miércoles, 10 de marzo de 2021

Nobleza en el juego


Suele suceder… Cuando se gana, el sol brilla en todo su esplendor y hasta los errores cometidos parecen de escasa importancia… Cuando se pierde, todo tiene una tonalidad sombría.

Sin embargo… Si en la derrota se ha jugado mal, hemos de asumir que es un resultado justo; y si se ha jugado bien, nada hemos de reprocharnos.

De los errores siempre tenemos la posibilidad de aprender, para tratar de no volver a cometerlos.

De lo que no puede ser corregido hemos de obtener la sabiduría de la humildad, pues cada uno de nosotros carga con sus propios límites...

Es bueno que el rival también quiera ganar, es bueno que se alegre si ha ganado.

Digno de piedad será el rival que en su triunfo tenga la bajeza de burlarse.

Dignas de piedad serán también aquellas personas involucradas en el juego cuyas injusticias fueran cometidas por torpezas o por simple errar humano.

Dignos de mayor piedad serán aquellos cuyas injusticias pudiesen haber sido cometidas por motivos oscuros. Claro que si tal cosa se revelase, dignos serán también de que esperemos sobre ellos justas sanciones… Pero es este un terreno pantanoso y sombrío, más bien ajeno al juego y del que poco puede esperarse. Son aquéllas, después de todo, personas distantes, cuyos propósitos solo de lejos pueden confundirse con los nuestros, pues de cerca no son sino algo vergonzante.

Una serena alegría debe haber en el corazón, tanto en la algarabía de la victoria como en el sosiego de la derrota.

No es el juego un asunto que carezca de importancia. Quien sepa entenderlo no ha de salir de él sin haber obtenido algo, pues no poco la vida se le parece.

Quien con nobleza en él participe, un elocuente signo será… un testimonio ofrecido en estos tiempos de bajezas y mezquindades… una luz entre tanta oscuridad…


Imágenes obtenidas de
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lunes, 8 de febrero de 2021

Leonardo Castellani… ¿Qué han logrado sus libros?

Uno podría preguntarse esto sobre algunos autores y sobre Leonardo Castellani en particular: ¿Para qué han servido? ¿Qué han logrado sus escritos?

La Iglesia y la sociedad, o mejor, quienes tienen responsabilidades en ellas: ¿acaso han cambiado su curso, han corregido sus errores a partir de sus libros?

Además, aunque siempre haya amigos que estén leyendo algo de Castellani, hay mucha gente, muchísima, que no tiene idea de su existencia… sus escritos no han logrado una difusión masiva ni siquiera dentro de la gente que va, o que iba, a misa…

¿Entonces?

Si pensamos en cualquier clásico de la música o de la literatura, comprobaríamos que en los años cincuenta, por ejemplo, tenía una difusión muy pequeña en comparación con lo que se leía o escuchaba en aquellos años. Pero gran parte de lo que se escuchaba mayoritariamente en esos años hoy ya ha pasado a la historia, y aquel clásico sigue vigente en las nuevas generaciones. Es cierto que ese clásico tiene, también hoy, una difusión muy pequeña en comparación con lo que actualmente se lee o escucha mayoritariamente.

El entusiasmo con que han leído y leen a Castellani personas que hoy tienen más de setenta años es el mismo entusiasmo con que lo leen hoy gente de veinte años.

Su vigencia es mucho más asombrosa que la escasez de su difusión, pues su difusión siempre ha sido hecha por iniciativas privadas, esfuerzos de personas que quieren que otros vean lo que ellos han visto.

Y esto sin aval oficial. Es más, con un significativo silencio oficial.

Castellani ha sido maltratado por la visible Iglesia “preconciliar” e ignorado a sabiendas por la visible Iglesia “posconciliar”. Sucede que el cura dio cuenta de algo esencial que es escamoteado por muchos autores y que es evidente en los Evangelios: Cristo luchó contra los Fariseos. Y como el fariseísmo es un espíritu sinuoso que no distingue ni pres ni pos, pero que sí distingue a su enemigo, Castellani habría de pagar su precio.

Y lo sigue pagando.

Por otra parte, también entre aquellos que loablemente han puesto su empeño en que la sociedad refleje las enseñanzas de Cristo hay quienes (algunos, está claro) no han mirado con del todo buenos ojos a Castellani. Porque en lo que veían o escuchaban del cura, había algo que preferían no escuchar… o algo que preferían que no se dijera.

En una guerra puede ser muy peligroso no querer escuchar a aquel que ve más lejos y más claro. Ese cerrar los ojos es un autoengaño que no sirve más que para postergar el desánimo.

Y en eso esté tal vez la respuesta a las primeras preguntas.

Porque ama la Verdad, Castellani da testimonio de la verdad que ve, de manera que la realidad pueda ver vista también por aquellos que a él lo lean o escuchen.

Ninguna acción puede ser emprendida sin saber lo que sucede, sin saber en qué lugar nos encontramos, en qué momento estamos, a quiénes nos enfrentamos, junto a quiénes estamos…

Pero este conocimiento no es un mero elemento de una estrategia de acción que hemos de llevar a cabo con éxito. Este conocimiento, esta contemplación del fragmento de realidad que nos es dado ver, está al servicio de una “acción” mucho más aparentemente elemental, pero que es más grande que cualquiera de nuestros proyectos, por meritorios y portentosos que estos sean, la cual no es otra que el mayor de los combates que tenemos en nuestra vida.

Porque quien no ve, quien no entiende lo que sucede, corre el serio riesgo de pensar que lo que alguna vez creyó no era más que una ingenuidad y de que la señal de la Cruz se convierta en un mero y amable recuerdo de familia, vestigios de épocas más cándidas.

Por supuesto, el buen combate puede ser llevado a cabo sin leer a Castellani, claro está, pero no puede ser llevado a cabo sin interesarse por la Verdad.

