oído hablar de esas telenovelas! Y por lo que sé, hacían más destrozos en vuestros cerebros que las novelas de caballería en los sesos de Don Quijote.
KIRK– Sí, es cierto, pobre mamá… Pero, si no te molesta... antes de que lleguen los otros muchachos... quisiera aprovechar para preguntarte sobre algunas cosas que pasaron en tus tiempos, porque... eran días oscuros aquellos ¿no?
JUAN– ¡¿Obscuros?! El aire estaba tan limpio, los colores tan claros, aún en los poblados… ¿podéis decir lo mismo de vuestras ciudades?
KIRK– Bueno, no… Pero lo que quiero decir es que pasaban cosas terribles. Yo estoy agradecido por la Fe recibida, pero es lamentable que hayan usurpado las tierras y exterminado a los nativos…
JUAN– Oye, ¿cómo puedes decir una cosa así? He estado allí y puedo decirte que no es verdad lo que dices.
KIRK– No lo tomes a mal, no es algo personal, pero he visto documentales donde explican cómo han sido las cosas.
JUAN– Y a esos documentales los has visto seguramente en la misma pantalla en que tu madre miraba esas telenovelas…
KIRK– Sí, es así.
JUAN– Tampoco lo tomes a mal, pero las personas de tu tiempo tenían una verdadera obsesión con esas pantallas ¿cuántas horas al día pasaban pendiente de ellas? En el almuerzo, en la cena, mientras trabajaban, mientras estudiaban, ¡mientras descansaban! ¡Y hasta tenían unas ridículas pantallitas de bolsillo!
KIRK– Celulares se llamaban, pero eran algo útil.
JUAN– Pues, no lo pongo en duda. Pero el problema es que olvidaban mirar la realidad. Fíjate: en aquellos tiempos ¿sabías en qué pueblos habían nacido tus abuelos, o a qué jugaban ellos cuando eran niños?
KIRK– Es cierto, en aquel tiempo a eso no lo sabía.
JUAN– Y probablemente tampoco sabíais mucho de vuestros padres, de vuestros hermanos, de sus alegrías y sus preocupaciones. ¿Y sabes por qué? Porque la materia prima de vuestras conversaciones provenía de lo que habíais visto y oído en esas molestas pantallas. O sea, ellas os decían de qué debíais hablar y cómo debíais hacerlo.
KIRK– Sí, en ese sentido fuimos una generación muy vulnerable
JUAN– Así es, bastaba que un calumniador tuviera el dinero suficiente para poner sus mentiras repetidamente en esas pantallas para que las verdades se olvidaran y las mentiras ocuparan su lugar…
Pero me has hecho una pregunta y no voy a esquivarla. Mira, ninguna de las grandes civilizaciones, ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, ni la judía se hicieron sin las correspondientes invasiones y conquistas de territorios, esto ha sido así en la historia de la humanidad.
Pero además, cuando los españoles llegamos nos encontramos con otros usurpadores.
KIRK– ¿Otros usurpadores? ¿Cómo es eso?
JUAN– El imperio de los aztecas, y el de los incas, se había creado con violencia y se mantenía sometiendo a los nativos con una opresión sanguinaria . ¿Crees que fuimos nosotros solos los que vencimos a esos miles de guerreros? Pues fuimos nosotros junto a los nativos, así pudimos hacerlo.
KIRK– Es cierto, hay conquistas y conquistas.
JUAN– Piensa solamente en los rostros de los habitantes de toda Hispanoamérica de tu siglo XXI, cuánta sangre india hay en todas esas gentes. Y piensa, en cambio, en los Estados Unidos de Norteamérica ¿por qué quedaron tan pocos indios allí? Pues porque los ingleses sí que los masacraron. De alguna manera, por una idea religiosa torcida –o “vuelto loca” como diría el Gordo–, se sentían los elegidos y al indio lo veían como un ser inferior.
KIRK– Pero ¿y ustedes?
JUAN– Nuestros sacerdotes nos lo recordaban a cada instante “los indios son iguales a vosotros” El espíritu misionero impregnó toda la conquista llevada a cabo por España.
