miércoles, 16 de noviembre de 2016
sábado, 3 de septiembre de 2016
Un nuevo sol
El problema tal vez sea haber empezado por creer en una Nueva Iglesia
que estaba por venir, que estaba llegando, que iba a poner el Mundo realmente de
Colores, que iba a dejar para siempre de lado aquel mundo viejo, de odios, de
guerras, de egoísmos, que la Vieja Iglesia jamás supo cambiar porque se ocupó
en señalarlo con el índice acusador en vez de palmearle la espalda como
hacemos, y hemos hecho, nosotros.
Otro problema es que hace tiempo ya que hemos dejado de ser esos
jóvenes entusiastas y la Nueva Iglesia no ha terminado nunca de llegar, por un
lado porque no parece haber manera de sacudirse del todo los resabios de la
Vieja Iglesia, y, por otro, porque las luminarias de la Nueva Iglesia finalmente
no nos han deslumbrado, y, en definitiva, nos han parecido unos pobres LEDs
parpadeantes y agonizantes que no nos han resultado mucho más atractivos que
las viejas velas de cera. Además, estas nuevas luminarias no solo no nos han
deslumbrado sino que, en ocasiones, su más elemental conducta ha sido realmente
decepcionante.
El problema tal vez sea que hemos creído que esta Nueva Iglesia le
haría llegar al Mundo el paraíso, y vimos que, finalmente, eso era tan utópico
como lo son las promesas, tanto del comunismo como del liberalismo, de que
algún día llegaríamos a un Mundo Feliz, a un Mundo de Paz y Prosperidad.
Por eso ahora que somos grandes, pero no tanto como para resignarnos del
todo a que los sueños dejen de cumplirse, es que dejando de lado todas las
diferencias -políticas, ideológicas, de raza, y, sobre todo y muy especialmente,
religiosas- nos vamos con todos y todas para trabajar -tal vez no como
hermanos, tal vez no como verdaderos amigos, pero al menos juntos contra algún
enemigo común, en la calle, codo a codo y tratando de ser mucho más que dos-
por un mundo mejor.
Este camino es una forma nueva de canalizar nuestros sueños juveniles,
por eso es que nos resulta tan atractivo, rebelarnos contra las viejas
estructuras y trabajar por un mundo nuevo, pero… para ser francos, debemos
decir que está bastante lejos de llenarnos el alma…
Y no puede este sucedáneo llenarles
el alma… porque es algo demasiado pobre para esos corazones generosos de
aquellos muchachos entusiastas que fueron cautivados en su juventud por los
promotores de la Nueva Iglesia, quienes, a su vez, estaban viviendo, en esos primeros
años del posconcilio, un entusiasmo propio de una conversión. Porque a
principios del siglo XX se había hecho mucho hincapié en el temor, lo que hizo
mucho daño a la Iglesia, como dijo un sacerdote que nadie podría tildar jamás
de “progresista”.
De alguna manera veían a la Nueva
Iglesia como un trigal iluminado por el sol de la mañana y a la Vieja Iglesia
como un extenso campo de cizaña en un oscuro día de inverno, la Nueva Iglesia
sería una especie de resurgimiento de la pureza de los primeros cristianos, aunque
no un mero resurgimiento sino, acaso, un perfeccionamiento a causa de una
moderna amplitud de miras, conectados por un puente mágico que sorteaba unas
épocas tenebrosas.
Pero eso era, en cierto modo,
empezar por creer en la Nueva Iglesia antes de haber creído en la Iglesia. Si
uno cree en la unidad de la Iglesia debe creer no solo en la unidad a través de
la geografía sino a través del tiempo. Desde los primeros tiempos hasta hoy la
Iglesia, la verdadera Iglesia, ha estado presente, y siempre ha habido trigo y
cizaña, en distintos porcentajes… La barca de Pedro ha venido navegando y
pasando por distintas tormentas desde sus primeros tiempos hasta hoy.
Tal vez quienes más insistieron en
estar libres de prejuicios para mirar hacia afuera, más llenos de prejuicios están
para mirar hacia adentro, porque han recibido preconceptos (y se han hecho eco de ellos) que juzgan a la Iglesia y que, por supuesto, la declaran culpable.
Misterioso paralelismo con su Fundador,
desde su nacimiento sufrió la persecución:
Herodes y la muerte de los Santos Inocentes - el Imperio Romano y los mártires
de los primeros tiempos de la Iglesia; luego
de la persecución: la vida oculta de Jesús - el auge de la vida monástica; tiempos de conquista y victoria (humanamente hablando, porque su verdadera
conquista y victoria fue en la cruz): el renombre y la fama de Jesús por su
prédica y las muchedumbres que lo seguían - el renombre y las grandes obras de
la Iglesia y el auge de la Cristiandad; el vía
crucis: el misterio de la iniquidad llevará a la muerte a Cristo - y la
Iglesia empezará su largo vía crucis, que llega hasta hoy, desde los tiempos de
Lutero, en lo espiritual y desde la Revolución Francesa en lo temporal. Y si
Cristo fue tentado en el desierto, ¿no lo sería la Iglesia también? El fariseísmo
y la vacuidad son cosas horribles tanto antes como después del concilio, con
máscaras distintas, con estéticas distintas, pero horribles al fin.
¿De qué podía acusárselo a Cristo?
cualquier mentira venía al caso, lo que fuera, que habría dicho (en su tiempo de “conquista y victoria”) que
no había que pagar el impuesto al César, que destruiría el templo y que lo
volvería a edificar, cualquier cosa… lo único que importaba realmente era que
se hacía Hijo de Dios, por eso debía
morir. De la Iglesia puede decirse, también especialmente de su tiempo de
conquista y victoria, cualquier acusación, y no importa que se pueda demostrar
claramente que las acusaciones sean falsas, o que las malas acciones llevadas a
cabo por hombres que la integraban hayan sido hechas contrariando la recta
doctrina. No importa nada, lo único que realmente importa es que ella se hace portadora
de la Verdad, por esa razón hay que
hacerla a un lado, su “sola presencia nos resulta insoportable”.
Es estremecedor también ver de
dónde vienen las más dolorosas acusaciones, en ambos casos se trata de las autoridades religiosas.
Llegará el día, más tarde o más
temprano, en que estos queridos muchachos (¡y muchachas! claro está) de
corazones generosos y que aún son jóvenes entusiastas (¡aunque estén lejos de
ser teenagers!) llegarán a la conclusión de que durante la Pasión -mientras seguimos
trabajando haciendo el bien que podamos- tendremos todos que imitar a Juan,
aquel joven Juan que estaba junto a la Madre, con lágrimas en los ojos, mientras
el Mundo se ensañaba con el Justo, acompañándolo en el sufrimiento, pero
esperando, en medio de la última tormenta, algo que no era simplemente nuevo,
sino que Es eterno, el Sol de la Resurrección.
sábado, 11 de junio de 2016
Sobre Bufones...
Tinelli... ¡Oh, Tinelli! I
¡Gracias Marcelo!