Y para saciar el hambre de Verdad acaso Castellani pueda ser de alguna utilidad.

Video: (en algunos smartphones deberá elegirse la opción "Ver versión web") La Parusía y el Fin de los Tiempos I (El conocer profético), a los 6:45 comienza aproximadamente el tema luego de comentar un suceso de aquellos días.



lunes, 25 de enero de 2021

El manjar no dado y la luz no ofrecida

Quien estuviese apenas atento podría comprobar que en ciertos ámbitos educativos la palabra “alumno” está siendo constantemente evitada como si se tratara de algo que, de pronto, se hubiera revelado como un calificativo que no debe decirse.

Hay docentes que, espantados por la noticia, se han esforzado en abandonar rápidamente su uso, y la han sustituido por “estudiante” que, sin dudas, les resulta mucho más correcta.

Es que ha habido quienes se sintieron iluminados y creyeron rescatar de la oscuridad el significado de esa palabra, que es silenciada ahora casi con vergüenza, como símbolo de lo que eran capaces las mentes altivas y tenebrosas de otras épocas. 

Tal hallazgo encendió una luz en la mente de los docentes, pero fue solo una luz de alarma… Una falsa alarma…

Si alumno significara “sin luz”, como se ha hecho creer, no debería constituir escándalo alguno, después de todo… Pues aquel que quiere aprender algo, es porque se halla en oscuridad en determinados asuntos... en los cuales espera que alguien lo ilumine. ¿Cuál es el problema?

Sin embargo, “alumno” no significa “sin luz”, su significado tiene que ver con “ser alimentado” (del latín alumnus, de alĕre "alimentar"). 

Sucede algo extraño. Hay docentes, que aun probablemente ya enterados de su verdadero significado, siguen evitando su uso. 

¿Por qué sucede eso?

Tal vez porque temiendo que hubiera quienes perciban la expresión como insultante, prefieren dejarla a un lado.

Sin embargo, son las mismas personas las que se permiten utilizar la palabra “iluminar” para simplemente decir que alguien explicará algo. Por supuesto, si tal explicación se tratara de una revelación de alguna verdad trascendente, se justificaría ampliamente su uso, pero decididamente será una trivialización si lo que se está haciendo es dar detalles sobre el llenado de una planilla de asistencia.

Es extraño también que la misma gente que evita la palabra “alumno”, pueda decir con total naturalidad que "la encargada de la acogida será la señora tanto". El uso de tal frase en Argentina tiene solo dos explicaciones, o bien el que la dice, la dice haciendo una verdadera ostentación –deliberada o no– de ingenuidad –simulada o no–, o bien el que la dice está decidido a hacer un buen uso del idioma aunque la vulgaridad de la plebe se empecine en interpretar otra cosa. Tal vez haya quien pueda tener en mente que con eso está haciendo, de alguna manera, una tarea docente… en lo cual tampoco habría que descartar del todo que hubiera una verdadera ingenuidad.

Sin embargo, no hacen eso con la palabra alumno. Al parecer, prefieren sumarse a la corriente seudoiluminada, tal vez para evitar ser mal vistos por el inasible gremio de los ofendidos, cuyas molestias devienen en instantáneas y aplaudidas tiranías.

Pero en el fondo hay algo mucho peor en el hecho aparentemente inocuo de no señalar el verdadero significado de una palabra.

La palabra alumno hace referencia a alguien que es alimentado. Y el buen alumno de hoy tiene que estar con los ojos bien abiertos para saber en qué docente puede depositar su confianza, para saber de qué docente está recibiendo buen alimento y de cuál no.

La palabra estudiante, en cambio, se refiere a la propia condición de quien estudia. Un buen alumno necesariamente debe ser un buen estudiante. Esa palabra lo sitúa en relación al conocimiento al cual se dispone, pero no respecto de la persona que le enseña. El autodidacta, por ejemplo, es un estudiante que tranquilamente puede no ser alumno de nadie, e indudablemente no lo es de nadie en particular.

El docente que abandona la palabra alumno, de alguna manera se está desligando también de aquel a quien enseña. Además, al asumir la falsa significación como verdadera y, a la vez, al rechazar la palabra, se está desligando, conscientemente o no, de la responsabilidad que significa poner luz allí donde hay oscuridad.

El verdadero docente sabe que sus palabras son alimento para el alma de quien lo escucha. Lo cual es, indudablemente, digno de “temor y temblor”. Pero bueno, de eso se trata. Es algo a la vez simple y elevado, pues lo que debe hacer no es otra cosa que reflejar la luz que ha recibido para hacer que los demás vean lo que él ha visto.

Por supuesto, es inevitable a veces que el docente tenga en sus clases a personas que no estén interesadas en lo que ofrece, personas cuyo único interés sea la compleción de un trámite.

Pero no haría mal el docente en tener la delicadeza de considerar “alumno” incluso al más indiferente de sus oyentes, pues mucho tiempo después, el recuerdo de una palabra suya puede hacer que el más distante de los estudiantes considere digno de recibir aquello que alguna vez le fue ofrecido, transformándose así, secretamente, en “alumno”.

Tal conversión acaso permanezca ignorada por el docente, al menos mientras aún esté caminando sobre esta tierra. Pero, sin dudas, no será un secreto para Dios.

Como debería estar claro, el título del artículo hace específica referencia a la omisión de la palabra “alumno” (que, según la correcta etimología, tiene que ver con la alimentación, y, según la falsa etimología, tendría que ver con la luz), no a la concreta labor del docente.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

¿Quién aplaude más en este reality show de maldad legal?

Más actual que nunca, lamentablemente.

Del “rompé las reglas” de hace unas décadas al “a las reglas las hacemos nosotros” de hoy.

Del “lo que diga la gente” de otras décadas al “lo que digamos nosotros” de hoy.

Las máscaras se han caído definitivamente, aquellos lemas eran solo era para romper con verdades traídas cuidadosamente desde siglos y siglos de contemplación de lo que las cosas son.

