miércoles, 16 de noviembre de 2016

sábado, 3 de septiembre de 2016

Un nuevo sol


Un nuevo sol
El problema tal vez sea haber empezado por creer en una Nueva Iglesia que estaba por venir, que estaba llegando, que iba a poner el Mundo realmente de Colores, que iba a dejar para siempre de lado aquel mundo viejo, de odios, de guerras, de egoísmos, que la Vieja Iglesia jamás supo cambiar porque se ocupó en señalarlo con el índice acusador en vez de palmearle la espalda como hacemos, y hemos hecho, nosotros.
Otro problema es que hace tiempo ya que hemos dejado de ser esos jóvenes entusiastas y la Nueva Iglesia no ha terminado nunca de llegar, por un lado porque no parece haber manera de sacudirse del todo los resabios de la Vieja Iglesia, y, por otro, porque las luminarias de la Nueva Iglesia finalmente no nos han deslumbrado, y, en definitiva, nos han parecido unos pobres LEDs parpadeantes y agonizantes que no nos han resultado mucho más atractivos que las viejas velas de cera. Además, estas nuevas luminarias no solo no nos han deslumbrado sino que, en ocasiones, su más elemental conducta ha sido realmente decepcionante.
El problema tal vez sea que hemos creído que esta Nueva Iglesia le haría llegar al Mundo el paraíso, y vimos que, finalmente, eso era tan utópico como lo son las promesas, tanto del comunismo como del liberalismo, de que algún día llegaríamos a un Mundo Feliz, a un Mundo de Paz y Prosperidad.
Por eso ahora que somos grandes, pero no tanto como para resignarnos del todo a que los sueños dejen de cumplirse, es que dejando de lado todas las diferencias -políticas, ideológicas, de raza, y, sobre todo y muy especialmente, religiosas- nos vamos con todos y todas para trabajar -tal vez no como hermanos, tal vez no como verdaderos amigos, pero al menos juntos contra algún enemigo común, en la calle, codo a codo y tratando de ser mucho más que dos- por un mundo mejor.
Este camino es una forma nueva de canalizar nuestros sueños juveniles, por eso es que nos resulta tan atractivo, rebelarnos contra las viejas estructuras y trabajar por un mundo nuevo, pero… para ser francos, debemos decir que está bastante lejos de llenarnos el alma…
Y no puede este sucedáneo llenarles el alma… porque es algo demasiado pobre para esos corazones generosos de aquellos muchachos entusiastas que fueron cautivados en su juventud por los promotores de la Nueva Iglesia, quienes, a su vez, estaban viviendo, en esos primeros años del posconcilio, un entusiasmo propio de una conversión. Porque a principios del siglo XX se había hecho mucho hincapié en el temor, lo que hizo mucho daño a la Iglesia, como dijo un sacerdote que nadie podría tildar jamás de “progresista”.
De alguna manera veían a la Nueva Iglesia como un trigal iluminado por el sol de la mañana y a la Vieja Iglesia como un extenso campo de cizaña en un oscuro día de inverno, la Nueva Iglesia sería una especie de resurgimiento de la pureza de los primeros cristianos, aunque no un mero resurgimiento sino, acaso, un perfeccionamiento a causa de una moderna amplitud de miras, conectados por un puente mágico que sorteaba unas épocas tenebrosas.
Pero eso era, en cierto modo, empezar por creer en la Nueva Iglesia antes de haber creído en la Iglesia. Si uno cree en la unidad de la Iglesia debe creer no solo en la unidad a través de la geografía sino a través del tiempo. Desde los primeros tiempos hasta hoy la Iglesia, la verdadera Iglesia, ha estado presente, y siempre ha habido trigo y cizaña, en distintos porcentajes… La barca de Pedro ha venido navegando y pasando por distintas tormentas desde sus primeros tiempos hasta hoy.
Tal vez quienes más insistieron en estar libres de prejuicios para mirar hacia afuera, más llenos de prejuicios están para mirar hacia adentro, porque han recibido preconceptos (y se han hecho eco de ellos) que juzgan a la Iglesia y que, por supuesto, la declaran culpable.
Misterioso paralelismo con su Fundador, desde su nacimiento sufrió la persecución: Herodes y la muerte de los Santos Inocentes - el Imperio Romano y los mártires de los primeros tiempos de la Iglesia; luego de la persecución: la vida oculta de Jesús - el auge de la vida monástica; tiempos de conquista y victoria (humanamente hablando, porque su verdadera conquista y victoria fue en la cruz): el renombre y la fama de Jesús por su prédica y las muchedumbres que lo seguían - el renombre y las grandes obras de la Iglesia y el auge de la Cristiandad; el vía crucis: el misterio de la iniquidad llevará a la muerte a Cristo - y la Iglesia empezará su largo vía crucis, que llega hasta hoy, desde los tiempos de Lutero, en lo espiritual y desde la Revolución Francesa en lo temporal. Y si Cristo fue tentado en el desierto, ¿no lo sería la Iglesia también? El fariseísmo y la vacuidad son cosas horribles tanto antes como después del concilio, con máscaras distintas, con estéticas distintas, pero horribles al fin.
¿De qué podía acusárselo a Cristo? cualquier mentira venía al caso, lo que fuera, que habría dicho  (en su tiempo de “conquista y victoria”) que no había que pagar el impuesto al César, que destruiría el templo y que lo volvería a edificar, cualquier cosa… lo único que importaba realmente era que se hacía Hijo de Dios, por eso debía morir. De la Iglesia puede decirse, también especialmente de su tiempo de conquista y victoria, cualquier acusación, y no importa que se pueda demostrar claramente que las acusaciones sean falsas, o que las malas acciones llevadas a cabo por hombres que la integraban hayan sido hechas contrariando la recta doctrina. No importa nada, lo único que realmente importa es que ella se hace portadora de la Verdad, por esa razón hay que hacerla a un lado, su “sola presencia nos resulta insoportable”.
Es estremecedor también ver de dónde vienen las más dolorosas acusaciones, en ambos casos se trata de las autoridades religiosas.
Llegará el día, más tarde o más temprano, en que estos queridos muchachos (¡y muchachas! claro está) de corazones generosos y que aún son jóvenes entusiastas (¡aunque estén lejos de ser teenagers!) llegarán a la conclusión de que durante la Pasión -mientras seguimos trabajando haciendo el bien que podamos- tendremos todos que imitar a Juan, aquel joven Juan que estaba junto a la Madre, con lágrimas en los ojos, mientras el Mundo se ensañaba con el Justo, acompañándolo en el sufrimiento, pero esperando, en medio de la última tormenta, algo que no era simplemente nuevo, sino que Es eterno, el Sol de la Resurrección.




sábado, 11 de junio de 2016

Sobre Bufones...