KIRK– Pero hubo abusos, no fue todo tan puro.
JUAN– ¡Pues claro hombre! ¡Se trata de seres humanos! Pero incluso a hombres importantes se les mandó a prisión cuando cometieron algún delito: las leyes promulgadas por la corona protegían a los indígenas. Nuestra querida reina Isabel era una santa. Aquella España fue un ejemplo para los pueblos.
Dime ¿cuántas veces habéis oído hablar mal de los ingleses por lo que hicieron con los indios?
KIRK– Casi nunca.
JUAN– En cambio cuánto odio a aquella España católica. Nadie iba a insultar en tu siglo XXI a los gobernantes españoles, los insultos iban contra a la Iglesia. Y, la verdad, qué poco habéis defendido estas causas…
KIRK– El evangelio nos manda poner la otra mejilla.
JUAN– Eso es muy noble cuando te insultan a ti, pero no cuando insultan la Verdad. Fíjate en Cristo, que es la Verdad y la Vida: cuando lo abofetearon dijo con hombría: “Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”
Mira, no se trata de devolver un insulto, se trata de ser firme y amable: como el gordo Chesterton, ¡qué gran tipo! Hasta sus adversarios lo estimaban.
KIRK– ¿Chesterton, el inglés?
JUAN– Sí, suele venir con otros amigos a tomar aquí unas cervezas. Ellos vivieron en un tiempo muy cercano al tuyo. Pero en el siglo XXI los cambios fueron tan rápidos, hay cosas de vuestro tiempo que realmente sigo sin entender.
KIRK– ¿Qué cosas por ejemplo?
JUAN– Pues, mira, las mujeres de todos los tiempos han sido signo de belleza, de dulzura… pero también de valentía: llevan a sus críos en sus vientres y los defienden como leonas. Y aun las que no son madres, tienen un amor por los niños que las impulsa a actos heroicos. Es cierto que en tu época unas pobres desdichadas despreciaban esas virtudes, pero muchas otras no y eran verdaderamente mujeres valientes.
Pero los hombres ¡por favor! habéis sido una vergüenza. Nosotros combatimos contra los enemigos de la Fe, y nuestros trabajos eran rudos. Y vosotros, en cambio, sentados en vuestra casa, sentados en vuestro automóvil, ¡sentados hasta en el trabajo! ¡Todo el día sentados! ¡No sé cómo no se les borraba…!
KIRK– ¡Momento! No tenemos culpa de ello, así eran esas ocupaciones. Y si es por pelear, algunos eran capaces de molerse a palos durante un partido de fútbol
JUAN– Caramba, hombre, no te confundas, esos pobres tipos no eran valientes, eran simplemente locos. El asunto es éste: dónde, en la vida cotidiana, un hombre de tu época mostraba que era un hombre cabal.
KIRK– Mira, tú sabes que si estoy aquí es precisamente porque no he sido un cobarde.
JUAN– Cierto es, significa que has combatido el buen combate, como dice la Escritura.
KIRK– Y ahí está la respuesta, querido amigo, en tus tiempos el hombre justo era respetado por todos, pero en el siglo XXI, ser honrado significó ser tomado a veces por estúpido y ser virtuoso, por ridículo, vaya si nos costó mantener la Fe, fueron tiempos muy difíciles.
JUAN–  (luego de un momento de pensativo silencio) Ahora estoy comprendiendo. Eran las duras luchas espirituales de las que también habla la Escritura… Bueno, pidamos una cerveza, aquí bebemos una exquisita cerveza negra, espesa, fuerte y bien amarga.
KIRK– OK, pero… preferiría una un poco más suave.
JUAN– Mmm, bueno… ¡Silvestre! ¡Trae dos jarros de cerveza! Uno de la buena y otro con cerveza para niños.
KIRK– ¡Oye, qué estás diciendo!
JUAN– Vamos, no te enojes, es un chiste. Solo hago bromas con mis amigos, y solo soy amigo de personas que admiro.
KIRK– Brindemos
JUAN– Pues ¡brindemos!