Mencionar por el nombre a una persona famosa o importante o poderosa, es una forma de mostrarse cerca, de sentirse parte, aún cuando esa persona sea alguien que ni siquiera sepa de la existencia del que lo menciona.
Sucede en las campañas electorales. Un candidato recorre los barrios, saluda a la gente, les da la mano… y para algunas personas simples esto basta. Los encuestadores lo saben (y los políticos también, lamentablemente): -“¿Qué imagen tiene Ud. de Carlos Romualdo Pichirochi Corna, candidato a Alcalde por la UDSM, Unión de Divisiones Sumadas y Mezcladas?: ¿Positiva? ¿Regular? ¿Negativa?” -“¿El Carlito? Anduvo por acá, es buen tipo es, por acá pasó, yo estaba acá en la puerta y me dio la mano”. Y para el pobre hombre el “Carlito” será buen tipo hasta el fin de sus días.
También sucede con Marcelo, cuando finalmente apareció durante la crisis del 2002 significó algo parecido a la alegría para mucha gente, y tal vez no pocos experimentaban algo parecido a la gratitud hacia él.
Pero ¿qué es lo que verdaderamente ofrece tras la fachada de simpática estridencia que conmueve a tantas personas en todo el país?
Quienes allí aparecen hablan seriamente, discuten, argumentan, lloran, se emocionan con verdadero entusiasmo por cosas que no tienen ninguna importancia, como por ejemplo un puntaje dado, o por una crítica supuestamente injusta, todo el mundo sabe que no es un verdadero concurso y sin embargo se actúa como si lo fuera.
Si todo esto no es más que un mal entretenimiento para muchos, no parece un gran problema, salvo una fenomenal pérdida de tiempo. Pero mientras tanto suceden algunos hechos lamentables.
Yo desearía que existiese la “Sociedad Protectora de los Autores y Compositores” o tal vez la “Sociedad Protectora de las Obras de Arte” o alguna institución que sea capaz de interponer un recurso legal para impedir que algo que es un patrimonio de la humanidad sea usado para limpiar el piso.
Una música compuesta por uno de los más grandes compositores de la historia para expresar el júbilo por el Mesías esperado por miles de años, una música celebrada por millones de personas desde hace más de doscientos años en todo el mundo, es usada aquí, entre exclamaciones y alaridos, para aplaudir un puntaje de este grotesco concurso.
Como si eso fuera poco, por una característica de la psicología humana, generaciones de argentinos tendrán, por años, inevitablemente asociada a esta música majestuosa unas imágenes ridículas.
Esto solamente ya constituye un daño que no hay dinero que lo pueda pagar.
Existen personas talentosas que pasan años de sus vidas estudiando alguna disciplina artística que, por supuesto, no tienen acceso a esta vidriera observada por el gran público, salvo que paguen el humillante precio de abandonar sus elevadas pretensiones de delicadeza estética.
Existen otras personas que tienen un gran deseo de fama y dinero, ninguna pretensión artística seria y una actitud de completa desfachatez, ellas son las luminarias de esta escuela de plebeyismo.
Entonces el mal que significa esta verdadera prohibición que sufren los legítimos artistas se multiplica en la sociedad ya que se la priva de ellos, y se les da a cambio gente que no solo no tiene nada para ofrecer artísticamente sino que lo que brindan es degradante y lamentable.
Otro chistoso de alcance nacional de similares características, aunque de un éxito no tan sostenido, ha hecho también su aporte a la civilización: (cito de memoria) “Ah, no señor, las cosas antes eran distintas, había más respeto. (En mi casa) el viejo llegaba de trabajar y la vieja le tenía la comida lista, él se sentaba a la cabecera de la mesa, entonces la vieja le preguntaba “¿Va pedir la bendición?” Entonces el viejo…” Y ahí venía una grosería del más bajo nivel que no tengo ganas de escribir que ponía en ridículo a la vieja, a la mesa familiar, a la Fe, a las buenas costumbres… ¡qué fácil resulta destruir! Y sigue “... No, el viejo no creía…” ¡Miserable! Ya que cobrás por eso por lo menos te hubieras tomado la molestia de armar mejor la ridícula historieta: ¿Por qué la vieja le iba a preguntar si iba a pedir la bendición cuando “el viejo no creía”? ¿La vieja no debería haber sabido desde hacía tiempo que el viejo no creía? La pregunta no tiene ningún sentido, salvo que la vieja haya sido increíblemente necia; aunque, después de todo, considerando el pensamiento del hijo de acuerdo a su discurso, esto último es una posibilidad digna de ser tenida en cuenta. Se trata, tal vez, de una verdadera desgracia: que este infortunado haya heredado la necedad de la vieja y la falta de fe del viejo, que acaso era también un necio.
Me podrán decir que estoy tomando en serio algo que era simplemente un chiste. Pero el caso es que esta gente tiene el problema contrario: nada es tomado en serio, las cosas serias no son tomadas en serio. Lo único tomado en serio es el hecho de ganar dinero con las más bajas tendencias del ser humano. Ensuciar, ridiculizar, escupir sobre las cosas nobles es un acto de un vulgar canalla. Pero cuando la vulgar canallada es una actitud paradigmática para millones de personas es por lo menos inquietante para quien tenga un mínimo deseo de una sana convivencia con su familia y con sus vecinos.
Otro aporte a la civilización que hace el pobre Marcelo es su contribución a la legitimación de la desvergüenza. Décadas atrás, algunos hombres amparados en las sombras de la noche, frecuentaban lugares de mala muerte, y, a cambio de unos pesos, podían ver un espectáculo indecente. Hoy, esa misma clase de hombres no necesitan arriesgar sus vidas y su reputación en semejantes antros, gracias a Marcelo (y luego a los consabidos imitadores -aunque él tampoco es original, después de todo-) pueden acceder a una función digna de un burdel en sus propios hogares ya que está respaldada por el simpático y respetable rótulo de “para toda la familia”.
Y he aquí otra cuestión inquietante, algunas mujeres que hace dos décadas no permitían a sus hijos ver algunos programas de TV porque éstos eran “guarangos”, hoy junto a sus nietos se sientan a disfrutar de lo que Marcelo les brinda.
Un autor sostenía que los errores que se convertían luego en serios problemas para el género humano siempre provenían del ámbito intelectual y no de la gente común. Las universidades y los centros culturales son vehículos del conocimiento, pero cuando las ideas son erróneas también se filtran y propagan en esos recintos. De esta manera las personas ajenas a estos ámbitos como los obreros, las amas de casa, los niños, estaban (al menos momentáneamente en el caso de estos últimos) exentos de peligro. Algún cínico podrá agregar: también estaban exentos del conocimiento. Sin embargo, la universidad no tiene contrato de exclusividad con el conocimiento, así que de ninguna manera se encontraban exentos del conocimiento, conocían lo que necesitaban conocer para sus vidas sencillas, además, una persona sencilla puede tener una gran percepción de la realidad cuando sabe observar, porque cada pequeña porción del universo envuelve un misterio que excede al universo mismo.