Pequeña trilogía sobre este enojoso asunto

Tinelli... ¡Oh, Tinelli! I

¡Gracias Marcelo!
Mencionar por el nombre a una persona famosa o importante o poderosa, es una forma de mostrarse cerca, de sentirse parte, aún cuando esa persona sea alguien que ni siquiera sepa de la existencia del que lo menciona.
Sucede en las campañas electorales. Un candidato recorre los barrios, saluda a la gente, les da la mano… y para algunas personas simples esto basta. Los encuestadores lo saben (y los políticos también, lamentablemente): -“¿Qué imagen tiene Ud. de Carlos Romualdo Pichirochi Corna, candidato a Alcalde por la UDSM, Unión de Divisiones Sumadas y Mezcladas?: ¿Positiva? ¿Regular? ¿Negativa?” -“¿El Carlito? Anduvo por acá, es buen tipo es, por acá pasó, yo estaba acá en la puerta y me dio la mano”. Y para el pobre hombre el “Carlito” será buen tipo hasta el fin de sus días.
También sucede con Marcelo, cuando finalmente apareció durante la crisis del 2002 significó algo parecido a la alegría para mucha gente, y tal vez no pocos experimentaban algo parecido a la gratitud hacia él.
Pero ¿qué es lo que verdaderamente ofrece tras la fachada de simpática estridencia que conmueve a tantas personas en todo el país?
Quienes allí aparecen hablan seriamente, discuten, argumentan, lloran, se emocionan con verdadero entusiasmo por cosas que no tienen ninguna importancia, como por ejemplo un puntaje dado, o por una crítica supuestamente injusta, todo el mundo sabe que no es un verdadero concurso y sin embargo se actúa como si lo fuera.
Si todo esto no es más que un mal entretenimiento para muchos, no parece un gran problema, salvo una fenomenal pérdida de tiempo. Pero mientras tanto suceden algunos hechos lamentables.
Yo desearía que existiese la “Sociedad Protectora de los Autores y Compositores” o tal vez la “Sociedad Protectora de las Obras de Arte” o alguna institución que sea capaz de interponer un recurso legal para impedir que algo que es un patrimonio de la humanidad sea usado para limpiar el piso.
Una música compuesta por uno de los más grandes compositores de la historia para expresar el júbilo por el Mesías esperado por miles de años, una música celebrada por millones de personas desde hace más de doscientos años en todo el mundo, es usada aquí, entre exclamaciones y alaridos, para aplaudir un puntaje de este grotesco concurso.
Como si eso fuera poco, por una característica de la psicología humana, generaciones de argentinos tendrán, por años, inevitablemente asociada a esta música majestuosa unas imágenes ridículas.
Esto solamente ya constituye un daño que no hay dinero que lo pueda pagar.
Existen personas talentosas que pasan años de sus vidas estudiando alguna disciplina artística que, por supuesto, no tienen acceso a esta vidriera observada por el gran público, salvo que paguen el humillante precio de abandonar sus elevadas pretensiones de delicadeza estética.
Existen otras personas que tienen un gran deseo de fama y dinero, ninguna pretensión artística seria y una actitud de completa desfachatez, ellas son las luminarias de esta escuela de plebeyismo. 
Entonces el mal que significa esta verdadera prohibición que sufren los legítimos artistas se multiplica en la sociedad ya que se la priva de ellos, y se les da a cambio gente que no solo no tiene nada para ofrecer artísticamente sino que lo que brindan es degradante y lamentable.
Otro chistoso de alcance nacional de similares características, aunque de un éxito no tan sostenido, ha hecho también su aporte a la civilización: (cito de memoria) “Ah, no señor, las cosas antes eran distintas, había más respeto. (En mi casa) el viejo llegaba de trabajar y la vieja le tenía la comida lista, él se sentaba a la cabecera de la mesa, entonces la vieja le preguntaba “¿Va pedir la bendición?” Entonces el viejo…”  Y ahí venía una grosería del más bajo nivel que no tengo ganas de escribir que ponía en ridículo a la vieja, a la mesa familiar, a la Fe, a las buenas costumbres… ¡qué fácil resulta destruir! Y sigue “... No, el viejo no creía…”  ¡Miserable! Ya que cobrás por eso por lo menos te hubieras tomado la molestia de armar mejor la ridícula historieta: ¿Por qué la vieja le iba a preguntar si iba a pedir la bendición cuando “el viejo no creía”? ¿La vieja no debería haber sabido desde hacía tiempo que el viejo no creía? La pregunta no tiene ningún sentido, salvo que la vieja haya sido increíblemente necia; aunque, después de todo, considerando el pensamiento del hijo de acuerdo a su discurso, esto último es una posibilidad digna de ser tenida en cuenta. Se trata, tal vez, de una verdadera desgracia: que este infortunado haya heredado la necedad de la vieja y la falta de fe del viejo, que acaso era también un necio.
Me podrán decir que estoy tomando en serio algo que era simplemente un chiste. Pero el caso es que esta gente tiene el problema contrario: nada es tomado en serio, las cosas serias no son tomadas en serio. Lo único tomado en serio es el hecho de ganar dinero con las más bajas tendencias del ser humano. Ensuciar, ridiculizar, escupir sobre las cosas nobles es un acto de un vulgar canalla. Pero cuando la vulgar canallada es una actitud paradigmática para millones de personas es por lo menos inquietante para quien tenga un mínimo deseo de una sana convivencia con su familia y con sus vecinos.
Otro aporte a la civilización que hace el pobre Marcelo es su contribución a la legitimación de la desvergüenza. Décadas atrás, algunos hombres amparados en las sombras de la noche, frecuentaban lugares de mala muerte, y, a cambio de unos pesos, podían ver un espectáculo indecente. Hoy, esa misma clase de hombres no necesitan arriesgar sus vidas y su reputación en semejantes antros, gracias a Marcelo (y luego a los consabidos imitadores -aunque él tampoco es original, después de todo-) pueden  acceder a una función digna de un burdel en sus propios hogares ya que está respaldada por el simpático y respetable rótulo de “para toda la familia”.
Y he aquí otra cuestión inquietante, algunas mujeres que hace dos décadas no permitían a sus hijos ver algunos programas de TV porque éstos eran “guarangos”, hoy junto a sus nietos se sientan a disfrutar de lo que Marcelo les brinda.
Un autor sostenía que los errores que se convertían luego en serios problemas para el género humano siempre provenían del ámbito intelectual y no de la gente común. Las universidades y los centros culturales son vehículos del conocimiento, pero cuando las ideas son erróneas también se filtran y propagan en esos recintos. De esta manera las personas ajenas a estos ámbitos como los obreros, las amas de casa, los niños, estaban (al menos momentáneamente en el caso de estos últimos) exentos de peligro. Algún cínico podrá agregar: también estaban exentos del conocimiento. Sin embargo, la universidad no tiene contrato de exclusividad con el conocimiento, así que de ninguna manera se encontraban exentos del conocimiento, conocían lo que necesitaban conocer para sus vidas sencillas, además, una persona sencilla puede tener una gran percepción de la realidad cuando sabe observar, porque cada pequeña porción del universo envuelve un misterio que excede al universo mismo.
Por eso, otro favor que realiza este benefactor de la humanidad, es acercar, hacer de nexo entre ideas verdaderamente corruptoras y las personas sencillas: dejando de lado la incomodidad y la inaccesibilidad de las explicaciones académicas, estas ideas se traducen en actitudes que serán mostradas y aceptadas como normales, aunque de suyo no lo sean.
Esto es algo muy serio, la gente común que con su sola vida sencilla  rebatía las más extravagantes teorías de hombres más doctos pero mucho más extraviados, era gente que podía reconocer la nobleza y la bondad de un sabio y que desconfiaba de los embusteros y charlatanes, era gente que durante siglos fue inmune a ciertos virus del pensamiento pero, lamentablemente, hoy ya no lo es, y festeja, contenta y optimista, brindando con copas de veneno. Hablando en general, el hombre que va todos los días a trabajar, la mujer que encontramos haciendo las compras en el almacén (o supermercado), en otros tiempos pertenecientes a la noble estirpe de las personas sencillas, han dejado de ser sencillos, ya que pueden opinar de todo, porque miran televisión, y han dejado de ser los dignos portadores del sentido común.
Sin embargo, en el corazón humano brilla, aunque a veces muy tenue, la luz de una llama eterna. Hay, en distintos rincones de la patria, personas que después de haber ensayado toda clase de estrategias como la argumentación serena, la discusión acalorada, la indiferencia y hasta el silencio obstinado, abandonan con una amable excusa la mesa familiar y se retiran a otra habitación o al patio donde no siempre les resulta fácil reprimir una puteada argentina al popular Marcelo, siendo, sin embargo, capaces de recomponerse al momento y elevar una oración no solo por sus seres queridos, quienes se encuentran aún cenando subyugados por la colorida estridencia, sino también por el mismísimo irritante conductor.
Este crecimiento en la virtud de la caridad que les significa a algunas personas es también gracias a Marcelo, aunque así como probablemente ignora los males que ocasiona, este bien, que es una especie de efecto colateral de aquellos males, también le ha de resultar desconocido.
Quienes lo festejan dicen agradecerle porque les permite olvidar sus males, pero quien para olvidar sus males se embriaga hasta perder la razón, ha caído en otro mal y el mal tiene el desagradable aspecto de algo arruinado, marchito.
Las ideas que han venido desde el sur han sido hasta ahora traídas por vientos fríos como la muerte. Pero todavía hay tiempo, no es imposible que una brisa suave y fresca como la vida comience algún día a soplar desde el mismo lugar sin arruinar la verdadera alegría de la que Marcelo puede ser capaz y de la que pueden ser capaces tantos hogares argentinos.
Es perfectamente posible. Por qué no, después de todo.