jueves, 26 de septiembre de 2019

Un mal espíritu

Está claro que aquellos que tienen la responsabilidad del gobierno de una institución no pueden controlar todo, ya que por más empeño y dedicación que pongan no pueden ver lo que sucede en los sitios más alejados de sus oficinas, por lo tanto, es entendible que, teniendo en mente el bien de la institución, sea para ellos muy difícil resistirse a cosechar los frutos de la delación.
Muy poco probable sería que quienes cuentan con criterios morales sólidos fueran a promover que sus subordinados hablen mal unos de otros. Sin embargo, tal vez no sea tan poco frecuente el hecho de permitir que un empleado de aspecto aparentemente dolido y preocupado por cosas que suceden se acerque a contar su particular punto de vista sobre ciertas formas de actuar de algunos de sus compañeros de trabajo.
Salvo en el caso de que quien informa sea un excelente actor, tal vez no sea demasiado difícil distinguir aquel que comunica algo movido por una genuina preocupación respecto de aquel que comunica algo con intención de quedar bien él o de dejar mal a alguien, o de aquel que presenta su queja por una simple debilidad de carácter que le impide enfrentar una situación.
Pero el punto es que si el que gobierna espera obtener un beneficio para la institución permitiendo tal costumbre francamente no sabe lo que está haciendo, porque lo que obtendrá —tal vez lenta, pero inexorablemente— será un ambiente infectado de una creciente suspicacia y de un gradual resentimiento.
La idea le parecerá efectiva, pues sabe que el discreto inciso “hay gente que se ha quejado” genera una sensación de estar observado a tiempo completo y de que los ojos y oídos de cualquiera pueden ser los ojos y oídos del jefe. Por lo tanto –entenderá–, todo el mundo cumplirá prolijamente sus tareas.
Pero el resultado será que cada uno de los subordinados empezará a cuidar mezquinamente su quintita, dejando en un segundo plano cualquier otro objetivo. El amor que un empleado pudo haber tenido por la institución habrá empezado a enfriarse desde el momento y en la medida en que lo han hecho sentir observado meramente como una pieza de una máquina.
Por supuesto, si el máximo lucro es el único objetivo de los que mandan, si el ascenso es el único objetivo de los empleados, sin importar qué cabezas hubiera que pisar… bueno, no hay mucho más para decir, a excepción de que habría que rezar por esa pobre gente.
Pero para los otros lugares, para aquellos donde haya otros objetivos –además, eventualmente, y por qué no, de lo económico–, es decir, para aquellos sitios donde lo humano no haya sido olvidado, y, con mayor razón, para aquellas instituciones cuyo fundamento sea que lo humano tienda a lo divino, sería bueno que se pusieran a pensar si los medios que están utilizando conducen a los fines que –se supone– están persiguiendo.
Dejando de lado, por supuesto, el caso de una actividad delictiva, que debe ser denunciada, investigada, sancionada, etc., hay que decir que abrir las puertas a la costumbre de la delación es abrirle las puertas a un mal espíritu que empezará a serpear como una sombra espesa en los pasillos y que invadirá hasta los últimos rincones de la institución.
En cambio, si en ese lugar se fomentara la sinceridad en el trato, la simpleza, la franqueza, en definitiva: la caridad… todas palabras demasiado devaluadas, demasiado gastadas pero en verdad poco comprendidas y mucho menos practicadas… si se dejara de lado, o si, por lo menos, se postergara el reproche, la acusación, hasta, al menos, preguntar por qué una persona obró de tal o cual manera… tal vez las sombras se disiparan un poco.
Tal vez si la enorme cantidad de energía que se gasta en enojos, quejas y acusaciones contra otros pobres mortales –ya sean compañeros de trabajo, o subordinados, o jefes– se destinara verdaderamente a tratar de crecer en la caridad.... tal vez sea un primer paso para  que un mal espíritu que se ha metido en un lugar de trabajo empiece a desvanecerse.

"Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio." (Ef. 6, 12)


miércoles, 11 de septiembre de 2019

Tener un árbol, plantar un libro y escribir un… no, ¿cómo era?


La fecundidad lejos de ser considerada una bendición a agradecer es, en estos tiempos, muy frecuentemente juzgada como una maldición de la cual hay que protegerse.
Pero, así como por muchos es rechazada, por otros es buscada. Y a veces es buscada por las mismas personas por las cuales por mucho tiempo fue rechazada.
Sea cual fuere el caso, entre quienes desean la fecundidad se da, a veces, una dolorosa situación de angustia.
Lo de “hijos buscados” o “no buscados” sería una distinción completamente superflua si los nuestros fueran tiempos menos enfermos. Un hijo era, en alguna otra época, una consecuencia natural del amor, el ejercicio de la sexualidad implicaba la posibilidad de ser padre o de ser madre. Al eliminar esa posibilidad más de un ingenuo creyó que el amor saldría beneficiado, pero he aquí que liberar de responsabilidad al propio goce no es el amor quien se beneficia sino el egoísmo, que es, precisamente, todo lo contrario.
Pero no importa cuán enferma esté una sociedad o una época, la naturaleza se impone. Hay un anhelo de felicidad en nosotros y parte de esa felicidad es el deseo de ser fecundos. Y una acaso objetable ilustración de eso es aquello de “Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo”. La verdad es que no conviene que todo el mundo escriba un libro –sino solamente aquellos que tengan algo para decir–, y, aunque no estaría mal plantar un árbol, se podría pensar que es un asunto bastante espinoso considerar el “tener un hijo” como parte de lo que se necesita para completar la “realización personal”.
Cuando el deseo de tener un hijo viene a generar en la persona un ordenamiento de su vida bienvenido sea, pero cuando se convierte en una exigencia de la autorrealización a satisfacer a cualquier precio, es decir, sin importar lo bien o mal que estuvieren los métodos a utilizar, deviene en una ansiedad tiránica, implacable, esclavizante…
Pero la fecundidad es otra cosa, tiene que ver con dejar algo, hay como una conciencia de estar de paso y un deseo implícito de que ese paso no haya sido en vano, de que ese “haber estado” haya dejado una huella. Y eso se nota hasta en los que hacen daño, es como el lado oscuro de ese mismo deseo. Porque el mal, de por sí infecundo, no puede, ni en lo más mínimo, hacer nada que no sea la corrupción de algo bueno.
La fecundidad, la fertilidad, tiene que ver con el humus de la humildad, con saber qué somos, con saber quiénes somos, por lo tanto tiene que ver con la verdad, con la bondad… y la bondad es fecunda. El buen trato –ya sea la sonrisa sincera o la corrección seria y a la vez amable– deja una huella en el alma de quien lo recibe.
Y la bondad mueve, a la vez, a una forma de encarar el dolor, que es algo que inevitablemente forma parte de la vida, en vez de una estéril rebelión contra él, la aceptación del sufrimiento hace aún más fértil la tierra de la que estamos hechos. Así que, después de todo, tal vez no esté tan mal decir que el dolor es una… fertilizante porción de estiércol, aunque, ciertamente, sería una desgracia estéril pensar que es un sin sentido.
Están a la vista los frutos de la fecundidad de muchos, en sus hijos, en sus obras. Pero hay otra clase de frutos, que son los que crecen en el alma, de uno mismo y de quienes nos rodean, y son aquellos que hacen que los padres lo sean verdaderamente y que aquellos que no son padres puedan ser igualmente fecundos. Y no es una forma metafórica sino profundamente real.







martes, 27 de agosto de 2019

El amor y la asesoría pedagógica.