Por eso, otro favor que realiza este benefactor de la humanidad, es acercar, hacer de nexo entre ideas verdaderamente corruptoras y las personas sencillas: dejando de lado la incomodidad y la inaccesibilidad de las explicaciones académicas, estas ideas se traducen en actitudes que serán mostradas y aceptadas como normales, aunque de suyo no lo sean.
Esto es algo muy serio, la gente común que con su sola vida sencilla rebatía las más extravagantes teorías de hombres más doctos pero mucho más extraviados, era gente que podía reconocer la nobleza y la bondad de un sabio y que desconfiaba de los embusteros y charlatanes, era gente que durante siglos fue inmune a ciertos virus del pensamiento pero, lamentablemente, hoy ya no lo es, y festeja, contenta y optimista, brindando con copas de veneno. Hablando en general, el hombre que va todos los días a trabajar, la mujer que encontramos haciendo las compras en el almacén (o supermercado), en otros tiempos pertenecientes a la noble estirpe de las personas sencillas, han dejado de ser sencillos, ya que pueden opinar de todo, porque miran televisión, y han dejado de ser los dignos portadores del sentido común.
Sin embargo, en el corazón humano brilla, aunque a veces muy tenue, la luz de una llama eterna. Hay, en distintos rincones de la patria, personas que después de haber ensayado toda clase de estrategias como la argumentación serena, la discusión acalorada, la indiferencia y hasta el silencio obstinado, abandonan con una amable excusa la mesa familiar y se retiran a otra habitación o al patio donde no siempre les resulta fácil reprimir una puteada argentina al popular Marcelo, siendo, sin embargo, capaces de recomponerse al momento y elevar una oración no solo por sus seres queridos, quienes se encuentran aún cenando subyugados por la colorida estridencia, sino también por el mismísimo irritante conductor.
Este crecimiento en la virtud de la caridad que les significa a algunas personas es también gracias a Marcelo, aunque así como probablemente ignora los males que ocasiona, este bien, que es una especie de efecto colateral de aquellos males, también le ha de resultar desconocido.
Quienes lo festejan dicen agradecerle porque les permite olvidar sus males, pero quien para olvidar sus males se embriaga hasta perder la razón, ha caído en otro mal y el mal tiene el desagradable aspecto de algo arruinado, marchito.
Las ideas que han venido desde el sur han sido hasta ahora traídas por vientos fríos como la muerte. Pero todavía hay tiempo, no es imposible que una brisa suave y fresca como la vida comience algún día a soplar desde el mismo lugar sin arruinar la verdadera alegría de la que Marcelo puede ser capaz y de la que pueden ser capaces tantos hogares argentinos.
Es perfectamente posible. Por qué no, después de todo.
Tinelli... ¡Oh, Tinelli! II
Tinelli... ¡Oh, Tinelli! III
“Bufón del reino” -tanto la canción como el cuento- tiene, ciertamente, aplicabilidad al conductor mencionado, pero no de forma exclusiva, hay numerosos personajes mediáticos que también tienen puntos de contacto con esta historia.
Pero la analogía tiene más de analogía que de semejanza, el Bufón es un ser maléfico y esta gente son, después de todo, unos pobres tipos que lo que quieren es ganar plata… el asunto es ver cuál es el precio de ese dinero.
No son monstruos, claro está, no son personas que tengan por objetivo arruinar la sociedad, ellos pueden poner en pantalla algo enternecedor o pueden también mostrar la más absoluta bajeza, el único requisito a cumplir es que el rating esté midiendo a cada instante lo que se espera.
El dinero es un medio -¡quién lo duda!- para hacer cosas, pero se vuelve peligroso cuando empieza a convertirse en un fin.
Según el consejo de San Ignacio uno debe utilizar las cosas tanto cuanto lo acerquen a Dios, y alejarse de ellas tanto cuanto lo alejen de Él. Pero si el dinero es el fin, uno termina utilizando las cosas tanto cuanto dinero dan y alejándose de ellas tanto cuanto menos dinero representen… así, la obtención de dinero se convierte en un criterio moral: es bueno si da dinero, no importa qué sea. “No se puede servir a Dios y al dinero”, y no es ninguna exageración.
Y sobre el rating no vendría mal recordar aquello que el cómico Juan Verdaguer contaba como un chiste pero que es para pensar:
Si uno tiene rating no hay de qué preocuparse, pero si uno no tiene rating tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno tiene trabajo o si uno no tiene trabajo.
Si uno tiene trabajo no hay de qué preocuparse, pero si uno no tiene trabajo tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno pasa hambre o si uno no pasa hambre.
Si uno no pasa hambre no hay de qué preocuparse, pero si uno pasa hambre tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno está bien de salud o si uno está enfermo.
Si uno está bien de salud no hay de qué preocuparse, pero si uno está enfermo tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno se va a morir o si uno no se va a morir.
Si uno no se va a morir no hay de qué preocuparse, pero si uno se va a morir tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno se va a ir al Cielo o si uno se va a ir al infierno.
Si uno se va a ir al Cielo no hay de qué preocuparse, pero si uno se va a ir al infierno… ¡se va a encontrar con tantos que tienen rating!
¡Y esperamos que no! Es bien cierto que a cualquiera que esté aferrado a algo que cree que le va a dar felicidad, o por lo menos seguridad, le resultará muy difícil abrir sus manos y dejarlo ir, aunque se dé cuenta incluso que le está haciendo daño y que él mismo está haciendo daño a los demás. No es un asunto fácil, para nadie.
Sería bueno que estas personas de los medios que tanto daño hacen y que tanto daño se hacen sean protagonistas de una verdadera metanoia y cambien el rumbo.
Es perfectamente posible, como decíamos más arriba… por qué no, después de todo.
Pero no son éstos, unos tiempos adecuados para darnos el lujo de ser ingenuos. Esperamos su metanoia, sí, por supuesto. Podemos rezar por ellos y por los que los siguen, sí ¡cómo no! Pero a otro con sus gritos, con sus estridencias, y con todo el abanico de sus galardonadas superproducciones completamente incapaces de ocultar con tanto estruendo y colorido la pobreza de lo que ofrecen.
Y pueden darles todos los Iron Martin que quieran ¿en qué cambia eso? y cualquier otra clase de premios que les venga en gana… ¿a quién puede importarle? ¿a quién puede importarle el autobombo de toda esa gente?...
-Bueh… ¡¿a quién puede importarle?! A los millones de tipos que los siguen, que les dan rating, y que les dan poder, en definitiva…¿Y a nosotros quién nos escucha? ¿Eh? Dígame un poco…
-Nos escuchan unos pocos, es cierto, unos pocos amigos… ¿Usted se da cuenta de que estamos como el trovador y el juglar del cuento?
-Sí, sí… pero nos faltan los caballos y “el cielo crepuscular”… Acá en el subte ¡qué “cielo crepuscular” ni qué ocho cuartos…! ¿Cuánto hace que no ve un atardecer como la gente usted?
-Y… salvo los fines de semana… rara vez... La verdad es que nosotros vamos a poder decir como en el cuento de don Luis Landriscina “¡Ni intemperie no teníamos!”...
