miércoles, 11 de septiembre de 2019

Tener un árbol, plantar un libro y escribir un… no, ¿cómo era?


La fecundidad lejos de ser considerada una bendición a agradecer es, en estos tiempos, muy frecuentemente juzgada como una maldición de la cual hay que protegerse.
Pero, así como por muchos es rechazada, por otros es buscada. Y a veces es buscada por las mismas personas por las cuales por mucho tiempo fue rechazada.
Sea cual fuere el caso, entre quienes desean la fecundidad se da, a veces, una dolorosa situación de angustia.
Lo de “hijos buscados” o “no buscados” sería una distinción completamente superflua si los nuestros fueran tiempos menos enfermos. Un hijo era, en alguna otra época, una consecuencia natural del amor, el ejercicio de la sexualidad implicaba la posibilidad de ser padre o de ser madre. Al eliminar esa posibilidad más de un ingenuo creyó que el amor saldría beneficiado, pero he aquí que liberar de responsabilidad al propio goce no es el amor quien se beneficia sino el egoísmo, que es, precisamente, todo lo contrario.
Pero no importa cuán enferma esté una sociedad o una época, la naturaleza se impone. Hay un anhelo de felicidad en nosotros y parte de esa felicidad es el deseo de ser fecundos. Y una acaso objetable ilustración de eso es aquello de “Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo”. La verdad es que no conviene que todo el mundo escriba un libro –sino solamente aquellos que tengan algo para decir–, y, aunque no estaría mal plantar un árbol, se podría pensar que es un asunto bastante espinoso considerar el “tener un hijo” como parte de lo que se necesita para completar la “realización personal”.
Cuando el deseo de tener un hijo viene a generar en la persona un ordenamiento de su vida bienvenido sea, pero cuando se convierte en una exigencia de la autorrealización a satisfacer a cualquier precio, es decir, sin importar lo bien o mal que estuvieren los métodos a utilizar, deviene en una ansiedad tiránica, implacable, esclavizante…
Pero la fecundidad es otra cosa, tiene que ver con dejar algo, hay como una conciencia de estar de paso y un deseo implícito de que ese paso no haya sido en vano, de que ese “haber estado” haya dejado una huella. Y eso se nota hasta en los que hacen daño, es como el lado oscuro de ese mismo deseo. Porque el mal, de por sí infecundo, no puede, ni en lo más mínimo, hacer nada que no sea la corrupción de algo bueno.
La fecundidad, la fertilidad, tiene que ver con el humus de la humildad, con saber qué somos, con saber quiénes somos, por lo tanto tiene que ver con la verdad, con la bondad… y la bondad es fecunda. El buen trato –ya sea la sonrisa sincera o la corrección seria y a la vez amable– deja una huella en el alma de quien lo recibe.
Y la bondad mueve, a la vez, a una forma de encarar el dolor, que es algo que inevitablemente forma parte de la vida, en vez de una estéril rebelión contra él, la aceptación del sufrimiento hace aún más fértil la tierra de la que estamos hechos. Así que, después de todo, tal vez no esté tan mal decir que el dolor es una… fertilizante porción de estiércol, aunque, ciertamente, sería una desgracia estéril pensar que es un sin sentido.
Están a la vista los frutos de la fecundidad de muchos, en sus hijos, en sus obras. Pero hay otra clase de frutos, que son los que crecen en el alma, de uno mismo y de quienes nos rodean, y son aquellos que hacen que los padres lo sean verdaderamente y que aquellos que no son padres puedan ser igualmente fecundos. Y no es una forma metafórica sino profundamente real.







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