(29/08/19 Edición 2)
Una buena manera de pensar la educación es entenderla como una obra de amor. Los que educan lo saben. Y los que se dedican a la tarea de asesoría pedagógica harían bien en tenerlo también presente.
Es deseable que quien eduque sea siempre alguien que ame aquello que está enseñando y que, a su vez, ame a aquellos a quienes está enseñando. Las razones de esto son bastante obvias, pues cuanto más ame el que enseña aquello que enseña, con mayor precisión y delicadeza tratará los conocimientos que comparta y cuanto más ame a quienes enseña, mejor ha de tratarlos y más paciencia y piedad les tendrá cuando no valoren o no comprendan aquello que les está ofreciendo.
De alguna manera es como un enamorado que trata de llegar al corazón de la amada ofreciéndole su propio corazón. Quien en verdad ama no solo no es ciego sino que ve con mayor claridad y comprende mejor. Quien en verdad ama no desprecia el consejo sabio. El amor lleva a la sabiduría y la sabiduría al amor.
El muchacho que está seriamente interesado en una chica encontrará la forma de llegar a ella. Si ella trabaja en una tienda de ropa de mujer, donde él no tiene ningún motivo para ingresar, él entrará y simulará estar interesado en comprar un regalo para su madre, o entrará para ofrecer una rifa de los bomberos voluntarios o entrará para hacer una encuesta, pero va a encontrar la manera de entablar un diálogo con ella.
Si en esos días el muchacho en cuestión se halla leyendo una revista, en la sala de espera del dentista o del peluquero, y se encuentra con un artículo que explica cómo conquistar una chica, difícilmente podrá resistirse a leerlo, porque, es muy probable, estaría pensando alguna estrategia y no le vendría mal alguna sugerencia. Pero, en el fondo, sabe que cualquier cosa que diga o haga resultará una estupidez si él mismo no le es agradable a la chica, y, al revés, cualquier cosa que diga o haga resultará bien recibida si él mismo le es agradable a la chica.
Así que las sugerencias serán vistas como eventuales recursos y sería un tonto si las rechaza de plano. Pero cuando la revista de la peluquería empieza a dar lecciones sobre qué es el amor según las últimas tendencias y, además, augura éxitos en lo que resta del año a la gente de piscis, el joven en cuestión deberá pasar raudamente a las secciones deportivas o humorísticas a efectos de no perder la senda de la sabiduría o bien para, al menos, no perder la paciencia.