Tinelli... ¡Oh, Tinelli! II

Tinelli... ¡Oh, Tinelli! III


“Bufón del reino” -tanto la canción como el cuento- tiene, ciertamente, aplicabilidad al conductor mencionado, pero no de forma exclusiva, hay numerosos personajes mediáticos que también tienen puntos de contacto con esta historia.
Pero la analogía tiene más de analogía que de semejanza, el Bufón es un ser maléfico y esta gente son, después de todo, unos pobres tipos que lo que quieren es ganar plata… el asunto es ver cuál es el precio de ese dinero.
No son monstruos, claro está, no son personas que tengan por objetivo arruinar la sociedad, ellos pueden poner en pantalla algo enternecedor o pueden también mostrar la más absoluta bajeza, el único requisito a cumplir es que el rating esté midiendo a cada instante lo que se espera.
El dinero es un medio -¡quién lo duda!- para hacer cosas, pero se vuelve peligroso cuando empieza a convertirse en un fin.
Según el consejo de San Ignacio uno debe utilizar las cosas tanto cuanto lo acerquen a Dios, y alejarse de ellas tanto cuanto lo alejen de Él. Pero si el dinero es el fin, uno termina utilizando las cosas tanto cuanto dinero dan y alejándose de ellas tanto cuanto menos dinero representen… así, la obtención de dinero se convierte en un criterio moral: es bueno si da dinero, no importa qué sea. “No se puede servir a Dios y al dinero”, y no es ninguna exageración.
Y sobre el rating no vendría mal recordar aquello que el cómico Juan Verdaguer contaba como un chiste pero que es para pensar:
Si uno tiene rating no hay de qué preocuparse, pero si uno no tiene rating tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno tiene trabajo o si uno no tiene trabajo.
Si uno tiene trabajo no hay de qué preocuparse, pero si uno no tiene trabajo tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno pasa hambre o si uno no pasa hambre.
Si uno no pasa hambre no hay de qué preocuparse, pero si uno pasa hambre tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno está bien de salud o si uno está enfermo.
Si uno está bien de salud no hay de qué preocuparse, pero si uno está enfermo tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno se va a morir o si uno no se va a morir.
Si uno no se va a morir no hay de qué preocuparse, pero si uno se va a morir tiene dos cosas de qué preocuparse: si uno se va a ir al Cielo o si uno se va a ir al infierno.
Si uno se va a ir al Cielo no hay de qué preocuparse, pero si uno se va a ir al infierno… ¡se va a encontrar con tantos que tienen rating!
¡Y esperamos que no! Es bien cierto que a cualquiera que esté aferrado a algo que cree que le va a dar felicidad, o por lo menos seguridad, le resultará muy difícil abrir sus manos y dejarlo ir, aunque se dé cuenta incluso que le está haciendo daño y que él mismo está haciendo daño a los demás. No es un asunto fácil, para nadie.
Sería bueno que estas personas de los medios que tanto daño hacen y que tanto daño se hacen sean protagonistas de una verdadera metanoia y cambien el rumbo. 
Es perfectamente posible, como decíamos más arriba… por qué no, después de todo.
Pero no son éstos, unos tiempos adecuados para darnos el lujo de ser ingenuos. Esperamos su metanoia, sí, por supuesto. Podemos rezar por ellos y por los que los siguen, sí ¡cómo no! Pero a otro con sus gritos, con sus estridencias, y con todo el abanico de sus galardonadas superproducciones completamente incapaces de ocultar con tanto estruendo y colorido la pobreza de lo que ofrecen.
Y pueden darles todos los Iron Martin que quieran ¿en qué cambia eso? y cualquier otra clase de premios que les venga en gana… ¿a quién puede importarle? ¿a quién puede importarle el autobombo de toda esa gente?...
-Bueh… ¡¿a quién puede importarle?! A los millones de tipos que los siguen, que les dan rating, y que les dan poder, en definitiva…¿Y a nosotros quién nos escucha? ¿Eh? Dígame un poco…
-Nos escuchan unos pocos, es cierto, unos pocos amigos… ¿Usted se da cuenta de que estamos como el trovador y el juglar del cuento?
-Sí, sí… pero nos faltan los caballos y “el cielo crepuscular”… Acá en el subte ¡qué “cielo crepuscular” ni qué ocho cuartos…! ¿Cuánto hace que no ve un atardecer como la gente usted?
-Y… salvo los fines de semana… rara vez... La verdad es que nosotros vamos a poder decir como en el cuento de don Luis Landriscina “¡Ni intemperie no teníamos!”...