  Tal vez ellos creen que tienen la verdad…

Puede que individualmente haya quienes crean eso, claro. Pero hay otros para quienes la verdad no importa, y otros para quienes la verdad solo es una construcción de la mente.

  No parece algo tan grave, es una simple idea, algo inofensivo.

No opinarías lo mismo si por alguna razón encontraran en ti un obstáculo para sus proyectos.

  ¿Pero qué tan peligrosos pueden ser?

Hay quienes no tendrán problemas en manchar sus manos con tu sangre.

  ¿Por qué?

Mientras no estén dispuestos a ver la verdad y aceptarla con simpleza y humildad, se volverán oscuros, como sombras vivientes… Al principio se creerán libres pero serán esclavos, primero de sus propios caprichos… Sus corazones se volverán cada vez más lúgubres. 

No serán felices, salvo que despierten… Si no despiertan, la esclavitud que padecerán será cada vez más implacable. 

Si despertaran, caerían en la cuenta de que no eran solo sus caprichos lo que los movía, sino que había alguien desde lo más profundo de las sombras inspirando en ellos el mismo odio que él tiene hacia la Verdad, el mismo desprecio que tuvo por la Bondad desde antes del amanecer del tiempo.

  No sé si odiarlos o compadecerlos.

Reza por ellos. Si los odiaras te volverías uno de ellos, sometido al mismo y oscuro tirano.

Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.

Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos… 

(Efesios 6, 12-18)



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viernes, 31 de julio de 2020

El don de la belleza

Edición 03/08/2020

La belleza es un don, y la capacidad de cultivarla con bondad e inteligencia acaso también lo sea, pero la decisión de darse a esa tarea hace a quien lo ha recibido partícipe de una obra inmensa. Algunas veces la obra permanece oculta, y no es por eso menos bella, pero otras, la obra, y su portador, son elevados como una luz imposible de esconder.

Es una luz que cautiva y que, a la vez, frecuentemente expone los corazones de aquellos a quienes atrae. Muchos de ellos son transformados por esa luz, porque alcanzan a comprender, o, al menos, a entrever, la bondad que les fue por ella revelada y entonces muestran, a su vez, sus propias bondades y bellezas, contribuyendo, así, a un maravilloso y universal concierto… Pero, lamentablemente, no todos… Aquellos que son atraídos por la luz pero que no alcanzan, siquiera, a vislumbrar la bondad que ella revela (o que, a pesar de eso, el egoísmo en ellos prevalece), quedan atrapados en sus mezquindades, y, a veces, expuestos en sus propias bajezas o extravíos… Porque no a todos atrae de la misma manera y no en todos produce el mismo efecto, para algunos esa luz es un remedio que devuelve la salud y para otros, un reactivo que pone en evidencia los males o debilidades que en ellos aún subsisten.

Pero además, por su parte, el corazón del portador queda también expuesto… y, claro está, no se encuentra libre de sus propias oscuridades y miserias… las cuales pueden reflejarse en la obra, unas veces sublimadas y convertidas en belleza y otras, hiriendo la obra, permaneciendo crudas y sin resolver, mostrando la humana fragilidad del portador...

Es que su belleza y su luz no son algo de lo cual pueda envanecerse con justicia pues no son sino gracias que están en él. Es cierto que son dones que no ha desperdiciado y que tiene el mérito de haberlos hecho fructificar… Pero es no menos cierto que lo que lo ha empujado a esa tan gozosa como ardua tarea ha sido una propia e imperiosa necesidad y que, sin dudas, él mismo ha sido el primero en recibir los efectos de ese baño de luz…

Y los efectos, al igual que en los demás, no son otros que el de un remedio… o el de un reactivo.

Se trata, entonces, de un don indudablemente maravilloso, pero no exento de incomodidades y aun de peligros… Por eso, seguramente, aquello que decía Tolkien, encumbrado por el éxito de su obra, en una carta del 23 de Mayo de 1972: “Ser una figura de culto (…) no es, me temo, nada placentero. No me parece, sin embargo, que ello tienda a inflarlo a uno; en mi caso, al menos, me hace sentir extremadamente pequeño e inadecuado. Pero aun la nariz de un ídolo muy modesto no puede dejar de experimentar cosquillas ante el dulce olor del incienso”.

Tal vez el único amparo verdadero sea el saberse un recipiente de barro en el que una gema preciosa refleja la luz de Quien la ha concedido. Y acaso sea eso lo que conduzca al portador hacia Aquel que es fuente inagotable y eterna de la belleza, de aquella luz que él mismo refleja mientras camina en esta tierra de sombras, como con una espada en alto, ante la cual la Oscuridad no puede dejar de retroceder espantada, tal vez temiendo su definitiva derrota. 

He estado escuchando a Katie James estos últimos días… me parece apropiado mencionarla aquí. Hay momentos suyos de una belleza tal que un alma noble no puede sino rendirse con admiración y gratitud, elevando, a la vez, por ella una plegaria. La belleza que irradia tiene un poder que es de otro orden. Se trata de una fuerza que no golpea con la violencia de un puño ni hiere como un grito destemplado. Es el poder de una espada mágica, como el de una espada élfica forjada por los herreros de Imladris… Un signo, como una lámpara que desde lo alto en la noche concede al navegante un suave, cálido y esperanzador testimonio de luz...

—Disculpe la interrupción, este muchacho… ¿Usted lo que quiere decir es una rendición incondicional… ante esta chica?

—Bueno… No… Claro que no… Incondicional no… Pero eso ante ningún artista, como dijimos antes, son seres humanos, no son perfectos, ellos cuando pueden reflejan la belleza, pero solamente eso… porque también tienen sus sombras… Eso está claro…

Eso está claro pero se estaba deshaciendo en elogios, como si ella fuera un ángel bajado del cielo…

—Y… Mire, si lo piensa, verá que no está mal lo que he dicho.