lunes, 8 de julio de 2019

Espejos y Escudos



          Einsed era tan buen administrador de aquellas tierras que el Rey, agradecido por la diligente atención que el muchacho daba a sus dominios, decidió concederle, para su uso personal, un automóvil y un amplio sector del bosque que incluía una casa.
El reino era muy pequeño, casi como una provincia de cualquier otro país, pero era desbordantemente rico y la fuente principal de sus enormes ingresos eran los turistas de desde todo el mundo llegaban. El principal atractivo de aquellas tierras eran precisamente los bosques que tan bien administraba Einsed. En otros tiempos era tal el descuido de los anteriores administradores que los visitantes habían dejado completamente de llegar. Los incendios forestales habían sido frecuentes, habían proliferado toda clase de alimañas y plagas, en aquellos días los animales de la región enfermaban y morían sin que nadie prestase atención, algunos árboles añejos se habían secado a causa de hongos que los habían contaminado. Muchas de estas desgracias se habrían evitado simplemente con una buena dedicación de quienes habían estado a cargo. Pero todo esto era cosa del pasado, en pocos años Einsed había logrado restaurar aquellos bosques y, además, tenía un excelente trato con el personal que estaba a su cargo. Todos estaban contentos con él y el que más lo estaba era el mismísimo Rey, que era consciente de que el desbordante bienestar económico del que estaban disfrutando era debido en gran parte a su diligente trabajo. En los últimos años aquel reino era, por lejos, el lugar más visitado de Europa.
Einsed se sentía muy agradecido con lo que el Rey le había concedido. Y no era para menos, el automóvil que había recibido era mucho más que lo que nadie habría podido pensar: un absolutamente increíble, extraordinario y completamente reluciente Ferrari, un Ferrari color rojo, característico color de aquella marca italiana, y la casa era una hermosa construcción de madera rodeada por árboles majestuosos.
El muchacho era en verdad un joven magnífico, amable, servicial, de buen humor y muy responsable en su trabajo. Hay que decir que tenía, no obstante, una particularidad muy llamativa, una excentricidad, si se quiere, de esa clase de cosas de las cuales que nadie está exento: a Einsed le encantaban los espejos de los camiones y, además, era simpatizante de un club de fútbol de un lejano país, el club tenía el curioso nombre de “Club Atlético Bosta Júniors”. Los espejos de los camiones le parecían una verdadera obra de la genialidad humana, le maravillaba el hecho de que la persona que debía conducir un vehículo tan enorme tuviera a su disposición un amplísimo panorama de lo que sucedía detrás… Por supuesto que sabía lo que era un espejo, todos los automóviles tenían uno, pero se trataba de un insignificante espejito retrovisor… eso no se podía comparar con  esas otras hermosas estructuras metálicas, generosas, extraordinarias…
Siempre pensó que esos espejos eran algo que para él estaba vedado, él jamás conduciría un camión, por lo tanto jamás tendría la posibilidad de disfrutar de algo así. Pero un día, haciendo las compras en la ciudad, vio en una vidriera algo que no había visto ni en sus mejores sueños… Era un enorme espejo con soportes y tornillos, metálico, oscuro y brillante a la vez, … Nunca había pensado que el preciado objeto podía ser comprado sin el camión, así que estaba tan contento que decidió comprar una buena cantidad.
Tiempo después, Rudolph, un buen amigo que hacía mucho no veía, lo fue a visitar. Charlaron, rieron y bebieron cerveza junto al fuego del hogar durante un largo rato. Habían hablado de todo un poco, se pusieron al tanto de las novedades en sus familias, se anoticiaron de lo que había sucedido con otros amigos en los últimos tiempos, y relataron lo que los vientos y las nevadas habían modificado en los bosques en esas últimas temporadas, pero había algo que Rudolph necesitaba decirle desde los primeros momentos en que se habían encontrado.
Einsed había ido a buscar a Rudolph aquella mañana a la estación de trenes. Luego de saludarse estridentemente, y de darse un abrazo que incluía fuertes golpes sobre sus espaldas, los amigos se dirigieron a la playa de estacionamiento donde Einsed había dejado el automóvil. Ciertamente, había lugar afuera donde dejar el vehículo sin pagar un peso, pero hacía bien Einsed en cuidar aquel fantástico medio de transporte que el rey le había concedido. Solo debían cruzar la calle. Entraron al espacioso salón iluminado por modernas luces led y también por la luz matinal que ingresaba por los amplios ventanales. Caminaron entre varios autos hasta llegar a donde estaba aquel magnífico ejemplar de la industria automotriz. Rudolph nunca había visto un Ferrari tan de cerca y le pareció no menos que una nave espacial, le daba la impresión de que era algo que podía volar entre las nubes y ascender hasta las estrellas. Pero en el mismo instante tuvo como un sobresalto, una sensación de fuerte incoherencia, pensaba que sus ojos le estaban jugando una mala pasada o que el cansancio del viaje le estaba cobrando su precio… Pero no, sus ojos no lo engañaban: atornillado en el guardabarros izquierdo, hiriendo la suave piel roja de aquella delicadísima nave, había, tan indiscutible como inesperado, un contundente espejo para camión… Y, como si algo faltase, el distinguido escudo con el caballo negro rampante, noble insignia de Ferrari, estaba tapado en parte con una calcomanía del escudo del “Bosta Juniors”.