Bufón del reino
Los artistas participantes no necesariamente comparten las opiniones vertidas en este blog.
Composición, música, letra, arreglos, guión y edición del vídeo: Raúl Squilache
Cantan: Alfredo Dupont, Alejandro Vilar, Raúl Squilache y Coro de la Facultad de Ciencias Económicas UNER (Dirección: Eduardo Retamar)
Guitarra: Raúl Squilache
Batería: Gustavo Ruiz
Grabado mezclado y masterizado en Vitrola Records por Gustavo Villanueva y Raúl Squilache
Dibujos: Raúl Squilache excepto algunos rostros del bufón, dibujados por Javier H. Leguizamón
Dibujo del comienzo de la nota: Javier H. Leguizamón (rostro del bufón), Raúl Squilache (chicos y efectos)

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un nuevo concepto

Las ideas progresistas nos amenazan con un futuro maravilloso en pro del cual se destruyen enormes riquezas logradas en siglos de historia, a esta ilusión se le ofrecen toda clase de sacrificios y muchos de ellos son sacrificios humanos.
Este futuro promete ser tan deslumbrante como puede serlo un shopping y lo que se destruye para construirlo parece ser tan insignificante como el último bosque o la última fuente de agua dulce.
Chesterton ha observado agudamente que quienes desprecian las leyes de la naturaleza pueden tener un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentan la sensación de estar atrapados, de estar en una situación de la que ellos mismos no pueden librarse. 
Este inquietante momento es el que está viviendo nuestra sociedad en no pocas cuestiones, que están, a su vez, relacionadas.
Sobre los más variados asuntos se nos explica con extrema facilidad que existe un concepto tradicional y otros distintos, innovadores, y que son igualmente respetables, dándole a la palabra “tradicional” un leve toque desdeñoso. Si se estuviera hablando del color de los azulejos del baño, puedo asegurar que no tendría mayores problemas de adaptación, pero se suele utilizar este razonamiento por demás elemental para despreciar algo que tiene siglos, o milenios, con la misma frescura con que un candidato a concejal promete cambiar de mano una calle.
Hay quienes por ser suficientemente estúpidos, o suficientemente malvados o porque están suficientemente aterrados se permiten provocar grietas en las bases de las columnas que sostienen el edificio, y las exhiben, encima, como un gran logro, acaso estético, o bien de su osadía, mostrando que las advertencias de los preocupados son infundadas… Pero esto no evitará que finalmente el edificio se desplome y nos aplaste a todos.
De boca de quienes no están demasiado cómodos con sus familias suele escucharse aquello de que “uno elige los amigos pero no su familia”, porque, aún no estando conformes, saben que hay lazos indestructibles: padres, hermanos, abuelos, tíos… 
Sin embargo, los abanderados del shopping anuncian que el carácter indisoluble de los lazos es algo perimido.
Si alguien que lo conoce a usted ha tomado la decisión de donarle un millón de dólares, es de entender que esa decisión ha sido tomada con el corazón, con la inteligencia, con la voluntad, con todo el ser, pero la donación no será tal si conlleva la condición de devolverla cuando le sea solicitada por el donante, si él lo siente necesario en un futuro cercano o lejano.
La pequeña modificación es nada menos que fundamental, cambia la totalidad del asunto, porque el condicionante está asentado en las arenas movedizas del estado de ánimo del donante, estado que hoy es uno y, naturalmente, mañana puede ser otro.
Cualquiera que trabaje en un colegio podría comprobar que las pequeñas modificaciones realizadas en el concepto tradicional de familia han devenido no en un nuevo concepto sino directamente en un desmoronamiento: un chico tiene un problema de salud, un malestar momentáneo, y usted decide llamar a la mamá, entonces la mamá le dice que esta semana el chico está con el padre, entonces usted va al legajo y encuentra el celular del padre, pero cuando llama lo atiende la novia del padre que le explica que el papá no puede ir ahora, usted vuelve al chico para obtener delicadamente la información de que la abuela es quien lo podría venir a buscar… Y al rato, mientras usted aún se halla en estado de furia contra la humanidad toda (expresión apropiada, en vez de “toda la humanidad”, recuerde que estamos en una escuela) llega una señora mayor que con todos sus achaques viene a salvarle las papas al hijo y a la ex-nuera. 
Siempre aparece el miserable que declara que “la vieja va porque no tiene otra cosa que hacer”, pero yo le puedo asegurar que la vieja dejará lo que esté haciendo y subirá las escaleras de la escuela con bastón, si es necesario, pero no dejará de ir a ver qué le pasa al nieto.
Es crucial entender que el peso de la sociedad descansa sobre gente frágil como esa abuela, son personas sin las cuales la sociedad perdería lo poco que le queda de forma humana.
Están aquellos que paran en los semáforos (o que estacionan sólo donde deben, o que no le sacan el silenciador a la moto, etc.), es por ellos que en la ciudad aún se puede andar. Pero cuando los que pasan en rojo dejan de ser dos o tres locos para ser un número importante, empieza a volverse difícil salir a la calle; y cuando finalmente son la mayoría, es que el caos ha tomado la ciudad... Otra vez, un pequeño cambio, que deviene en accidentes desastrosos, un pequeño cambio que transformó el orden en anarquía. 
El peso de la sociedad descansa sobre la gente que somete sus deseos, sus caprichos, sus exigencias de excepción a cómo deben hacerse en realidad las cosas. Es gracias a esa gente el hecho de que en la sociedad aún se pueda vivir.
Los lazos familiares ciertamente atan y conllevan una responsabilidad, pero esos lazos hacen que la vida sea humana. Cualquier persona mayor entiende de qué se está hablando cuando se le menciona a sus abuelos, y a su imaginación acuden recuerdos nítidos de los rincones una casa en particular. Pero “la casa de mis abuelos” será una expresión sin sentido para aquel cuyos abuelos siguieron rumbos distintos cuando sus padres estaban aún en jardín de infantes.
Al parecer la idea progresista por excelencia es la libertad del individuo, entonces progresivamente se ha ido cambiando el viejo carácter indisoluble de los lazos familiares para sustituirlos por algo revocable que bien podrían llamarse pactos de conveniencia.
El individuo sentirá, como se ha dicho, un leve éxito momentáneo, gozará de una nueva forma de libertad que consiste básicamente en no comprometerse. Pero pronto empezará a ver que la ausencia total de responsabilidad ha sido pagada a un precio muy alto. Es posible que tenga la sensación de ser una víctima de aquello de “divide y reinarás” y experimentará la sensación de estar atrapado… pero difícilmente podrá darse cuenta quién lo gobierna y quién pretende reinar en una sociedad de seres aislados.
Tal vez las ideas progresistas nos están mostrando su nuevo concepto de libertad. Sería sensato preferir la verdadera.



jueves, 12 de mayo de 2016

¿Y esto para qué me sirve?