—No sé, no sé… A mí me parece un poco desmedido…

—Lo que sucede es que… ella es… bueno, es…, o sea… tiene esa gracia, esa simpleza… es decir… no sé cómo decirlo…

—Está bien, está bien… Ya me doy cuenta. A mí me parece que usted medio se ha enamorado tontamente. Déjelo ahí nomás.

—No, no, no… No es así, no es así… Bueno, qué se yo… es difícil escucharla y no sentirse un poco bajo un encantamiento ¿No le parece?

—Ah, no sé… Soy un hombre casado, no me meta en problemas. Hágase cargo usted de lo suyo y no generalice. Déjese de embromar.

—No, pero es otra cosa, es otra cosa… 

Un encantamiento… Le diré una sola cosa. Tal vez le convenga a usted recordar las palabras de Gimli a Legolas, cuando se alejaban de Lorien, "Dime, Legolas, ¿cómo me he incorporado a esta misión? ¡Yo ni siquiera sabía dónde estaba el peligro mayor! ... El peligro que yo temía era el tormento en la oscuridad y eso no me retuvo.  Pero si hubiese conocido el peligro de la luz y de la alegría, no habría venido.  Mi peor herida la he recibido en esta separación". Y terminaba lamentándose "¡Ay de Gimli hijo de Glóin!" Ese efecto produjo en él la dama Galadriel, una especie de enorme nostalgia. ¿Qué me dice ahora?

Sí, sí... Tiene razón, lo recuerdo bien... pero también, la respuesta de Legolas "¡No! ¡Ay de todos nosotros!  Y de todos aquellos que recorran el mundo en los días próximos.  Pues tal es el orden de las cosas: encontrar y perder, como le parece a aquel que navega siguiendo el curso de las aguas." Tal vez esté en eso la sabiduría, en no aferrarse desesperadamente a lo que uno ha encontrado... Pero usted me ha hecho desviar de lo que estaba diciendo, si me permite voy a tratar de terminar la reflexión, que venía bastante bien… A ver si no me hizo perder la idea…

Decía recién que me parecía apropiado aludir a Katie James… pero creo que, además de apropiado, es, de alguna manera, también justo… porque verla y escucharla cantar fue lo que me llevó a pensar en el don de la belleza.

Ni mercaderes ni narcisistas, solo los verdaderos artistas pueden portar con dignidad el don de la belleza, solo ellos pueden apreciarlo.

Y sin embargo, sin embargo… esto no excluye a nadie. Todos estamos llamados a ser artistas de nuestras propias vidas…

Idea esta que corre el riesgo de ser tomada por una cursilería, pero una obra de arte es una cosa seria, no es snob ni altanería, no es estridencia ni estupidez, no es publicidad de nada ni es ingenuidad, es algo verdadero, es belleza, es armonía, es bondad…

Los simples hechos cotidianos dejan de ser triviales cuando uno los ve como pinceladas, pequeños detalles de un gran cuadro. Una risa es un destello de luz y un hecho triste se convierte en un sombreado, que tiene sentido también en el cuadro, como una disonancia en la música…

Aunque es cierto que no pintamos el cuadro en la tranquilidad de un tallercito del fondo. Nuestros bocetos son desconsideradamente pisoteados por gente que anda cerca, nuestros potes de pintura son cambiados de lugar constantemente por personas que tienen las mejores intenciones, o son derramados por nuestra propia torpeza…Por momentos podemos sentirnos desorientados o aun perplejos… como si fuéramos la nota musical, consciente ella misma, en el momento de la disonancia. Es que estamos dentro de una obra inconclusa y aún no tenemos la perspectiva adecuada.

Además, no pintamos solos, nuestro cuadro es uno más entre una infinidad de cuadros en que se han desenvuelto y se desenvolverán las personas de todos los tiempos. Porque cada uno de nosotros es, en realidad, artífice de una pequeñísima parte de una obra inmensa, mucho más grande y maravillosa de lo que nuestra mente puede concebir y que está, toda ella, en manos del Artista. Él está interesado en cada pequeño detalle, nada le es ajeno a su corazón, su Obra es, como toda verdadera obra de arte, una obra de amor.

Percibir y amar la bondad, el Amor, que la belleza nos revela nos transformará en un detalle luminoso de la Obra, con claroscuros que, en su momento, nos pudieron haber costado lágrimas pero que nos habrán marcado para darnos mayor belleza, como el pliegue de una sonrisa. La indiferencia y el desprecio hacia la bondad, en cambio, hará de nosotros algo desagradable y siniestro, que, aun odiando la Obra, contribuirá como un minúsculo detalle oscuro y retorcido.

De manera que hay una espada élfica a nuestro alcance capaz de disipar la amenazante oscuridad que nos rodea.

Es una espada que suele estar clavada en una piedra.

No basta con ver el cielo, ni siquiera en un maravilloso atardecer, no basta con ver el rostro inocente de un niño ni el dulce rostro de una madre, no basta con oír la más hermosa de las canciones…

Solo cuando nuestro corazón abandone su condición rocosa y se rinda ante la maravilla le será posible percibir la bondad que la belleza nos revela… Solo así podremos elevar la espada que desvanecerá las brumas espesas y maléficas de la oscuridad… Con un poder que, ciertamente, no es nuestro, sino de Aquel que es la fuente inagotable y eterna de la bondad y la belleza…