Bufón del reino
Los artistas participantes no necesariamente comparten las opiniones vertidas en este blog.
Composición, música, letra, arreglos, guión y edición del vídeo: Raúl Squilache
Cantan: Alfredo Dupont, Alejandro Vilar, Raúl Squilache y Coro de la Facultad de Ciencias Económicas UNER (Dirección: Eduardo Retamar)
Guitarra: Raúl Squilache
Batería: Gustavo Ruiz
Grabado mezclado y masterizado en Vitrola Records por Gustavo Villanueva y Raúl Squilache
Dibujos: Raúl Squilache excepto algunos rostros del bufón, dibujados por Javier H. Leguizamón
Composición, música, letra, arreglos, guión y edición del vídeo: Raúl Squilache
Cantan: Alfredo Dupont, Alejandro Vilar, Raúl Squilache y Coro de la Facultad de Ciencias Económicas UNER (Dirección: Eduardo Retamar)
Guitarra: Raúl Squilache
Batería: Gustavo Ruiz
Grabado mezclado y masterizado en Vitrola Records por Gustavo Villanueva y Raúl Squilache
Dibujos: Raúl Squilache excepto algunos rostros del bufón, dibujados por Javier H. Leguizamón
Dibujo del comienzo de la nota: Javier H. Leguizamón (rostro del bufón), Raúl Squilache (chicos y efectos)
miércoles, 25 de mayo de 2016
Un nuevo concepto
Las ideas progresistas nos amenazan con un futuro maravilloso
en pro del cual se destruyen enormes riquezas logradas en siglos de historia, a
esta ilusión se le ofrecen toda clase de sacrificios y muchos de ellos son
sacrificios humanos.
Este futuro promete ser tan deslumbrante como puede serlo un
shopping y lo que se destruye para construirlo parece ser tan insignificante
como el último bosque o la última fuente de agua dulce.
Chesterton ha observado agudamente que quienes desprecian las
leyes de la naturaleza pueden tener un leve éxito momentáneo, pero pronto
experimentan la sensación de estar atrapados, de estar en una
situación de la que ellos mismos no pueden librarse.
Este inquietante momento es el que está viviendo nuestra
sociedad en no pocas cuestiones, que están, a su vez, relacionadas.
Sobre los más variados asuntos se nos explica con extrema
facilidad que existe un concepto tradicional y otros distintos, innovadores, y
que son igualmente respetables, dándole a la palabra “tradicional” un leve
toque desdeñoso. Si se estuviera hablando del color de los azulejos del baño,
puedo asegurar que no tendría mayores problemas de adaptación, pero se suele
utilizar este razonamiento por demás elemental para despreciar algo que tiene
siglos, o milenios, con la misma frescura con que un candidato a concejal
promete cambiar de mano una calle.
Hay quienes por ser suficientemente estúpidos, o
suficientemente malvados o porque están suficientemente aterrados se permiten
provocar grietas en las bases de las columnas que sostienen el edificio, y las
exhiben, encima, como un gran logro, acaso estético, o bien de su osadía,
mostrando que las advertencias de los preocupados son infundadas… Pero esto no
evitará que finalmente el edificio se desplome y nos aplaste a todos.
De boca de quienes no están demasiado cómodos con sus
familias suele escucharse aquello de que “uno elige los amigos pero no su
familia”, porque, aún no estando conformes, saben que hay lazos
indestructibles: padres, hermanos, abuelos, tíos…
Sin embargo, los abanderados del shopping anuncian que el
carácter indisoluble de los lazos es algo perimido.
Si alguien que lo conoce a usted ha tomado la decisión de
donarle un millón de dólares, es de entender que esa decisión ha sido tomada
con el corazón, con la inteligencia, con la voluntad, con todo el ser, pero la
donación no será tal si conlleva la condición de devolverla cuando le sea
solicitada por el donante, si él lo siente necesario en un futuro cercano o
lejano.
La pequeña modificación es nada menos que fundamental, cambia
la totalidad del asunto, porque el condicionante está asentado en las arenas
movedizas del estado de ánimo del donante, estado que hoy es uno y,
naturalmente, mañana puede ser otro.
Cualquiera que trabaje en un colegio podría comprobar que las
pequeñas modificaciones realizadas en el concepto tradicional de familia han
devenido no en un nuevo concepto sino directamente en un desmoronamiento: un
chico tiene un problema de salud, un malestar momentáneo, y usted decide llamar
a la mamá, entonces la mamá le dice que esta semana el chico está con el padre,
entonces usted va al legajo y encuentra el celular del padre, pero cuando llama
lo atiende la novia del padre que le explica que el papá no puede ir ahora, usted
vuelve al chico para obtener delicadamente la información de que la abuela es
quien lo podría venir a buscar… Y al rato, mientras usted aún se halla en
estado de furia contra la humanidad toda (expresión apropiada, en vez de “toda
la humanidad”, recuerde que estamos en una escuela) llega una señora mayor que
con todos sus achaques viene a salvarle las papas al hijo y a la ex-nuera.
Siempre aparece el miserable que declara que “la vieja va
porque no tiene otra cosa que hacer”, pero yo le puedo asegurar que la vieja
dejará lo que esté haciendo y subirá las escaleras de la escuela con bastón, si
es necesario, pero no dejará de ir a ver qué le pasa al nieto.
Es crucial entender que el peso de la sociedad descansa sobre
gente frágil como esa abuela, son personas sin las cuales la sociedad perdería
lo poco que le queda de forma humana.
Están aquellos que paran en los semáforos (o que estacionan
sólo donde deben, o que no le sacan el silenciador a la moto, etc.), es por
ellos que en la ciudad aún se puede andar. Pero cuando los que pasan en rojo
dejan de ser dos o tres locos para ser un número importante, empieza a volverse
difícil salir a la calle; y cuando finalmente son la mayoría, es que el caos ha
tomado la ciudad... Otra vez, un pequeño cambio, que deviene en accidentes
desastrosos, un pequeño cambio que transformó el orden en anarquía.
El peso de la sociedad descansa sobre la gente que somete sus
deseos, sus caprichos, sus exigencias de excepción a cómo deben hacerse en
realidad las cosas. Es gracias a esa gente el hecho de que en la sociedad aún
se pueda vivir.
Los lazos familiares ciertamente atan y conllevan una
responsabilidad, pero esos lazos hacen que la vida sea humana. Cualquier
persona mayor entiende de qué se está hablando cuando se le menciona a sus
abuelos, y a su imaginación acuden recuerdos nítidos de los rincones una casa
en particular. Pero “la casa de mis abuelos” será una expresión sin sentido
para aquel cuyos abuelos siguieron rumbos distintos cuando sus padres estaban
aún en jardín de infantes.
Al parecer la idea progresista por excelencia es la libertad
del individuo, entonces progresivamente se ha ido cambiando el viejo carácter
indisoluble de los lazos familiares para sustituirlos por algo revocable que
bien podrían llamarse pactos de conveniencia.