Desde algún punto de vista se puede pensar que es poco rentable la inversión de tiempo en adquirir conocimientos relacionados con el arte. Difícilmente alguien pueda aspirar a conseguir un empleo incluyendo en su currículum, al lado de los cursos de computación e inglés, el haber leído a Cervantes o el ser versado en la música de Bach; probablemente no sean las características que los departamentos de selección de personal especialmente busquen, es más, acaso sean características que pueden ser vistas como signos de una personalidad rara o elitista, y que, por lo tanto, indiquen como “desaconsejable” la inclusión del singular postulante.
Hay quienes sostienen, sin embargo, que una persona instruida puede moverse con mayor facilidad en ambientes de un nivel socioeconómico más elevado, y, en ese sentido, las nociones artísticas forman parte de un bagaje de conocimientos que lo distinguen como persona culta, lo cual, al parecer, constituye un bien tan enorme como la ropa de marca y los buenos perfumes, solo que es más barato.
Es éste un argumento que va perdiendo peso últimamente, porque quienes ocupan el sitio de lo que antes se llamaba nobleza, han procurado cuidadosamente no perder ninguna de sus ventajas pero se han liberado hábilmente de todo lo que ese puesto exige, que consiste en llevar sobre sus espaldas no pocas responsabilidades, entre las cuales está el buen gusto.
Es natural en el hombre la imitación, el tener algo o alguien como modelo. En la actualidad se da la penosa situación de que mientras las personas comunes anhelan el buen vivir de los pudientes, los pudientes ostentan el mismo desparpajo e irresponsabilidad que en otros tiempos ellos mismos habrían considerado como patrimonio de la plebe.
Muchos declaran incuestionable cualquier tipo de expresión, aseguran que como todo arte es expresión, toda expresión puede ser considerada arte, entonces el conocimiento y la enseñanza del arte son encarados en forma consecuente con ese principio. Hay que reconocer que esta escuela tiene su encanto porque en un instante nos transforma a todos y a todas en auténticos y auténticas artistos y artistas. Pero su amplitud extrema tiene resultados bastante discutibles, dado que la misma expresión con que ha sido saludado un motociclista en contramano por un automovilista indignado se convierte en obra artística siempre y cuando se haya tenido la prudencia de estamparla en alguna superficie con algunas manchas de pintura, que, incluso, bien pudieron haber sido accidentales.
A favor del estudio de la música y del arte en general se podría decir que el producto artístico tiene muchísima demanda en la industria del entretenimiento, y en la industria en general: cine, teatro, radio, TV, publicidad, video juegos, paseos comerciales, etc., etc. ante eventuales protestas de los puristas del arte se podría explicar que no se trata de otra cosa que de una nueva forma de mecenazgo, y que, por lo tanto, la dignidad del arte no está en juego.
Desde ese punto de vista, lo único que interesa para hacer distinciones entre el compositor de “Water music” y el compositor de un jingle publicitario que promociona alguna marca de agua mineral sería saber quién financió el proyecto. Es muy probable que el músico del jingle sea un muy competente compositor egresado alguna distinguida universidad y Händel, después de todo, también cobró por su música.
Así se podría sostener que si a los grandes compositores de otras épocas les hubiera tocado nacer en el siglo XX - XXI también habrían puesto sus talentos al servicio de quien pague, así como antes fue el rey Jorge I, hoy puede ser “Manantiales de la Gran Urbe S. A.”. Pero también, en el mismo terreno de las suposiciones, se podría pensar que muchos de esos grandes compositores hoy preferirían ganarse dignamente la vida manejando un taxi antes que someterse a las exigencias y a las estrecheces de miras de los mercaderes exitosos.
Acaso considerar dos artistas y asemejarlos porque ambos han hecho obras por encargo sea poner el acento en una similitud enteramente lateral. El asunto es ver qué es lo que esos compositores han plasmado en sus obras, cuál es la profundidad con la que han indagado en el alma humana o en los misterios del universo.
En ese sentido la capacidad técnica del artista es una condición ineludible pero no suficiente para una buena obra, porque las proezas técnicas resultan ineficaces si no logran belleza, y son lamentables si lo que principalmente buscan es mostrar la genialidad del autor.
Por la misma razón, aún lograda, la belleza misma de una obra tampoco la define como una gran obra, unos ojos lindos no son nada más que eso si no son también una mirada bella, si no nos hablan de un corazón con capacidad de amar, de perdonar, de vivir, de contemplar…
Una digna obra artística tiene la capacidad potencial de elevar a quien se acerca a ella, de mover a la contemplación, de mostrar uno u otro aspecto de la inmensidad divina al hacer observar la grandeza y la pequeñez humana o al mostrar la múltiple variedad de matices de la realidad a través de innumerables recursos estéticos.
Esa capacidad de la obra es potencial porque depende en gran parte de quien la contempla, que la recibirá a su medida y según su propio molde, tanto es así que puede darse el caso, para nada raro, de que vea en la obra aspectos que el propio autor no había observado.
Entonces el entrenamiento en la capacidad de ver, de percibir, de entender, de discernir, hará que pueda aprovecharse lo que puede haber de bueno en las obras artísticas. Siendo el gusto algo especialmente subjetivo está claro cada uno tendrá sus preferencias, no obstante, la formación artística, como parte de una formación integral, sin ejercer arbitrariedades puede dar elementos para darse cuenta de que hay obras que valen la pena y otras que no. No solo porque hay expresiones artísticas que ennoblecen y otras que envilecen, sino también por la sobreabundancia de material disponible literalmente para todo el mundo.