  Dos videos incorporados, en algunos smpartphones debe elegir la opción “ver versión web”




jueves, 2 de enero de 2020

We aren´t the World


Lo acontecido fue en el concierto de Navidad. La TV mostraba el auditorio como un recinto fantástico, el sonido, la orquesta, los cantantes…  todo era perfecto. Aunque la enorme escultura, que detrás del escenario presidía la sala, daba a la velada un cariz espiritual e inquietante a la vez, la delicada iluminación sobre aquella estructura de bronce acentuaba su aspecto siniestro, lo cual era algo simple de ver para una mirada inocente. Había allí autoridades religiosas.
Ya una talentosa cantante, afamada desde los años ochenta, había interpretado uno de sus viejos éxitos y había emocionado a todos los que anduvieran con el corazón puesto, especialmente si habían sido adolescentes unas décadas antes.
Lionel Richie, que había cantado también —y lo había hecho maravillosamente—, volvía a subir al escenario.
Aquellas voces increíbles eran parte de un mundo que tenía su brillo, el pop había alcanzado un ápice incuestionable, melodías perfectas, interpretaciones inmejorables, todo materializado desde hacía más de treinta años en grabaciones tan ampliamente difundidas que podrían tener garantizada una permanente presencia hasta el fin de los tiempos, lo cual es lo más parecido a la eternidad que el mundo puede anhelar.
La propia sensibilidad de los artistas los hace capaces de contemplar, de percibir realidades que están veladas para el resto de los mortales y también los hace capaces de formar, de plasmar algo nuevo, algo que antes no existía… Entonces, la misma sensibilidad los mueve a contemplar su propia obra para —llegado el caso— ver con satisfacción que la obra es buena, que es bella. Sensible como un niño el artista necesita que otros también contemplen y aprueben su obra, una muestra de gratitud que hace bien a ambas partes. Pero como no es un niño, el riesgo de narcisismo acecha, y el propio gusto por su obra y el aplauso del público pueden volverse para él como un embriagador aroma a incienso, tan encantador como peligroso.
De todas maneras, para toda clase de males el mundo tiene sus propios remedios, que si no proporcionan cura, dan por lo menos una pizca de alivio. La permanencia en el tiempo, al menos en recuerdos, suaviza el dolor de la muerte. Y hacer algo por los demás modera el egoísmo y evita el aislamiento. Los artistas que con su obra han obtenido un bien para otros, han obtenido también un enorme bien para ellos porque, de alguna manera, han podido trascender de sí mismos.
Pero en el fondo, en el fondo… el mundo sabe que todo eso es insuficiente.
El mundo sabe que “de nada sirve”, como cantaba desesperadamente Moris. Nada hay que el mundo busque en sí mismo que pueda darle la verdadera salud que anhela con impaciencia. Salvo que una Palabra salud-dadora llegue desde fuera de él, y que él esté dispuesto a recibirla.
El mundo necesita algo que le dé plenitud y eternidad, no necesita menos que eso, y como no encuentra más que sucedáneos insuficientes se halla en tinieblas…
Porque aunque sus ojos brillen y ría a carcajadas el mundo tiene un dolor y una angustia inconfesables.
La oscuridad lo envuelve.
Pero existe un hogar, es una casa construida sobre roca, cuyo aspecto despierta sospechas y toda clase de rumores. Hay algo en ella que la hace ver discordante, hay algo dentro que no es de este mundo. En el interior de la casa, sus moradores tienen el remedio que el mundo necesita. Las tinieblas la detestan.
La Palabra salud-dadora es como el sol en todo su esplendor, pero en manos de los moradores tiene la apariencia de una lámpara con un brillo oscilante. Solo los que se acercan a la casa buscando con piedad la luz pueden ser sanados, aunque los moradores no acierten en ubicar correctamente la lámpara.
Alguien sugirió que se abrieran de par en par las ventanas para que la Palabra salud-dadora finalmente saliera como el sol desde esa casa y disipara las tinieblas en que se halla el mundo.
Pues bien, los moradores han abierto las ventanas…
Ninguna luz salió de allí.
Acaso para no menospreciar al mundo y sus bálsamos, o tal vez porque ellos mismos han abandonado la esperanza de obtener la salud verdadera, los moradores han puesto sus propias ilusiones en los calmantes que el mundo ha encontrado.
Los moradores han ocultado la lámpara debajo del celemín.
La oscuridad entró, como un ladrón, por las ventanas.
La casa ha quedado también en tinieblas.
Lionel Richie estaba nuevamente sobre el escenario. Todo era devoción, simpleza, perfección y encanto. Las trompas y las cuerdas allanaban con nobleza el camino que la voz de Lionel se disponía a emprender. Las miradas inocentes de los niños del coro eran primeros planos que invitaban a creer, sus rostros sonrientes  hacían parecer absurdo no tener esperanzas en la humanidad y no amar con toda el alma lo que somos.
Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas” se escuchaba instantes después.
Se trataba de un himno, algo que fue izado allí como una bandera flameante.
Treinta y cuatro años luego de haber sido compuesto “We are the World” fue cantado, coreado y aplaudido con emoción en la Sala Pablo VI.
Sería una buena noticia el hecho de que, al bajar del escenario, alguien con piedad y valentía hubiera recibido con los brazos abiertos al cantante para ofrecerle el único remedio que puede dar la salud verdadera, diciéndole
“Welcome Home, dear Lionel, welcome Home…
We aren´t the World, you know, but… We have the Word.
The Word, we hope, you are looking for”