El individuo sentirá, como se ha dicho, un leve éxito
momentáneo, gozará de una nueva forma de libertad que consiste básicamente en
no comprometerse. Pero pronto empezará a ver que la ausencia total de
responsabilidad ha sido pagada a un precio muy alto. Es posible que tenga la
sensación de ser una víctima de aquello de “divide y reinarás” y experimentará
la sensación de estar atrapado… pero difícilmente podrá
darse cuenta quién lo gobierna y quién pretende reinar en una sociedad de seres
aislados.
Tal vez las ideas progresistas nos están mostrando su nuevo
concepto de libertad. Sería sensato preferir la verdadera.
jueves, 12 de mayo de 2016
¿Y esto para qué me sirve?
Desde algún
punto de vista se puede pensar que es poco rentable la inversión de tiempo en
adquirir conocimientos relacionados con el arte. Difícilmente alguien pueda
aspirar a conseguir un empleo incluyendo en su currículum, al lado de los
cursos de computación e inglés, el haber leído a Cervantes o el ser versado en
la música de Bach; probablemente no sean las características que los departamentos
de selección de personal especialmente busquen, es más, acaso sean
características que pueden ser vistas como signos de una personalidad rara o
elitista, y que, por lo tanto, indiquen como “desaconsejable” la inclusión del
singular postulante.
Hay quienes
sostienen, sin embargo, que una persona instruida puede moverse con mayor
facilidad en ambientes de un nivel socioeconómico más elevado, y, en ese
sentido, las nociones artísticas forman parte de un bagaje de conocimientos que
lo distinguen como persona culta, lo cual, al parecer, constituye un bien tan
enorme como la ropa de marca y los buenos perfumes, solo que es más barato.
Es éste un
argumento que va perdiendo peso últimamente, porque quienes ocupan el sitio de
lo que antes se llamaba nobleza, han procurado cuidadosamente no perder ninguna
de sus ventajas pero se han liberado hábilmente de todo lo que ese puesto exige,
que consiste en llevar sobre sus espaldas no pocas responsabilidades, entre las
cuales está el buen gusto.
Es natural
en el hombre la imitación, el tener algo o alguien como modelo. En la
actualidad se da la penosa situación de que mientras las personas comunes anhelan el
buen vivir de los pudientes, los pudientes ostentan el mismo desparpajo e
irresponsabilidad que en otros tiempos ellos mismos habrían considerado como patrimonio de la plebe.
Muchos
declaran incuestionable cualquier tipo de expresión, aseguran que como todo
arte es expresión, toda expresión puede ser considerada arte, entonces el
conocimiento y la enseñanza del arte son encarados en forma consecuente con ese
principio. Hay que reconocer que esta escuela tiene su encanto porque en un
instante nos transforma a todos y a todas en auténticos y auténticas artistos y
artistas. Pero su amplitud extrema tiene resultados bastante discutibles, dado
que la misma expresión con que ha sido saludado un motociclista en contramano
por un automovilista indignado se convierte en obra artística siempre y cuando
se haya tenido la prudencia de estamparla en alguna superficie con algunas
manchas de pintura, que, incluso, bien pudieron haber sido accidentales.
A favor del
estudio de la música y del arte en general se podría decir que el producto
artístico tiene muchísima demanda en la industria del entretenimiento, y en la
industria en general: cine, teatro, radio, TV, publicidad, video juegos, paseos
comerciales, etc., etc. ante eventuales protestas de los puristas del arte se
podría explicar que no se trata de otra cosa que de una nueva forma de
mecenazgo, y que, por lo tanto, la dignidad del arte no está en juego.
Desde ese
punto de vista, lo único que interesa para hacer distinciones entre el
compositor de “Water music” y el compositor de un jingle publicitario que
promociona alguna marca de agua mineral sería saber quién financió el proyecto.
Es muy probable que el músico del jingle sea un muy competente compositor
egresado alguna distinguida universidad y Händel, después de todo, también
cobró por su música.
Así se podría
sostener que si a los grandes compositores de otras épocas les hubiera tocado
nacer en el siglo XX - XXI también habrían puesto sus talentos al servicio de
quien pague, así como antes fue el rey Jorge I, hoy puede ser “Manantiales de
la Gran Urbe S. A.”. Pero también, en el mismo terreno de las suposiciones, se
podría pensar que muchos de esos grandes compositores hoy preferirían ganarse
dignamente la vida manejando un taxi antes que someterse a las exigencias y a
las estrecheces de miras de los mercaderes exitosos.
Acaso
considerar dos artistas y asemejarlos porque ambos han hecho obras por encargo
sea poner el acento en una similitud enteramente lateral. El asunto es ver qué
es lo que esos compositores han plasmado en sus obras, cuál es la profundidad
con la que han indagado en el alma humana o en los misterios del universo.
En ese
sentido la capacidad técnica del artista es una condición ineludible pero no
suficiente para una buena obra, porque las proezas técnicas resultan ineficaces
si no logran belleza, y son lamentables si lo que principalmente buscan es
mostrar la genialidad del autor.
Por la misma
razón, aún lograda, la belleza misma de una obra tampoco la define como una
gran obra, unos ojos lindos no son nada más que eso si no son también una
mirada bella, si no nos hablan de un corazón con capacidad de amar, de perdonar,
de vivir, de contemplar…
Una digna
obra artística tiene la capacidad potencial de elevar a quien se acerca a ella,
de mover a la contemplación, de mostrar uno u otro aspecto de la inmensidad
divina al hacer observar la grandeza y la pequeñez humana o al mostrar la
múltiple variedad de matices de la realidad a través de innumerables recursos
estéticos.
Esa
capacidad de la obra es potencial porque depende en gran parte de quien la
contempla, que la recibirá a su medida y según su propio molde, tanto es así
que puede darse el caso, para nada raro, de que vea en la obra aspectos que el
propio autor no había observado.
Entonces el
entrenamiento en la capacidad de ver, de percibir, de entender, de discernir, hará
que pueda aprovecharse lo que puede haber de bueno en las obras artísticas.
Siendo el gusto algo especialmente subjetivo está claro cada uno tendrá sus
preferencias, no obstante, la formación artística, como parte de una formación
integral, sin ejercer arbitrariedades puede dar elementos para darse cuenta de que
hay obras que valen la pena y otras que no. No solo porque hay expresiones
artísticas que ennoblecen y otras que envilecen, sino también por la
sobreabundancia de material disponible literalmente para todo el mundo.
sábado, 23 de abril de 2016
Las ciénagas cautivantes de un mundo progresista
La risa es algo perfectamente
humano, es algo que surge espontáneamente cuando, por ejemplo, alguien dice
algo gracioso.
Puede haber quien dice algo
hilarante y quien lo festeja, generalmente el que cuenta espera el festejo,
pero puede suceder que uno no diga algo gracioso y estalle una desubicada risa,
eso es, evidentemente, algo muy molesto.