sábado, 23 de abril de 2016

Las ciénagas cautivantes de un mundo progresista


La risa es algo perfectamente humano, es algo que surge espontáneamente cuando, por ejemplo, alguien dice algo gracioso.
Puede haber quien dice algo hilarante y quien lo festeja, generalmente el que cuenta espera el festejo, pero puede suceder que uno no diga algo gracioso y estalle una desubicada risa, eso es, evidentemente, algo muy molesto.
Por humana que sea la risa, es injustificable la actitud de aquel que estalla en sonoras carcajadas cuando alguien, hablando con toda seriedad, está contando, por ejemplo, sobre algún problema, o está contando una historia, un cuento lleno de belleza… Cuando una persona ríe ruidosamente como si le hubieran contado el chiste del “pajuerano que fue a comprar supositorios”, pero esto ante el dolor dignamente contado, o ante la sublimidad de una belleza o de una bondad que debería mover a la contemplación del misterio, o hacia incluso la reflexión religiosa, puede tratarse, en el menor de los casos, de un verdadero desubicado, puede ser también una persona que no está en sus cabales, pero también puede darse el caso de que se trate de una actitud malvada, de alguien cuya risa ha dejado de ser humana, ya que con su propia ridiculez está tratando de dejar, a su vez, en ridículo a la verdad, al bien, a la belleza…
Por otra parte, si alguien sale de su casa y se va al trabajo, con saco y corbata, maletín en mano, pero lleva un gorrito, que es, en realidad, la base de una enorme y simpática cabeza de vaca, y, además, tiene la delicadeza de colocarse en el pasacinto trasero del pantalón, una solemne cola de vaca que termina en unos primorosos flecos dorados… Por más que esa persona camine con seriedad, y vaya con –incluso- más cara de vaca que la que lleva arriba, es muy probable que sea mirado de reojo por muchos, también que otros se miren enarcando las cejas mientras lo señalan con la cabeza, y que otros disimulen una risita… pero existen otros que se van a reír sin preocuparse mucho por disimular, y, peor aún, es muy posible que alguno se crea en derecho de acercarse y reírsele en la cara…
Estos últimos son, probablemente, los mismos del párrafo anterior: simples desubicados, o gente que no está en sus cabales, o personas que tienen una actitud malvada.
En ninguno de los dos casos la burla está justificada, la burla es una estupidez, porque uno puede hablar con un tipo que tenga sobre su cabeza una enorme cara de vaca, simpática y sonriente, y mirarlo a los ojos, haciendo un enorme esfuerzo de hacer de cuenta que no hay nada raro, se puede, pero, ciertamente, implica un gran autodominio, porque hay algo raro. En el primer caso la actitud del damnificado no promovía la burla, en el segundo sí, aunque, no está demás repetirlo, no está demás repetirlo, no está demás r…, no lo merezca.
Todo esto es tan obvio que da vergüenza escribirlo, pero estamos en una época en que lo obvio es novedoso.
Las ideas liberales y progresistas que hoy nos moldean desde la más tierna infancia en que nos colocan frente al TV, y que nos esperan con los brazos abiertos en las aulas de los colegios, probablemente hayan activado alguna confusa alarma al leer los últimos párrafos.
Porque el liberalismo nos explicará, con el índice levantado y con una solemnidad digna de mejor causa, que “cada uno está en su derecho de salir vestido como se le dé la gana” y que nadie tiene derecho a burlarse porque “el derecho de uno termina donde comienza el de los demás”, etc., etc. todo esto dicho con aires de verdad sagrada.
Todo es tan completamente ridículo que puede darse el caso de que un joven ejecutivo salga vestido como hemos dicho, con su gorrito-cabeza de vaca y su cola de flecos dorados, que, al pasar, algún albañil le diga algo respecto de que tuviera cuidado con determinadas actitudes eventualmente condenables de algún toro, y que, para peor, otro albañil, desde lo alto de un andamio, le añadiera la sugerencia de que no se hiciese problema, que él lo defendería de cualquier monstruo taurino, al grito de “mi nombre es Teseo”, por supuesto, lo que el joven ejecutivo entendería sería “deseo” y eso aumentaría su humillación, apuraría su avance con pasitos apretados y entre sollozos le contaría luego a su novia lo mal que lo han hecho sentir… más tarde irían juntos a hacer la correspondiente denuncia.
Y uno se pregunta ¿este tipo no tiene, o no tuvo, un padre, un hermano mayor, un tío, un abuelo que le dijera “¡No podés ser tan …!”? Y la respuesta es que no. O bien su padre era como él, como ya lo dijera Pipo Gorosito, según se le atribuye la frase “de tales padres, tales hijos”, no era exactamente así la frase, o bien él ya estaba prevenido desde su arruinada infancia y tenía el teléfono a mano para denunciar, llegado el caso, por maltrato verbal a su autoritario padre.
Sucede que la Revolución a la que se está sometiendo a todo lo que fue el occidente cristiano está tratando de cerrar el círculo y padece una desesperación por no dejar piedra sobre piedra. Porque el progreso no admite errores, cada error es subsanado por otro error peor aún, y es intentar apagar el fuego con combustible. Esta clase de gente es capaz de haber inventado el atonalismo con tal de no reconocer que se equivocaron de acorde. Así que los errores dan toda la impresión de no ser tales, sino simplemente ladrillos que se van retirando del noble castillo que se desea destruir.
El progreso tecnológico ha subyugado a la humanidad a la manera de una adicción, y la humanidad está encantada con el uso de unos artefactos que están tan cerca de la magia como de la chatarra, esto tiene un extraño efecto colateral que consiste en una tácita sensación de completa superioridad respecto de generaciones anteriores, o de épocas anteriores.
Con total naturalidad se asume que cualquier slogan que se lanza al aire contiene una novedad y un avance respecto de oscuras épocas anteriores. Un ejemplo de ello es el tema de la “violencia de género”.
En épocas en que la nobleza y la caballerosidad eran conductas respetadas y deseadas cualquier jovencito sabía que el que se atrevía a levantar la mano contra una mujer era un verdadero canalla, un ser despreciable que no podía ser considerado un verdadero hombre. Incluso el vocabulario a utilizar delante de una dama era especialmente cuidado.
Pero el progresismo, al no entender el alma de la caballerosidad, pervierte esa actitud considerándola no como un trato amable hacia un ser que tiene corazón de madre sino como una condescendencia hacia un ser inferior, por esa razón la caballerosidad ha sido despreciada.
Que tanto hombres como mujeres son iguales en dignidad no sería una novedad para las mentes de personas de épocas hoy consideradas superadas, pero esas personas tenían en cuenta la distinción de roles femeninos y masculinos, tenían en cuenta, por ejemplo, que, al menos generalmente, los intereses masculinos tienen más que ver, por ejemplo, con “lo que sucede en el mundo” y que los intereses femeninos se centran más bien en lo que sucede en el hogar.
Pero esta distinción es considerada obsoleta, anticuada, discriminatoria, arbitraria, estructurada, etc. etc. por el progresismo que ha lanzado su inapelable dogma de la igualdad, no en la dignidad, sino en todo. Soy testigo de que un profesor fue tildado de “estructurado” porque hizo ordenar los pupitres a los alumnos varones, el profesor no dudaba de que las alumnas estuvieran perfectamente capacitadas de realizar esa tarea, pero le parecía que se trataba de una modesta enseñanza de caballerosidad para ellos y una muestra de delicadeza hacia ellas. Llamativo, aunque esperanzador, es que siga habiendo gente que se sorprenda de que un muchacho no ceda su asiento en el colectivo, la pregunta es, después de haber sido educado en los nuevos valores ¿por qué habría de cederlo? Si se ha insistido que no hay por qué dar un trato especial a la mujer porque somos todos iguales, a título de qué se le va a pedir a ningún chico que lo haga, “yo pagué mi boleto” dirá, en perfecta consonancia con “hacé la tuya”, otro slogan que se le ha dicho también insistentemente.
Una bandera, decíamos, que el progresismo ha empezado a hacer flamear últimamente es la que se opone a la violencia contra las mujeres, y lo hace con gran valentía y con aires de novedad, pretendiendo ser ellos quienes vienen a socorrer a la humanidad de un horrible flagelo venido de tiempos oscuros… tiempos oscuros que son anteriores a los que había moldeado la moral tradicional que ellos tanto odian y se complacen en destruir.