We are the World.
Pero… ¿será tan así?
Cuando estaba próximo a terminar el artículo me asaltó el pensamiento de que tal vez estaba yendo demasiado lejos, porque, después de todo, recordaba a nuestro profesor de Inglés en el secundario diciéndonos que We are the World (compuesta por Lionel Richie y Michael Jackson), que había sido estrenada recientemente, tenía un sentido cristiano “we are the children”, hace referencia no solo a niños, sino a hijos, varones o mujeres de cualquier edad, lo cual es una referencia tácita a un Padre. Así que volví a la canción recurrí a aquel vídeo de 1985 para ver más detenidamente la letra.
Hay que decir que una obra artística parece tener, en algún sentido, vida propia. En el proceso creativo —o sub-creativo, para ser más correctos—, la misma obra da la impresión, a veces, de ir llevando al artista por caminos que van descubriéndose paso a paso. Y, de alguna manera —además de la voluntad del artista—, hallazgos inesperados y también contrariedades, errores, y problemas de todo tipo confluyen en el resultado final de la obra.
Se trata de un hecho misterioso porque, ciertamente, no es la obra, sino algo externo (a ella y a la voluntad del autor) lo que participa activamente en ella llevándola a que sea lo que en definitiva llega a ser una vez terminada. Por eso, entiendo, es que tal vez no sea tan poco frecuente el hecho de que una obra manifieste algo, y algo con indudable coherencia, que el autor mismo no haya previsto. Lo cual no significa una impericia del autor (al menos no necesariamente). El artista mismo podría verse sorprendido —con satisfacción o con espanto— de lo que su propia obra dice.
Adquiere más fuerza, entonces, el hecho de que es inadecuado llamar “creador” a un artista, ya que no solo no ha creado la materia prima con la cual trabaja sino que ni siquiera es él solo —teniendo en cuenta incluso sus estudios, sus múltiples influencias, etc.— el que realiza la obra.
Volví, entonces, a We are the World y me encontré con que no solamente había una referencia tácita a un Padre sino que, en la voz de Tina Turner, la letra dice sin rodeos “todos somos parte de la gran familia de Dios”.
Momentos después la cálida voz de Willie Nelson nos vuelve a nombrar a Dios para referirnos un milagro… ¡un milagro! dicho así, resueltamente, con simpleza, con candidez, con osadía…
Bueno, en definitiva, era un testimonio de fe arrojado al mundo, un mundo a veces demasiado racional para creer en milagros y a veces tan irracional como para no creer en Dios cuando ve un milagro.
Estaba escuchando la versión original, con la letra completa, la interpretación de Lionel Richie en la Sala Pablo VI no incluía ese fragmento.
La idea de la canción es que debemos ser generosos y tender una mano a los demás, entonces el fragmento cantado por Willie Nelson trata de movernos a esa actitud solidaria hacia los más necesitados, “como Dios nos ha mostrado convirtiendo las piedras en pan”.
Me disponía a desechar el artículo escrito. Quedaba claro que estaba en lo cierto, entonces, cuando empezaba a sospechar que me había puesto en la vereda de enfrente sin ninguna necesidad. Tras una fachada amable, la canción era más amable aún, y no había mucho más para decir.
Pero, como si fuera una nota extraña a la armonía, había algo que parecía persistir en el fondo de toda la mezcla, como si un ruido maligno estuviera presente en todos los canales y que no había manera de identificarlo.
Y fue estremecedor cuando se hizo evidente.
Somos el Mundo”, “Se acerca el momento, cuando escuchamos una cierta llamada, cuando el mundo debe unirse como uno”, “Somos los que hacemos un día más brillante”, “Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas. Es cierto, haremos un día mejor, solo tú y yo
Es verdad, todas estas frases pueden ser cuestionables, y también lo es que todas ellas pueden ser entendidas en forma benévola.
Pero he aquí que, como un relámpago captado en una fotografía, algo —que acaso sea un simple error de Michael y Lionel— aparece arrojando una claridad inesperada.
We are the World nos insta a ser generosos, “como Dios nos ha mostrado convirtiendo las piedras en pan”.
Cinco mil hombres fueron alimentados con cinco panes y dos peces, otros pudieron beber un vino excelente en una fiesta de bodas cuando lo que quedaba era solo agua, mucho tiempo antes Dios había alimentado a su pueblo con el maná caído del cielo… podríamos seguir buscando ejemplos… pero lo cierto es que Dios no ha convertido las piedras en pan. Nunca.
Al menos no hay tal cosa en ningún pasaje de la Escritura
Hubo, eso sí, alguien que le pidió a Cristo que convirtiera las piedras en pan, pero Cristo se negó, respondiéndole que “No solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios
El que se lo pidió fue el Demonio, en el pasaje de las tentaciones en el desierto.
Cristo era el que tenía hambre.
Y hoy, como en otros tiempos, hay gente que muere de hambre.
Entonces todo toma otro color.
Se torna difícil no empezar a ver el texto de We are the World como una ironía hacia Dios mismo.
Como si el espíritu que habló en el desierto revelara con esta ironía que no ha olvidado el rechazo.
La canción nos sugiere que tendamos una mano a los demás “como Dios nos ha mostrado, convirtiendo las piedras en pan”, cuando sabe perfectamente que Dios no convirtió las piedras en pan.
Cuesta no ver una burla a la Madre de Dios, porque imita su actitud pero en forma sarcástica. Ella ignoró la negativa de su Hijo en las bodas de Caná, y dijo a los presentes “Haced todo lo que Él os diga”, y así, los presentes pudieron beber vino aunque solo quedaba agua.
En este himno, quien habla también ignora la negativa de Cristo (hace de cuenta que Cristo no se negó a convertir las piedras en pan, sino que accedió al pedido, es decir, miente diciendo que Cristo aceptó la tentación) pero en vez de decir a los demás “Haced todo lo que Él os diga” —lo cual traería los bienes por añadidura— les dice “Hay una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas. Es cierto, haremos un día mejor, solo tú y yo”.
Todo toma un cariz distinto, en las voces de Kenny Rogers y James Ingram se había escuchado “No podemos seguir fingiendo día a día que alguien, en algún lugar pronto haga un cambio” y a renglón seguido (como si revelara, en un acto fallido, en Quién estaba pensando) venía lo de Tina Turner “Todos somos parte de la gran familia de Dios”. Después de semejante afirmación uno podía haber esperado una actitud de piedad filial, pero está perfectamente claro que tal cosa no existe en esta letra, por la sencilla razón que no pide nada a Dios, no espera nada de Él. Pero ahora, viéndolo como una ironía, —parece mentira— hasta la típica expresión de Tina Turner, y especialmente la expresión que muestra al decir la frase, parece perfectamente adecuada.
Hacia el final se escucha en la voz de Ray Charles un “dear God”, “querido Dios” o “estimado Dios” en medio de “We are the World” y su repetición, luego “We are the children”, “There´s a choice we´re making, we´re saving our own lifes...”. No pide nada a Dios, solo le está diciendo “somos el mundo”, “somos los niños”, “es una elección que estamos haciendo, estamos salvando nuestras propias vidas...”. ¿Necesariamente en forma irónica? No. Pero Dios no ha convertido las piedras en pan. Eso es lo que revela la ironía.
        A ver... Un momento...
Pero si toda la letra puede interpretarse con simpleza ¿no será eso simplemente un error en la cita? Y un error no vinculado directamente con el ámbito profesional de los músicos. Errores hay en todos lados, hasta en las mejores obras, además la composición se hizo con una notable rapidez, durante la grabación todavía se estaban definiendo algunas palabras, los músicos aprendieron sus líneas en el mismo estudio… así que el error bien pudo habérseles pasado, incluso a aquellos que podían haber tenido alguna formación cristiana.
Además, esta gente se reunió voluntariamente, y pusieron su talento y su fama al servicio de una obra buena. Cualquiera que vea las filmaciones realizadas durante la grabación puede darse cuenta del real buen clima que había. Se los veía trabajando a conciencia, con preocupación de que cada parte saliera bien, en algunos pasajes se los ve sintiendo cansancio pero se ven felices, por momentos parecen niños, haciendo bromas y riéndose sin fingimientos.
Solo Dios conoce el interior de las personas.
Como se ha dicho, las obras no son realizadas exclusivamente por aquellos que figuran como autores. Tal vez alguien, al enterarse de que se quería hacer una especie de himno del mundo, estuvo interesado en colaborar, y, aunque no se lo llamara, logró meterse por algún resquicio.
Tanto Lionel Richie y Michael Jackson como todos los artistas que participaron en We are the World han hecho una obra beneficiosa, para los demás y para sí mismos, “we are saving our own lifes”, han trascendido de sí mismos, han encontrado un remedio, para el sufrimiento ajeno y también para el propio, pues no se han quedado encerrados en sí mismos y la muerte no podrá del todo contra ellos mientras alguien, en algún lugar del mundo, esté escuchando alguna canción suya.
Pero en el fondo, en el fondo… saben que es insuficiente.
Por lo tanto, esperamos, especialmente aquellos que estamos en deuda con ellos, porque nos han hecho algún bien —porque nuestra vida ha tenido música de fondo y mucha de esa música ha sido grabada por ellos—, que encuentren o hayan encontrado el remedio verdadero, la Palabra salud-dadora, el único remedio que puede dar plenitud y eternidad.