Por humana que sea la risa, es
injustificable la actitud de aquel que estalla en sonoras carcajadas cuando
alguien, hablando con toda seriedad, está contando, por ejemplo, sobre algún
problema, o está contando una historia, un cuento lleno de belleza… Cuando una
persona ríe ruidosamente como si le hubieran contado el chiste del “pajuerano
que fue a comprar supositorios”, pero esto ante el dolor dignamente contado, o
ante la sublimidad de una belleza o de una bondad que debería mover a la contemplación
del misterio, o hacia incluso la reflexión religiosa, puede tratarse, en el
menor de los casos, de un verdadero desubicado, puede ser también una persona
que no está en sus cabales, pero también puede darse el caso de que se trate de
una actitud malvada, de alguien cuya risa ha dejado de ser humana, ya que con
su propia ridiculez está tratando de dejar, a su vez, en ridículo a la verdad,
al bien, a la belleza…
Por otra parte, si alguien sale
de su casa y se va al trabajo, con saco y corbata, maletín en mano, pero lleva
un gorrito, que es, en realidad, la base de una enorme y simpática cabeza de
vaca, y, además, tiene la delicadeza de colocarse en el pasacinto trasero del
pantalón, una solemne cola de vaca que termina en unos primorosos flecos
dorados… Por más que esa persona camine con seriedad, y vaya con –incluso- más
cara de vaca que la que lleva arriba, es muy probable que sea mirado de reojo
por muchos, también que otros se miren enarcando las cejas mientras lo señalan
con la cabeza, y que otros disimulen una risita… pero existen otros que se van
a reír sin preocuparse mucho por disimular, y, peor aún, es muy posible que alguno
se crea en derecho de acercarse y reírsele en la cara…
Estos últimos son, probablemente,
los mismos del párrafo anterior: simples desubicados, o gente que no está en
sus cabales, o personas que tienen una actitud malvada.
En ninguno de los dos casos la
burla está justificada, la burla es una estupidez, porque uno puede hablar con
un tipo que tenga sobre su cabeza una enorme cara de vaca, simpática y
sonriente, y mirarlo a los ojos, haciendo un enorme esfuerzo de hacer de cuenta
que no hay nada raro, se puede, pero, ciertamente, implica un gran autodominio,
porque hay algo raro. En el primer
caso la actitud del damnificado no promovía la burla, en el segundo sí, aunque,
no está demás repetirlo, no está demás
repetirlo, no está demás r…, no lo merezca.
Todo esto es tan obvio que da
vergüenza escribirlo, pero estamos en una época en que lo obvio es novedoso.
Las ideas liberales y
progresistas que hoy nos moldean desde la más tierna infancia en que nos
colocan frente al TV, y que nos esperan con los brazos abiertos en las aulas de
los colegios, probablemente hayan activado alguna confusa alarma al leer los
últimos párrafos.
Porque el liberalismo nos
explicará, con el índice levantado y con una solemnidad digna de mejor causa,
que “cada uno está en su derecho de salir vestido como se le dé la gana” y que
nadie tiene derecho a burlarse porque “el derecho de uno termina donde comienza
el de los demás”, etc., etc. todo esto dicho con aires de verdad sagrada.
Todo es tan completamente
ridículo que puede darse el caso de que un joven ejecutivo salga vestido como
hemos dicho, con su gorrito-cabeza de vaca y su cola de flecos dorados, que, al
pasar, algún albañil le diga algo respecto de que tuviera cuidado con
determinadas actitudes eventualmente condenables de algún toro, y que, para
peor, otro albañil, desde lo alto de un andamio, le añadiera la sugerencia de que
no se hiciese problema, que él lo defendería de cualquier monstruo taurino, al
grito de “mi nombre es Teseo”, por supuesto, lo que el joven ejecutivo entendería
sería “deseo” y eso aumentaría su humillación, apuraría su avance con pasitos
apretados y entre sollozos le contaría luego a su novia lo mal que lo han hecho
sentir… más tarde irían juntos a hacer la correspondiente denuncia.
Y uno se pregunta ¿este tipo no
tiene, o no tuvo, un padre, un hermano mayor, un tío, un abuelo que le dijera
“¡No podés ser tan …!”? Y la respuesta es que no. O bien su padre era como él,
como ya lo dijera Pipo Gorosito, según se le atribuye la frase “de tales
padres, tales hijos”, no era exactamente así la frase, o bien él ya estaba
prevenido desde su arruinada infancia y tenía el teléfono a mano para
denunciar, llegado el caso, por maltrato verbal a su autoritario padre.
Sucede que la Revolución a la que
se está sometiendo a todo lo que fue el occidente cristiano está tratando de
cerrar el círculo y padece una desesperación por no dejar piedra sobre piedra.
Porque el progreso no admite errores, cada error es subsanado por otro error
peor aún, y es intentar apagar el fuego con combustible. Esta clase de gente es
capaz de haber inventado el atonalismo con tal de no reconocer que se
equivocaron de acorde. Así que los errores dan toda la impresión de no ser
tales, sino simplemente ladrillos que se van retirando del noble castillo que
se desea destruir.
El progreso tecnológico ha subyugado
a la humanidad a la manera de una adicción, y la humanidad está encantada con
el uso de unos artefactos que están tan cerca de la magia como de la chatarra, esto
tiene un extraño efecto colateral que consiste en una tácita sensación de completa
superioridad respecto de generaciones anteriores, o de épocas anteriores.
Con total naturalidad se asume
que cualquier slogan que se lanza al aire contiene una novedad y un avance
respecto de oscuras épocas anteriores. Un ejemplo de ello es el tema de la
“violencia de género”.
En épocas en que la nobleza y la
caballerosidad eran conductas respetadas y deseadas cualquier jovencito sabía
que el que se atrevía a levantar la mano contra una mujer era un verdadero
canalla, un ser despreciable que no podía ser considerado un verdadero hombre.
Incluso el vocabulario a utilizar delante de una dama era especialmente cuidado.
Pero el progresismo, al no
entender el alma de la caballerosidad, pervierte esa actitud considerándola no
como un trato amable hacia un ser que tiene corazón de madre sino como una
condescendencia hacia un ser inferior, por esa razón la caballerosidad ha sido
despreciada.
Que tanto hombres como mujeres
son iguales en dignidad no sería una novedad para las mentes de personas de
épocas hoy consideradas superadas, pero esas personas tenían en cuenta la
distinción de roles femeninos y masculinos, tenían en cuenta, por ejemplo, que,
al menos generalmente, los intereses
masculinos tienen más que ver, por ejemplo, con “lo que sucede en el mundo” y
que los intereses femeninos se centran más bien en lo que sucede en el hogar.