Por supuesto, Rudolph no dijo una palabra al respecto, así que olvidó el asunto y durante el viaje por esas maravillosas rutas no hizo más que hablar con su amigo y contemplar el paisaje desde el plácido andar de aquel auto. Luego de un desvío ingresaron a un bosque de árboles enormes que dejaban pasar los matinales rayos de sol que salpicaban el piso con manchas bellas y cálidas. Einsed le explicó que luego de pasar por el puente que cruzaba el arroyo ya se encontrarían en el sitio que el Rey le había concedido. Estaban rodeados de árboles y era una sensación amable porque los árboles eran altos y no daban impresión de encierro sino de protección. Luego de cruzar el puente se divisaba a lo lejos la casa de Einsed. El lugar era digno de un cuento.
Bajaron del auto y caminaron unos metros por esa tierra firme casi sin césped pero tapizada de hojas secas y pequeñas ramitas finas o restos de corteza suave y delgada que despedían esos enormes árboles. Pocos pasos después estaban caminando sobre una plataforma de madera que hacía las veces de vereda a través de la cual accedían a la casa. Rudolph volvió a estar invadido por esa sensación de contrariedad al ver a su derecha otro espejo de camión igual al del auto atornillado a un árbol.  
Rudolph pensaba que un árbol podía soportar con resignación su propia muerte si eso significaba convertirse en una pared de una casa, o en una mesa que ofreciese a las personas la posibilidad de sentarse a su alrededor, pensaba que un árbol podía incluso soportar ser convertido en cenizas pero luego de haber dado fuego y calor para que una madre pudiese proteger del frío a sus niños o cocinar sus alimentos. Pero que un árbol magnífico estuviera allí para que le atornillasen un espejo de camión era algo indigno, algo vergonzoso, más aún delante de tantos árboles como él. Rudolph no pudo evitar pensar que el árbol podía sentirse agradecido de que el adhesivo del “Bosta Juniors” no estuviera pegado en su corteza.
Trató de que su sorpresa pasara desapercibida, pero algo debió de haberse notado porque Einsed le dijo, a manera de explicación, que había gente que visitaba el lugar y que eso era útil para que pudieran arreglarse antes de sacarse fotografías. En verdad era una explicación muy poco convincente pero Rudolph prefirió no objetarla, al menos en aquel momento.
Aunque después de un largo rato de estadía, de charlas y de cervezas pensó Rudolph que algo sobre ese asunto debía decirle a su amigo.
–¡Pero será posible que uno no pueda estar contento con algo para que venga un aguafiestas como tú para arruinarlo todo! –Protestaba Einsed luego de haber escuchado a Rudolph– ¡Quieres decirme qué tienen de malo los espejos de camión y los escudos del Bosta Juniors!
–No te enojes –trataba de calmarlo Rudolph–, claro que no tienen nada de malo ni los espejos ni los escudos… No se trata de eso. Realmente no es eso. ¿Quieres atornillar espejos de camión y pegar escuditos del Bosta Júniors en ese auto? Pues hazlo, eres libre. ¿Qué problema hay? Solo ten cuidado de que esa maravilla de la industria no salga dañada. Pero quiero que entiendas que no sería yo un buen amigo si no te dijera que hay cosas que son bellas en sí mismas… ¡Tienes un Ferrari, Einsed! Sé humilde y agradecido, y me consta que lo eres, claro que lo eres… Mira, puedes usar toda una gama de productos que harán que ese auto dé lo mejor de sí en rendimiento y belleza, pero se trata de una belleza sobria, amable, delicada… Compréndeme, Einsed, ese coche está diseñado no solo por ingenieros sino por artistas, yo entiendo que te gusten esos espejos de camión, pero definitivamente no puedes atornillárselos al Ferrari sin… no quiero decir “arruinarlo”, porque tal vez no te guste esa palabra, pero, al menos, convengamos que esos espejos no le aportan nada… la belleza de ese Ferrari es tal que no necesita que le agregues nada, lo único que necesita es cuidado, simple y delicado buen trato…
Los amigos siguieron charlando hasta bien entrada de la noche, mientras comían y bebían y cada tanto riendo también bastante estridentemente.
A pocos metros de la cabaña un árbol que dormía bastante incómodo soñaba con personas que llegaban mirando sus celulares, se detenían delante de él para arreglarse frente al espejo que tenía atornillado, se sacaban una selfie y se iban para siempre, mirando sus celulares sin enterarse jamás de cuán maravilloso era el lugar en el que habían estado... Se despertó de repente, era muy de noche ya, aún se oían conversaciones y risas desde la cabaña. Volvió a dormirse plácidamente soñando con un nuevo día y con la esperanza de verse libre de su molesto accesorio...