sábado, 12 de octubre de 2019

En la Posada de Más allá del tiempo



    Estamos en la posada de Más allá del tiempo, un lugar encantador donde se encuentran personas que pudieron haber vivido a siglos de distancia, pero que los une en una amistad sobrenatural el amor por las cosas verdaderas, bellas y buenas…
Allí los alimentos son reconfortantes y las exquisitas bebidas no embriagan sino que mueven el corazón a una serena alegría.
En aquel lugar se encuentran Kirk David Jason Ramírez, un joven argentino de mediados del siglo XXI y Juan Santiago Núñez un joven español de principios del siglo XVI…

JUAN– (con sorpresa) ¡¿Cómo dices que te llamas?!
KIRK– Kirk David Jason Ramírez
JUAN–  Pues alguien estaba borracho, o el cura que te bautizó o la madre que te dio a luz…
KIRK– (en tono amistoso) No, nadie estaba borracho, solo eran nombres que aparecían en telenovelas que mi madre miraba.
JUAN– ¡Oh, ya he oído hablar de esas telenovelas! Y por lo que sé, hacían más destrozos en vuestros cerebros que las novelas de caballería en los sesos de Don Quijote.
KIRK– Sí, es cierto, pobre mamá… Pero, si no te molesta... antes de que lleguen los otros muchachos... quisiera aprovechar para preguntarte sobre algunas cosas que pasaron en tus tiempos, porque... eran días oscuros aquellos ¿no?
JUAN– ¡¿Obscuros?! El aire estaba tan limpio, los colores tan claros, aún en los poblados… ¿podéis decir lo mismo de vuestras ciudades?
KIRK– Bueno, no… Pero lo que quiero decir es que pasaban cosas terribles. Yo estoy agradecido por la Fe recibida, pero es lamentable que hayan usurpado las tierras y exterminado a los nativos…
JUAN– Oye, ¿cómo puedes decir una cosa así? He estado allí y puedo decirte que no es verdad lo que dices.
KIRK– No lo tomes a mal, no es algo personal, pero he visto documentales donde explican cómo han sido las cosas.
JUAN– Y a esos documentales los has visto seguramente en la misma pantalla en que tu madre miraba esas telenovelas…
KIRK– Sí, es así.
JUAN– Tampoco lo tomes a mal, pero las personas de tu tiempo tenían una verdadera obsesión con esas pantallas ¿cuántas horas al día pasaban pendiente de ellas? En el almuerzo, en la cena, mientras trabajaban, mientras estudiaban, ¡mientras descansaban! ¡Y hasta tenían unas ridículas pantallitas de bolsillo!
KIRK– Celulares se llamaban, pero eran algo útil.
JUAN– Pues, no lo pongo en duda. Pero el problema es que olvidaban mirar la realidad. Fíjate: en aquellos tiempos ¿sabías en qué pueblos habían nacido tus abuelos, o a qué jugaban ellos cuando eran niños?
KIRK– Es cierto, en aquel tiempo a eso no lo sabía.
JUAN– Y probablemente tampoco sabíais mucho de vuestros padres, de vuestros hermanos, de sus alegrías y sus preocupaciones. ¿Y sabes por qué? Porque la materia prima de vuestras conversaciones provenía de lo que habíais visto y oído en esas molestas pantallas. O sea, ellas os decían de qué debíais hablar y cómo debíais hacerlo.
KIRK– Sí, en ese sentido fuimos una generación muy vulnerable
JUAN– Así es, bastaba que un calumniador tuviera el dinero suficiente para poner sus mentiras repetidamente en esas pantallas para que las verdades se olvidaran y las mentiras ocuparan su lugar…
Pero me has hecho una pregunta y no voy a esquivarla. Mira, ninguna de las grandes civilizaciones, ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, ni la judía se hicieron sin las correspondientes invasiones y conquistas de territorios, esto ha sido así en la historia de la humanidad.
Pero además, cuando los españoles llegamos nos encontramos con otros usurpadores.
KIRK– ¿Otros usurpadores? ¿Cómo es eso?
JUAN– El imperio de los aztecas, y el de los incas, se había creado con violencia y se mantenía sometiendo a los nativos con una opresión sanguinaria . ¿Crees que fuimos nosotros solos los que vencimos a esos miles de guerreros? Pues fuimos nosotros junto a los nativos, así pudimos hacerlo.
KIRK– Es cierto, hay conquistas y conquistas.
JUAN– Piensa solamente en los rostros de los habitantes de toda Hispanoamérica de tu siglo XXI, cuánta sangre india hay en todas esas gentes. Y piensa, en cambio, en los Estados Unidos de Norteamérica ¿por qué quedaron tan pocos indios allí? Pues porque los ingleses sí que los masacraron. De alguna manera, por una idea religiosa torcida –o “vuelto loca” como diría el Gordo–, se sentían los elegidos y al indio lo veían como un ser inferior.
KIRK– Pero ¿y ustedes?
JUAN– Nuestros sacerdotes nos lo recordaban a cada instante “los indios son iguales a vosotros” El espíritu misionero impregnó toda la conquista llevada a cabo por España.
KIRK– Pero hubo abusos, no fue todo tan puro.
JUAN– ¡Pues claro hombre! ¡Se trata de seres humanos! Pero incluso a hombres importantes se les mandó a prisión cuando cometieron algún delito: las leyes promulgadas por la corona protegían a los indígenas. Nuestra querida reina Isabel era una santa. Aquella España fue un ejemplo para los pueblos.
Dime ¿cuántas veces habéis oído hablar mal de los ingleses por lo que hicieron con los indios?
KIRK– Casi nunca.
JUAN– En cambio cuánto odio a aquella España católica. Nadie iba a insultar en tu siglo XXI a los gobernantes españoles, los insultos iban contra a la Iglesia. Y, la verdad, qué poco habéis defendido estas causas…
KIRK– El evangelio nos manda poner la otra mejilla.
JUAN– Eso es muy noble cuando te insultan a ti, pero no cuando insultan la Verdad. Fíjate en Cristo, que es la Verdad y la Vida: cuando lo abofetearon dijo con hombría: “Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”
Mira, no se trata de devolver un insulto, se trata de ser firme y amable: como el gordo Chesterton, ¡qué gran tipo! Hasta sus adversarios lo estimaban.
KIRK– ¿Chesterton, el inglés?
JUAN– Sí, suele venir con otros amigos a tomar aquí unas cervezas. Ellos vivieron en un tiempo muy cercano al tuyo. Pero en el siglo XXI los cambios fueron tan rápidos, hay cosas de vuestro tiempo que realmente sigo sin entender.
KIRK– ¿Qué cosas por ejemplo?
JUAN– Pues, mira, las mujeres de todos los tiempos han sido signo de belleza, de dulzura… pero también de valentía: llevan a sus críos en sus vientres y los defienden como leonas. Y aun las que no son madres, tienen un amor por los niños que las impulsa a actos heroicos. Es cierto que en tu época unas pobres desdichadas despreciaban esas virtudes, pero muchas otras no y eran verdaderamente mujeres valientes.
Pero los hombres ¡por favor! habéis sido una vergüenza. Nosotros combatimos contra los enemigos de la Fe, y nuestros trabajos eran rudos. Y vosotros, en cambio, sentados en vuestra casa, sentados en vuestro automóvil, ¡sentados hasta en el trabajo! ¡Todo el día sentados! ¡No sé cómo no se les borraba…!
KIRK– ¡Momento! No tenemos culpa de ello, así eran esas ocupaciones. Y si es por pelear, algunos eran capaces de molerse a palos durante un partido de fútbol
JUAN– Caramba, hombre, no te confundas, esos pobres tipos no eran valientes, eran simplemente locos. El asunto es éste: dónde, en la vida cotidiana, un hombre de tu época mostraba que era un hombre cabal.
KIRK– Mira, tú sabes que si estoy aquí es precisamente porque no he sido un cobarde.
JUAN– Cierto es, significa que has combatido el buen combate, como dice la Escritura.
KIRK– Y ahí está la respuesta, querido amigo, en tus tiempos el hombre justo era respetado por todos, pero en el siglo XXI, ser honrado significó ser tomado a veces por estúpido y ser virtuoso, por ridículo, vaya si nos costó mantener la Fe, fueron tiempos muy difíciles.
JUAN–  (luego de un momento de pensativo silencio) Ahora estoy comprendiendo. Eran las duras luchas espirituales de las que también habla la Escritura… Bueno, pidamos una cerveza, aquí bebemos una exquisita cerveza negra, espesa, fuerte y bien amarga.
KIRK– OK, pero… preferiría una un poco más suave.
JUAN– Mmm, bueno… ¡Silvestre! ¡Trae dos jarros de cerveza! Uno de la buena y otro con cerveza para niños.
KIRK– ¡Oye, qué estás diciendo!
JUAN– Vamos, no te enojes, es un chiste. Solo hago bromas con mis amigos, y solo soy amigo de personas que admiro.
KIRK– Brindemos
JUAN– Pues ¡brindemos!