Pero esta distinción es
considerada obsoleta, anticuada, discriminatoria, arbitraria, estructurada, etc.
etc. por el progresismo que ha lanzado su inapelable dogma de la igualdad, no en
la dignidad, sino en todo. Soy testigo de que un profesor fue tildado de
“estructurado” porque hizo ordenar los pupitres a los alumnos varones, el
profesor no dudaba de que las alumnas estuvieran perfectamente capacitadas de
realizar esa tarea, pero le parecía que se trataba de una modesta enseñanza de
caballerosidad para ellos y una muestra de delicadeza hacia ellas. Llamativo,
aunque esperanzador, es que siga habiendo gente que se sorprenda de que un
muchacho no ceda su asiento en el colectivo, la pregunta es, después de haber
sido educado en los nuevos valores ¿por qué habría de cederlo? Si se ha
insistido que no hay por qué dar un trato especial a la mujer porque somos todos
iguales, a título de qué se le va a pedir a ningún chico que lo haga, “yo pagué
mi boleto” dirá, en perfecta consonancia con “hacé la tuya”, otro slogan que se
le ha dicho también insistentemente.
Una bandera, decíamos, que el
progresismo ha empezado a hacer flamear últimamente es la que se opone a la
violencia contra las mujeres, y lo hace con gran valentía y con aires de
novedad, pretendiendo ser ellos quienes vienen a socorrer a la humanidad de un
horrible flagelo venido de tiempos oscuros… tiempos oscuros que son anteriores
a los que había moldeado la moral tradicional que ellos tanto odian y se
complacen en destruir.
En épocas en que al hombre se le
pedía ser un caballero y a la mujer tener también una actitud noble y recatada,
la tierra tampoco era un paraíso ni mucho menos -antes de seguir declaro
conocer que malvados han habido en todas las épocas, tipos que merecen estar
presos hay en todas las épocas, etc. etc. - , un hombre podía volver a su casa
tal vez de mal humor acaso por algún momento difícil vivido en el trabajo y la
mujer, educada para ser buena esposa y madre, era capaz de un acto
verdaderamente virtuoso siendo compresiva con su marido, y el tipo, que también
estaba educado en la misma moral que lo movía a las virtudes, viendo la actitud
de su esposa, que acaso mandó a jugar afuera a los chicos para que no
molestaran en ese momento de mal humor, tenía la posibilidad de tomar
conciencia de lo injusto que había sido con su familia al llegar de esa manera…
Una escena así es posible aún hoy,
pero a
pesar de los dogmas progresistas.
Siguiendo la instrucción
progresista la escena terminaría de una manera completamente distinta: la mujer
ahora sabe que no es quién para soportar el mal humor de nadie, y menos del
marido, y se lo hará saber por ejemplo diciéndole que se hace el guapo en la
casa porque en el trabajo no se anima a enfrentar al jefe, el tipo humillado
delante de los chicos, que también protestan porque estaban viendo televisión y
no los dejan escuchar, levanta aún más la voz… y se da una lamentable escena de
violencia verbal en la que la mujer suele sacar ventaja, a lo que puede seguir
una puerta rota por un puñetazo dado para sacarse la bronca, o aún peor… porque
el hombre, también educado en los nuevos valores sabe que no está ante un ser
al que le debe protección y especial buen trato, sino que está ante un igual.
El progresismo entonces, en su
hambre de destrucción, perfectamente incapaz de reconocer que su intervención
ha empeorado notablemente las cosas, va más allá y descargará toda su furia,
pero poniendo cara solemne, contra la figura paterna, considerándola siempre
autoritaria y opresiva, salvo que su comportamiento se parezca al de un hermano
mayor macanudo, piola, o sea si su comportamiento no se parece en nada al de un
padre.
Por otra parte el ideal de madre está
también bastante lejos de lo que se entendía por una madre, luego de los
cuidados obvios que se necesitan en la primera infancia, la progenitora, según espera
el progresismo, debe estar atenta a lo que las ideas en boga esperan de sus
hijos, caso contrario sería una inadaptada, estaría fuera de la moda, además no
debe olvidarse de su auto-realización, porque eso de “madre abnegada” hay que
dejarlo en el pasado…
Los hijos, las nuevas
generaciones, por su parte, son el blanco preferido… se intentará por todos los
medios de liberarlos del autoritarismo paterno-materno antiguo para que cuanto
antes se sacudan los resabios de viejas costumbres y se conviertan en autómatas
incapaces de reaccionar contra cualquier idea que el sistema imperante les
quiera implantar. Y así serán buenos consumidores y piezas perfectamente
funcionales a una maquinaria cada vez más inhumana…
Por si quedaran dudas acerca de
qué clase de tiempos estamos viviendo, desde una institución oficial de un país
europeo, que en otros tiempos había sido abanderado de la cristiandad, se ha
señalado, en estos últimos días, como culpables de las situaciones de violencia
doméstica… a la idea tradicional de la familia y a la religión. Es decir,
estamos nadando en medio del océano, con el barco hundido… alguien divisa una enorme pieza de madera flotando -evidentemente un fragmento del barco- y a la cual podríamos aferrarnos para esperar el rescate…
y la voz cantante del grupo nos advierte que es un monstruo horrible culpable
de nuestro naufragio.
Por supuesto, hombres, mujeres y
niños pagan por igual un alto precio por tanto desatino, por tanta necedad… porque
han perdido el norte, han perdido el rumbo.
Pero, mientras vemos que es
grande la destrucción, los agentes del progreso ven, y a veces con
desesperación, que las defensas del castillo aún resisten… a pesar de tanto
dinero invertido a nivel global, a pesar de tanto esfuerzo por derribarlas…
porque la misteriosa lucha del progresismo es contra la naturaleza, y el odio
que los impulsa parece venir desde fuera de ella.
Hay, sin embargo, un logro en
particular que hay que reconocerle a las ideas liberales y progresistas, y es
el hecho de dejar de considerar como algo admisible una actividad que desde
hace tiempo venía, a su vez, reclamando ser considerada como respetable y a la
que se le suele atribuir una antigüedad cercana a la del mundo mismo.
Pero a tal logro se llegó no por
el camino de la moralidad, que siempre se ocupó de reprobarla, sino por el lado
de la defensa de los derechos de la mujer. Bueno, no está mal tampoco, después
de todo, si la idea era llegar a Roma, lo mismo da que sea por un camino o por
otro.
No deja de llamar la atención el
hecho de que tal logro pudiera darse hoy y no en épocas en las que
especialmente hubiesen querido desterrar tal actividad. Hay que decir que en
esas épocas se vieron obligados a admitirla por la simple razón de que, si bien
con las leyes se puede orientar hacia un comportamiento u otro, no se puede por
decreto hacer que todos los ciudadanos sean virtuosos. Y ahí es cuando uno
empieza a entrever la tristísima razón por la cual ese logro se ha dado en
nuestra época y no antes, se trata de una actividad que, por el enorme envilecimiento
de las costumbres de una gran parte de la sociedad, se ha vuelto tan superflua
como lo es hoy la hipocresía.
Muy probablemente sea esta época
cuando más se habla de los derechos femeninos, e indudablemente es ésta la
época en la que peor se trata a la mujer.
El arte del vestido en otras
épocas ha tratado a la mujer como una princesa, queriendo resaltar su gracia,
su delicadeza… y ese trato da a la mirada masculina tiempo de extasiarse en una
belleza verdaderamente femenina, buscando inmediatamente su rostro, sus ojos,
su mirada, buscando saber quién es la portadora de tal belleza.