En épocas en que al hombre se le pedía ser un caballero y a la mujer tener también una actitud noble y recatada, la tierra tampoco era un paraíso ni mucho menos -antes de seguir declaro conocer que malvados han habido en todas las épocas, tipos que merecen estar presos hay en todas las épocas, etc. etc. - , un hombre podía volver a su casa tal vez de mal humor acaso por algún momento difícil vivido en el trabajo y la mujer, educada para ser buena esposa y madre, era capaz de un acto verdaderamente virtuoso siendo compresiva con su marido, y el tipo, que también estaba educado en la misma moral que lo movía a las virtudes, viendo la actitud de su esposa, que acaso mandó a jugar afuera a los chicos para que no molestaran en ese momento de mal humor, tenía la posibilidad de tomar conciencia de lo injusto que había sido con su familia al llegar de esa manera…
Una escena así es posible aún hoy, pero a pesar de los dogmas progresistas.
Siguiendo la instrucción progresista la escena terminaría de una manera completamente distinta: la mujer ahora sabe que no es quién para soportar el mal humor de nadie, y menos del marido, y se lo hará saber por ejemplo diciéndole que se hace el guapo en la casa porque en el trabajo no se anima a enfrentar al jefe, el tipo humillado delante de los chicos, que también protestan porque estaban viendo televisión y no los dejan escuchar, levanta aún más la voz… y se da una lamentable escena de violencia verbal en la que la mujer suele sacar ventaja, a lo que puede seguir una puerta rota por un puñetazo dado para sacarse la bronca, o aún peor… porque el hombre, también educado en los nuevos valores sabe que no está ante un ser al que le debe protección y especial buen trato, sino que está ante un igual.
El progresismo entonces, en su hambre de destrucción, perfectamente incapaz de reconocer que su intervención ha empeorado notablemente las cosas, va más allá y descargará toda su furia, pero poniendo cara solemne, contra la figura paterna, considerándola siempre autoritaria y opresiva, salvo que su comportamiento se parezca al de un hermano mayor macanudo, piola, o sea si su comportamiento no se parece en nada al de un padre.
Por otra parte el ideal de madre está también bastante lejos de lo que se entendía por una madre, luego de los cuidados obvios que se necesitan en la primera infancia, la progenitora, según espera el progresismo, debe estar atenta a lo que las ideas en boga esperan de sus hijos, caso contrario sería una inadaptada, estaría fuera de la moda, además no debe olvidarse de su auto-realización, porque eso de “madre abnegada” hay que dejarlo en el pasado…
Los hijos, las nuevas generaciones, por su parte, son el blanco preferido… se intentará por todos los medios de liberarlos del autoritarismo paterno-materno antiguo para que cuanto antes se sacudan los resabios de viejas costumbres y se conviertan en autómatas incapaces de reaccionar contra cualquier idea que el sistema imperante les quiera implantar. Y así serán buenos consumidores y piezas perfectamente funcionales a una maquinaria cada vez más inhumana…
Por si quedaran dudas acerca de qué clase de tiempos estamos viviendo, desde una institución oficial de un país europeo, que en otros tiempos había sido abanderado de la cristiandad, se ha señalado, en estos últimos días, como culpables de las situaciones de violencia doméstica… a la idea tradicional de la familia y a la religión. Es decir, estamos nadando en medio del océano, con el barco hundido… alguien divisa una enorme pieza de madera flotando -evidentemente un fragmento del barco- y a la cual podríamos aferrarnos para esperar el rescate… y la voz cantante del grupo nos advierte que es un monstruo horrible culpable de nuestro naufragio.
Por supuesto, hombres, mujeres y niños pagan por igual un alto precio por tanto desatino, por tanta necedad… porque han perdido el norte, han perdido el rumbo.
Pero, mientras vemos que es grande la destrucción, los agentes del progreso ven, y a veces con desesperación, que las defensas del castillo aún resisten… a pesar de tanto dinero invertido a nivel global, a pesar de tanto esfuerzo por derribarlas… porque la misteriosa lucha del progresismo es contra la naturaleza, y el odio que los impulsa parece venir desde fuera de ella.
Hay, sin embargo, un logro en particular que hay que reconocerle a las ideas liberales y progresistas, y es el hecho de dejar de considerar como algo admisible una actividad que desde hace tiempo venía, a su vez, reclamando ser considerada como respetable y a la que se le suele atribuir una antigüedad cercana a la del mundo mismo.
Pero a tal logro se llegó no por el camino de la moralidad, que siempre se ocupó de reprobarla, sino por el lado de la defensa de los derechos de la mujer. Bueno, no está mal tampoco, después de todo, si la idea era llegar a Roma, lo mismo da que sea por un camino o por otro.
No deja de llamar la atención el hecho de que tal logro pudiera darse hoy y no en épocas en las que especialmente hubiesen querido desterrar tal actividad. Hay que decir que en esas épocas se vieron obligados a admitirla por la simple razón de que, si bien con las leyes se puede orientar hacia un comportamiento u otro, no se puede por decreto hacer que todos los ciudadanos sean virtuosos. Y ahí es cuando uno empieza a entrever la tristísima razón por la cual ese logro se ha dado en nuestra época y no antes, se trata de una actividad que, por el enorme envilecimiento de las costumbres de una gran parte de la sociedad, se ha vuelto tan superflua como lo es hoy la hipocresía.
Muy probablemente sea esta época cuando más se habla de los derechos femeninos, e indudablemente es ésta la época en la que peor se trata a la mujer.
El arte del vestido en otras épocas ha tratado a la mujer como una princesa, queriendo resaltar su gracia, su delicadeza… y ese trato da a la mirada masculina tiempo de extasiarse en una belleza verdaderamente femenina, buscando inmediatamente su rostro, sus ojos, su mirada, buscando saber quién es la portadora de tal belleza.
Pero no la trata hoy la moda de la misma manera. El ideal de “chica sexy” ha destruido la belleza femenina reduciéndola exclusivamente a la atracción sexual, que por supuesto, como algo humano, ha estado en todas las épocas, pero mientras en otras se ha tratado de forma implícita, la moda de nuestra época lo coloca en un primer plano.
La sabiduría de otros tiempos, que conocía la naturaleza humana y sabía a dónde quería llegar, lograba que un hombre pudiese ver una mujer y acaso sentirse atraído por su belleza, mucho antes de reparar en algún particular distrito de su anatomía. Las luminarias de estos tiempos -que conocen también, a su manera, la naturaleza humana, y saben qué quieren destruir- logran que algunos hombres estén por un rato interesados en algún particular distrito de la anatomía femenina sin reparar jamás en la mujer. El resultado obvio es que ambos, hombre y mujer, se han degradado en su dignidad humana.
Tremendamente ofensivo hubiese sido ofrecer ciertos atuendos de la moda actual a alguna muchacha joven y bella de otros tiempos, porque sabía lo que era propio de una dama y se daba cuenta de qué se la estaba tratando. Difícil es que en tiempos actuales se tome conciencia de ello, más cuando las solemnes voces advierten “Si te dice cómo debes vestirte, es violencia”, por supuesto, están los maniáticos posesivos y peligrosos de los que conviene precaverse, pero, lamentablemente, caen dentro del círculo aquellos padres, o hermanos, o novios, o esposos que, además de ser conscientes de la psicología masculina, conservan confusamente algún vestigio de una lejana sabiduría.
Quien tenga cierta conciencia de estas cosas y esté obligado a caminar por las calles de este extraño siglo deberá armarse de paciencia, y de piedad… porque muchas veces será necesario mirar a alguien a los ojos y hacer un enorme esfuerzo de hacer de cuenta que no hay nada raro, aunque sobre su cabeza tenga una enorme cabeza de vaca o aunque le ofrezca a su consideración, gratuitamente y fingiendo indiferencia, algunos distritos de su anatomía. No se inquiete, solo son personas que han bebido de las pestilentes ciénagas del progreso.