Pero no la trata hoy la moda de
la misma manera. El ideal de “chica sexy” ha destruido la belleza femenina
reduciéndola exclusivamente a la atracción sexual, que por supuesto, como algo
humano, ha estado en todas las épocas, pero mientras en otras se ha tratado de
forma implícita, la moda de nuestra época lo coloca en un primer plano.
La sabiduría de otros tiempos,
que conocía la naturaleza humana y sabía a dónde quería llegar, lograba que un
hombre pudiese ver una mujer y acaso sentirse atraído por su belleza, mucho
antes de reparar en algún particular distrito de su anatomía. Las luminarias de
estos tiempos -que conocen también, a su manera, la naturaleza humana, y saben
qué quieren destruir- logran que algunos hombres estén por un rato interesados
en algún particular distrito de la anatomía femenina sin reparar jamás en la
mujer. El resultado obvio es que ambos, hombre y mujer, se han degradado en su
dignidad humana.
Tremendamente ofensivo hubiese
sido ofrecer ciertos atuendos de la moda actual a alguna muchacha joven y bella
de otros tiempos, porque sabía lo que era propio de una dama y se daba cuenta de
qué se la estaba tratando. Difícil es que en tiempos actuales se tome
conciencia de ello, más cuando las solemnes voces advierten “Si te dice cómo
debes vestirte, es violencia”, por supuesto, están los maniáticos posesivos y
peligrosos de los que conviene precaverse, pero, lamentablemente, caen dentro
del círculo aquellos padres, o hermanos, o novios, o esposos que, además de ser
conscientes de la psicología masculina, conservan confusamente algún vestigio
de una lejana sabiduría.
Quien tenga cierta conciencia de
estas cosas y esté obligado a caminar por las calles de este extraño siglo
deberá armarse de paciencia, y de piedad… porque muchas veces será necesario
mirar a alguien a los ojos y hacer un enorme esfuerzo de hacer de cuenta que no
hay nada raro, aunque sobre su cabeza tenga una enorme cabeza de vaca o aunque
le ofrezca a su consideración, gratuitamente y fingiendo indiferencia, algunos distritos
de su anatomía. No se inquiete, solo son personas que han bebido de las
pestilentes ciénagas del progreso.
sábado, 12 de marzo de 2016
Mundo virtual
El mundo había vivido de una
manera similar durante muchos siglos. La revolución industrial hizo que
cambiaran aceleradamente costumbres que podían ser milenarias. Pero esa
aceleración no es más que un paso de tortuga en comparación con los cambios,
todavía en curso, producidos en la era digital.
Vivimos en un mundo de ciencia
ficción hecha realidad, y que ya no nos sorprende, o que la sorpresa dura lo
que un suspiro al viento, por un lado porque “nuestra vecindad con tan
fantásticas realidades nos exime del estupor, así como los habitantes de Iguazú
no caen desmayados cada vez que ven las cataratas” (Dolina, “Refutación del
periodismo”), y por otro porque se cree que la ciencia y la tecnología pueden
lograr cualquier cosa, entendiendo que es solo cuestión de tiempo.
No hay, sin embargo, una
felicidad acorde a lo que cierto optimismo pregonaba, los seres humanos siguen
teniendo las mismas alegrías y las mismas tristezas de siempre, incluso hay
problemas nuevos como una especie de sinsabor semejante al de un niño sobrado
de todo y que todo lo aburre.
La industria del entretenimiento
es tan ancha como el mundo y comprende las más variadas formas de atraer
espectadores. Su presencia y su enorme poder es un hecho extrañísimo e inédito
en la historia de la humanidad. Su funcionamiento tiene leyes tan
incuestionables como la ley de la gravedad y hace que sea, por ejemplo,
perfectamente lógico la obtención de enormes sumas de dinero por parte -en
algunos casos- de personas que en otras épocas no hubiesen sido más que el
tonto del barrio.
Pero el tonto del barrio,
devenido a formador de opinión -porque su ejemplo hace escuela-, no es más que
una pequeñísima pieza de una industria gigantesca que moldea nuestra forma de
ver las cosas, nuestros gustos, da los temas de nuestras conversaciones,
hablamos de lo que hemos visto en los medios, pensamos sobre la base de lo que
hemos visto en los medios…
El sentido común, del que podría
decirse que es lo que hace que hasta la más simple de las personas se dé cuenta
de cómo debe obrar ante determinada circunstancia, es algo que ha sido
sustituido por la opinión pública. Porque hasta el más simple de los humanos
mira TV, escucha las noticias, está atento a lo que se está diciendo… y casi
sin darse cuenta va ajustando su pensamiento a ese artificial sentir común.
Mientras los ojos están siempre
deseosos de ver y los oídos de oír, la inteligencia busca la verdad, busca la
realidad, constantemente, eso está en la naturaleza humana, pero sucede que hoy,
una enorme porción de lo que entendemos por realidad la vemos a través de
pantallas, lo que quiere decir que, en gran medida, puede ser una realidad
distinta a la real. El ser humano está hecho para la contemplación y los medios
se han puesto entre nosotros y la realidad que debemos contemplar.
Quien mira pausadamente un
paisaje está contemplando, quien mira a los ojos del ser amado está
contemplando, las personas que pasan una hora en la iglesia arrodilladas frente
al sagrario están contemplando, están contemplando a Aquél que Es, con las
fuerzas de la inteligencia y con los ojos del alma, ya que los ojos del cuerpo
solo ven una lucecita roja que indica la presencia de Aquél que es la Realidad
misma…
“¡Qué extraño pensamiento!” se
dijo alguien que había bajado las escaleras en la mitad de la noche para beber
agua: emergiendo de la penumbra lo sorprendió el pensamiento de que led rojo
del TV era como la luz de un sagrario… pensamiento que, sin embargo, no dejaba
de estar rodeado de las brumas de la somnolencia… “¡Qué ocurrencia más ridícula!”,
se dijo al instante… Pero luego, y esto bastó para despertarlo, un escalofrío corrió
por su espalda cuando advirtió no era un paralelismo forzado… que lo que estaba
allí, en “stand by”, en “modo espera”, era un ser que se postulaba como
realidad, y, como tal, pretendía que nuestras mentes se adecuaran a ella.
En estos últimos años podemos ver
en las plazas, y en cualquier lado, cómo, mientras la luz clarísima de la
Realidad llega desde el cielo como una lluvia generosa, una gran cantidad de
gente está obnubilada con una luz insignificante emergida de una inminente
chatarra que tienen en sus manos, que los obliga a mirar hacia abajo y que los
mantiene atados a un pequeño mundo virtual.
Es inevitable, a estas alturas,
el tener que transitar por las calles del mundo virtual, sería un anacronismo que,
por ejemplo, un empleado bancario llegase a trabajar montado en su alazán, por
más amante de la naturaleza que fuese, pero tal vez convenga, mientras caminamos
por sus veredas artificiales, recordar que la luz verdadera sólo puede ser percibida
si elevamos nuestra mirada hacia el
cielo.
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