sábado, 12 de marzo de 2016

Mundo virtual



El mundo había vivido de una manera similar durante muchos siglos. La revolución industrial hizo que cambiaran aceleradamente costumbres que podían ser milenarias. Pero esa aceleración no es más que un paso de tortuga en comparación con los cambios, todavía en curso, producidos en la era digital.
Vivimos en un mundo de ciencia ficción hecha realidad, y que ya no nos sorprende, o que la sorpresa dura lo que un suspiro al viento, por un lado porque “nuestra vecindad con tan fantásticas realidades nos exime del estupor, así como los habitantes de Iguazú no caen desmayados cada vez que ven las cataratas” (Dolina, “Refutación del periodismo”), y por otro porque se cree que la ciencia y la tecnología pueden lograr cualquier cosa, entendiendo que es solo cuestión de tiempo.
No hay, sin embargo, una felicidad acorde a lo que cierto optimismo pregonaba, los seres humanos siguen teniendo las mismas alegrías y las mismas tristezas de siempre, incluso hay problemas nuevos como una especie de sinsabor semejante al de un niño sobrado de todo y que todo lo aburre.
La industria del entretenimiento es tan ancha como el mundo y comprende las más variadas formas de atraer espectadores. Su presencia y su enorme poder es un hecho extrañísimo e inédito en la historia de la humanidad. Su funcionamiento tiene leyes tan incuestionables como la ley de la gravedad y hace que sea, por ejemplo, perfectamente lógico la obtención de enormes sumas de dinero por parte -en algunos casos- de personas que en otras épocas no hubiesen sido más que el tonto del barrio.
Pero el tonto del barrio, devenido a formador de opinión -porque su ejemplo hace escuela-, no es más que una pequeñísima pieza de una industria gigantesca que moldea nuestra forma de ver las cosas, nuestros gustos, da los temas de nuestras conversaciones, hablamos de lo que hemos visto en los medios, pensamos sobre la base de lo que hemos visto en los medios…
El sentido común, del que podría decirse que es lo que hace que hasta la más simple de las personas se dé cuenta de cómo debe obrar ante determinada circunstancia, es algo que ha sido sustituido por la opinión pública. Porque hasta el más simple de los humanos mira TV, escucha las noticias, está atento a lo que se está diciendo… y casi sin darse cuenta va ajustando su pensamiento a ese artificial sentir común.
Mientras los ojos están siempre deseosos de ver y los oídos de oír, la inteligencia busca la verdad, busca la realidad, constantemente, eso está en la naturaleza humana, pero sucede que hoy, una enorme porción de lo que entendemos por realidad la vemos a través de pantallas, lo que quiere decir que, en gran medida, puede ser una realidad distinta a la real. El ser humano está hecho para la contemplación y los medios se han puesto entre nosotros y la realidad que debemos contemplar.
Quien mira pausadamente un paisaje está contemplando, quien mira a los ojos del ser amado está contemplando, las personas que pasan una hora en la iglesia arrodilladas frente al sagrario están contemplando, están contemplando a Aquél que Es, con las fuerzas de la inteligencia y con los ojos del alma, ya que los ojos del cuerpo solo ven una lucecita roja que indica la presencia de Aquél que es la Realidad misma…
“¡Qué extraño pensamiento!” se dijo alguien que había bajado las escaleras en la mitad de la noche para beber agua: emergiendo de la penumbra lo sorprendió el pensamiento de que led rojo del TV era como la luz de un sagrario… pensamiento que, sin embargo, no dejaba de estar rodeado de las brumas de la somnolencia… “¡Qué ocurrencia más ridícula!”, se dijo al instante… Pero luego, y esto bastó para despertarlo, un escalofrío corrió por su espalda cuando advirtió no era un paralelismo forzado… que lo que estaba allí, en “stand by”, en “modo espera”, era un ser que se postulaba como realidad, y, como tal, pretendía que nuestras mentes se adecuaran a ella.
En estos últimos años podemos ver en las plazas, y en cualquier lado, cómo, mientras la luz clarísima de la Realidad llega desde el cielo como una lluvia generosa, una gran cantidad de gente está obnubilada con una luz insignificante emergida de una inminente chatarra que tienen en sus manos, que los obliga a mirar hacia abajo y que los mantiene atados a un pequeño mundo virtual.
Es inevitable, a estas alturas, el tener que transitar por las calles del mundo virtual, sería un anacronismo que, por ejemplo, un empleado bancario llegase a trabajar montado en su alazán, por más amante de la naturaleza que fuese, pero tal vez convenga, mientras caminamos por sus veredas artificiales, recordar que la luz verdadera sólo puede ser percibida si elevamos nuestra mirada hacia el cielo.